ADVERTENCIA: INCLUYE DESCRIPCIONES GRÁFICAS DE VIOLENCIA
Algunas personas juraban que la casa estaba embrujada. Tenía que estarlo. Después de todo, todas las demás casas de la cuadra estaban embrujadas. De hecho, todas las demás casas en todo el vecindario de los Dixon tenían, al menos, un residente espectral. Algunos incluso habían sido bendecidos con dos o tres o más. No había ninguna razón para suponer que la casa de los Dixon debiera ser tan diferente, tan desprovista de energía no-muerta. Cuando los amigos y la familia venían de visita, todos afirmaban haber oído un roce de pies incorpóreos en el ático o insistían en que habían visto la forma borrosa de un torso retorciéndose en el baño. Todos querían creer que Kat y Ryan eran capaces de invocar a un ser del Otro Lado. Pero Kat y Ryan sabían la verdad: la casa no estaba embrujada. Era solo una serie de habitaciones bien pulidas y sueños elaboradamente amueblados.
Por más que lo intentaron, en ocho años de matrimonio los Dixon no habían sido capaces de canalizar un solo espectro. Al principio, hicieron lo que todos los demás habían hecho: quemaron incienso y encendieron velas, cantaron encantamientos arcaicos y colgaron cristales. Acogieron el pasado en sus vidas y se abrieron a un futuro ambientado en la nostalgia. Pero no acudieron espíritus. Mientras sus amigos organizaban fiestas de espiritismo y comparaban con deleite el burbujeo estático de sus psicofonías con las de los demás, Kat y Ryan se sentaban en casa, mirando los rincones vacíos y los pasillos oscuros.
La pareja comenzó a consultar a profesionales psíquicos y a concertar citas con los mejores médiums del estado. Sacrificaban pollos y cabras y rezaban a dioses esqueléticos. Todavía no llegaban los espíritus. Aún no resonaban aullidos de alegre locura en su sala de estar. Los días se hicieron más largos; las noches se hicieron más tranquilas. Los fantasmas estaban en todas partes menos en su casa. Entonces, Kat y Ryan decidieron tomar medidas más extremas. Si querían un espíritu propio, tendrían que obligarlo a venir.
Robaron una tumba sin nombre y volvieron a enterrar el frágil cadáver en su patio trasero; invitaron a cenar a un anciano vagabundo, luego lo mataron a golpes y mancharon las paredes con su sangre; intentaron orgías violentas y magias sexuales. Nada funcionó. Ningún espíritu acudiría a ellos. Eran estériles. Entonces, Kat quedó embarazada.
Mientras el vientre de ella se hinchaba, los Dixon consideraban las posibilidades que tenían ante ellos. Sin duda, criar a un niño sería maravilloso, pero tener un fantasma era lo que hacía que la vida valiera la pena. La estremecedora emoción de la revelación que surgía al descubrir quién era realmente tu espectro y el consuelo de saber que tu espectro nunca te abandonaría por completo, que flotaría al lado de tu lecho de muerte y continuaría indefinidamente, llevándose consigo una memoria de su tiempo como tu fantasma especial: estas eran las cosas que le daban sentido a la existencia. Todo el mundo lo decía, y Kat y Ryan creían. Querían un espectro desesperadamente. Querían estar embrujados. Y así, cuando llegó el momento, ambos tomaron el mango del cuchillo de carnicero y lo deslizaron por la garganta suave, grasosa y recién empolvada de su hijo. Observaron, juntos, mientras las burbujas y la sangre se mezclaban en un enterizo azul cielo. Una lágrima rodó por la mejilla de Kat. La mano sin usar de Ryan temblaba.
Seguramente, esto funcionaría. Si un fantasma no acudía a ellos, ellos harían un fantasma.
Cuando la chispa en los ojos del bebé se apagó, algo en otra habitación cayó al suelo y se hizo añicos.
Nada volvió a ser igual desde de ese momento.
Comentario del traductor:
Kurt Fawner, de quien traduje un genial relato hace tiempo, no es un tipo sutil. Si alguna vez fuiste acosado por la pregunta "¿Para cuándo los hijos?", como si la perspectiva de producir descendencia fuese un componente imprescindible e irremplazable de la fórmula para una vida "que valga la pena", sabrás inmediatamente a qué hace referencia el autor. No estamos dotados para encontrar un sentido en nosotros mismos y en nuestra terminante brevedad. Trascender más allá del poco tiempo que se nos concede, no ser olvidados, dejar huella en los recuerdos de otro: estos también son fantasmas, espejismos que nos permiten soñar que hay vida después de la vida.
| Vlad Gradobyk |