DEDOS DE BEBÉ

Año: 2019

Curt fija la mirada en la oscuridad más allá de la luz ictérica del letrero del motel. Tiene la escopeta de cañón corto descansando sobre su regazo, con las manos temblorosas, la cara blanca como una pared de yeso, detrás de su salvaje barba roja.

Puse mi casco sobre la cómoda y me apoyé contra la pared. El papel tapiz huele a lejía. Una mosca se agita entre la bombilla y la pantalla de la lámpara. Los televisores cacarean a través de las paredes y, de alguna manera, por encima de todo, detrás de todo, el chirrido y los arañazos. Como hormigas arrastrándose sobre un micrófono. Es el sonido que hizo la cosa en la bañera antes de matar a Travis.

"También lo estás oyendo", dice él, "estamos jodidos".

"Claro que no".

Los ojos de Curt se ponen rojos, húmedos. Mira sus manos temblorosas, la escopeta.

"¡Oye!", gruño. No me mira. "¡Dios mío, Curt! ¿Eres un Mongol o no?"

Curt asiente. "Si. Soy un Mongol, Dennis. Pero nunca antes había visto una mierda así ". Me mira como si estuviera a punto de llorar. "Eso... mató a Travis".

Un dolor de cabeza se hace cada vez más fuerte, detrás del sonido de los arañazos. Trato de decirme a mí mismo que solo se trata de daño auditivo. Disparar doce rondas en un búnker subterráneo les hizo algo a nuestros tímpanos. Pero eso no explica todo lo demás. Ni de cerca.

"¿Qué nos va a pasar?"

"Nada, Curt. Sea lo que sea, lo matamos. Ahora voy a llamar al Sr. Congresista. Vamos a obtener nuestro dinero, salir del estado. Eso es todo." Abro la puerta. "Quédate aquí", le digo. "Ya vuelvo".

Tan pronto como la puerta se cierra detrás de mí, los rasguños se detienen. La noche está en silencio.

El dolor de cabeza sigue ahí. Enciendo un cigarrillo.

* * *

Dejo caer unos centavos en el teléfono público frente a la lavandería, al otro lado de la calle. Solo suena una vez, antes de que la voz de un hombre diga: "¿Hola?"

"Está hecho."

"Lo... mataste."

Silencio.

Él lo rompe. "¿Tú... también mataste a la otra cosa?"

Y cuando lo dice así, cuando dice cosa, entonces se vuelve real. Es ahí cuando empiezo a temblar.

"No antes de que matara a uno de los míos".

"Lo siento... Si te hubiera contado todo, no me hubieras creído ".

Cierro los ojos y estoy allí, de vuelta. La casa. El búnker del Armagedón. La habitación llena de ropa de niños. La mesa, repleta de extremidades diminutas, manos diminutas. A todas les faltan dedos, todas ellas sin sangre, algunas podridas y desmoronándose como la leña del invierno pasado. Símbolos en las paredes. El hedor de moho, sangre, mierda. La bañera llena de agua marrón. Llena de pálidos gusanos blancos, larvas de insectos. El hombre sonriente con dientes blancos y brillantes. Algo familiar acerca de él. Como si, tal vez, lo conociera. Desnudo del cuello hasta la cintura, con los ojos en blanco, balanceando una espada medieval oxidada por el pasillo. El arma de Curt nos dejó sordos a los dos y al hombre sonriente muerto, con la cabeza abierta como una húmeda flor roja.

"Eso era el hijo del gobernador, ¿no? ¿El presentador de noticias?"

"Si."

"Supe que lo había reconocido".

Esto explica por qué recurrió a los Mongoles en lugar de a la policía. No explica la cosa que se levantó de la bañera. Piel negra, brillante como una anguila, como la carretera mojada por la lluvia. La cosa cogió a Travis por la mandíbula, lo abrió como una lata de sardinas, necesitó seis balas de punta hueca y dos cartuchos de escopeta para morir. No le salió sangre. Solo agua marrón.

"Yo..." la voz del hombre en el teléfono se quiebra. "No sé lo que es. Es a lo que le dan de comer. Y yo... los dejé." Comienza a llorar. Grueso, pesado. Entre sollozos, se las arregla, "Pero... lo mataste. Se acabó."

"Si."

Resopla. "Sabes dónde estoy. Tengo tu dinero. Lamento lo de tu amigo. No sabes el bien que has hecho".

"Mañana", le digo. "Al mediodía."

Un viento leve y cálido mueve mi cabello. En lo alto, algo chasquea las mandíbulas, rechina los dientes y se escucha, nuevamente, ese sonido de arañazo, parecido al de un insecto. Dejo caer el teléfono y retrocedo, pero cuando levanto la vista, no hay nada. Ni siquiera las polillas se amontonan en la farola.

* * *

Huelo la sangre antes de verla.

Curt es una mancha rosada en la alfombra que se extiende desde la cama hasta el espejo del baño. Sus botas están al borde de la cama. Su rostro cuelga de la pantalla de la lámpara. Una mosca zumba, aterrada, atrapada en el bosque ensangrentado de su barba. Dibujados en sangre a través de las paredes, los símbolos que vimos en la casa. Triángulos. Zigzags. Círculos concéntricos. En todas partes, los gusanos, las larvas. Sobre las sábanas, en la alfombra, derramándose desde el ducto de ventilación sobre la cama, encima las almohadas.

La puerta del baño cruje al abrirse. El agua marrón se rebalsa sobre el borde de la bañera. Ahí está. El sonido, de nuevo. Proviene del agua. Proviene de los gusanos.

Pero no son gusanos. Puedo verlos ahora, a la luz. Puedo ver lo que son.

Me doy la vuelta. Corro.

* * *

No se donde estoy. La autopista. El Oeste. Tal vez. El camino esta vacío. Estoy solo.

El sol se alza sobre el mundo. Serpientes blancas, tan grandes como Dios, se bambolean detrás de las nubes. Bosques con agudos dientes de vidrio captan la luz de soles devorados en sus vientres, la dividen en arcoíris y convierten el mundo entero en una pista de baile de karaoke.

La motocicleta vibra. Sale fuego del tubo de escape. Mi propio cuerpo es una vibración.

Cierro los ojos y giro el acelerador hacia adelante.

Los neumáticos se convierten en trapos negros. El metal grita contra el pavimento, me maldice con chispas, apestando a calor.

Estrello la motocicleta contra la barandilla y, luego, vuelo a través del arcoiris.

* * *

Entro en la farmacia, sangrando. Mis costillas se quejan de lo rotas que están con cada respiración. La cajera, una chica joven, bonita, el tipo de chica con la que alimentas a cosas que no deberían existir, me dice algo. Parece realmente preocupada.

No puedo escucharla. El único sonido en mis oídos es el chirrido. Hormigas arrastrándose sobre mis tímpanos. Gusanos royendo mi esternón. Así es como descubro lo que tengo que hacer. Sé cómo es que me sigue. La cosa de la bañera. Me esta siguiendo. Rastreándome como a un ciervo herido.

Entro al baño, cierro la puerta, me alejo de ella, me tumbo contra la pared. Puedo sentirlos, en mis brazos, dentro de mi pecho. Arañando mis venas como cuerdas de guitarra, llamando a papá, subiendo hacia mi cerebro.

Pues... mierda. Casi me río de lo simple que es. Desearía poder decirle a Curt. Ojalá pudiera haberlo salvado.

La puerta tiembla en su puntal. El trueno ruge desde el otro lado. Bang, bang, bang.

Algo frío, húmedo contra mi mano. Agua. Derramándose desde el fregadero. Saliendo del baño. Agua marrón. Helada, como en las partes más profundas del mar.

"¡Tenías razón, Curt!", aúllo por encima del crujido en mis oídos, por sobre los golpes en la puerta, "¡Pero no me va a atrapar!"

Saco mi cuchillo de su funda. Cierro los ojos. Justo ahí. Dentro de mi pecho. Debajo de mi corazón. Si llegan a mi cerebro, terminaré como ese presentador de noticias. Como el hijo del gobernador. Eso no va a suceder.

Pongo el cuchillo entre mis costillas rotas, abro un agujero. Grito. Giro la hoja, buscando, raspando. El aire silba fuera de mi pulmón, hace burbujas rosadas en la sangre. No sale nada más.

No me preocupo. Los encontraré. Solo tengo que seguir buscando. Seguir cavando. Corto de nuevo. El agua marrón sigue subiendo. Mi sangre la vuelve negra.

"Maldición."

Estas cosas son inteligentes. Rápidas. Puedo sentirlos ahora, amontonándose en pequeños puños detrás de mis ojos, golpeando contra mi cráneo, tratando de alcanzar mi cerebro.

Levanto la hoja del cuchillo, riendo.

"Hijo de puta. Ya te tengo."

La puerta explota hacia adentro. El agua retrocede. Las luces se apagan.

Manos encima de mí. Frías, resbaladizas, como piel de pescado. Sacan el cuchillo de los dedos que me quedan, me arrastran hacia el agua marrón. Y no puedo decir si lo que escucho es a mí mismo, gritando para siempre, o el rugido de los gusanos en el cielo, o a Travis llorando mientras muere, o las trompetas de los ángeles, o la gran carcajada de Curt, en algún lugar en la oscuridad, al final de una carretera mojada por la lluvia.

Comentario del traductor:

Esta historia es una de esas que vale la pena leer dos veces para comprender de qué tratan, realmente. En la superficie, es el relato de una banda de motociclistas, cazarrecompensas (Los Mongoles), contratados para "eliminar" al hijo de un político y, de paso (aunque ellos no están al tanto) lidiar con la "cosa" invocada por algún tipo de culto. Bastante simple. Bastante cine-de-acción-barato de los años 90. Pero es aquí donde la cosa se pone buena.

A partir de este punto en la narrativa, se hace evidente una confusión entre los estados mentales del protagonista, sus percepciones, y los hechos y objetos reales del mundo exterior. Esto es fundamental, pues, como el protagonista descubrirá al final de su historia, lo que estamos leyendo es la crónica de una infección; la "cosa" en la bañera se propaga como un parásito, infestando la mente y el cuerpo de su víctima. Al final, cuando el parásito culmina su ciclo vital, se desprende del cuerpo de su hospedero como pequeñas, articuladas larvas pulsátiles, dejando detrás un "zombi" con las manos mutiladas, como el pobre hijo del gobernador.

Las falsas percepciones visuales, auditivas y viscerales que sufre nuestro protagonista, cerca del final, me hacen pensar en aquellos parásitos reales que invaden y "secuestran" los cerebros de sus víctimas, alterando drásticamente su conducta. La idea de parásitos que se apoderan del cuerpo y la mente del hospedero es una que evoca (y excede) los escenarios de muchas películas de terror. Un conocido ejemplo de este tipo de parásitos "secuestradores" es Leucochloridium paradoxum, el infame parásito de los "caracoles zombis".

La larva del gusano viaja al sistema digestivo del caracol y se desarrolla en la siguiente etapa: el esporoquiste. El esporoquiste crece de forma tubular, dando lugar a "sacos" abultados, llenos de decenas a cientos de larvas. Estos sacos invaden los tentáculos (ojos) del caracol, causando una llamativa transformación de los tentáculos, dándoles un aspecto abultado, palpitante y colorido que imita la apariencia de una oruga. La infección de los tentáculos inhibe la percepción de la intensidad de la luz. Mientras que los caracoles no infectados buscan áreas oscuras para evitar la depredación, los caracoles infectados tienen un déficit en la detección de luz y son más propensos a exponerse a los depredadores, como las aves. Las aves son el hospedero definitivo del gusano, que utiliza al caracol como un señuelo para atraer a su anfitrión final.

¿Hasta qué punto es consciente de sí mismo un caracol? ¿Es capaz de percatarse de que "algo anda mal" cuando ha sido infectado? ¿Qué clase de extrañas percepciones, imágenes y sensaciones cursan por su mente rudimentaria, invadida irremediablemente por el parásito? ¿Experimenta algún tipo de sufrimiento, mientras sube hacia la luz para ser devorado? Los detalles de un proceso natural son más perturbadores que los de un relato de horror.

Leucochloridium paradoxum, el infame parásito de los "caracoles zombis".