Autor: Sarah Gribble
Publicación original: Tales of Blood and Squalor
Año: 2017
Traducción: José Luis Huerto Aguilar
Me fijé en él un sábado por la mañana. Estaba toqueteando las plantas de tomate en medio del mercado, asintiendo cada tanto a lo que el operador del puesto le decía. Sus ojos se arrugaban cuando sonreía, pero demasiado, como si hubiera leído demasiadas veces el cliché sobre sonrisas que no se reflejan en la mirada, y decidiera revertir la idea: las suyas nunca llegaban a su boca.
No compró una planta de tomate. Lo seguí el resto de la mañana; no compró nada.
No importa si había estado bebiendo o no esa mañana. Lo importante es que, cuando regresé a mi destartalado rancho de dos habitaciones, escribí más de lo que había escrito en meses.
* * *
Me han llamado muchas cosas en la vida: alcohólica, vagabunda, talento de un solo éxito. Mi ex esposo me apodó Peter Pan antes de involucrar a los abogados. Lo que yo veía como esperar el llegado de la inspiración, él lo veía como una negativa a actuar como adulta y conseguir un trabajo "real". Sin embargo, me quedé con la casa, así que no me puedo quejar demasiado.
Conocer a Calvin ese día (llamé a tipo de las plantas de tomate Calvin porque me recordaba a un modelo retirado) encendió un fuego en mí que no puedo explicar. Durante horas me sentaba, con los ojos cerrados, las manos volando sobre el teclado, mientras intentaba grabar cada movimiento, peculiaridad y contorno de la cabeza. Cuando pasaba una joven mujer, ¿la seguía con la mirada? ¿Miraba a los ojos de las personas, cuando les hablaba? Cuando se terminó lo que sabía, comencé a imaginar cosas. ¿Era su leve cojera permanente, de un accidente de hace mucho tiempo en el que perdió al amor de su vida o, simplemente, una lesión menor por jugar un partido el pasado fin de semana? ¿Era su desgastada camiseta universitaria una representación de los mejores años de su vida o, simplemente, la primera prenda que cogió esta mañana? Las posibilidades eran infinitas. Él era una fuente de inspiración y yo podía hacer cualquier cosa con la idea de él.
Mi problema se convirtió (después de intentar escribir varias historias y nunca superar el segundo acto) que no quería imaginar cómo era la vida de Calvin. Necesitaba saberlo.
Múltiples noches de insomnio siguieron. Me reprendí por no conducir detrás de él cuando salió del mercado. ¿Qué clase de escritor deja que su inspiración desaparezca de esa forma?
Esa familiar nube oscura comenzó a levantarse, lista para envolverme y bloquear mis días como una tormenta que cubre el sol. Y luego, el jueves por la noche, tuve el pensamiento más reconfortante: iría al mercado de agricultores, nuevamente, el sábado por la mañana. Se suponía que los aficionados a esas cosas eran fanáticos acérrimos de los vegetales sucios, deformados y de la miel no pasteurizada. Era un hecho que él estaría allí de nuevo.
Lo celebré con una botella de whisky barato.
* * *
No estuvo allí el sábado. Llegué mientras los "granjeros" todavía se estaban preparando, ganándome muchas miradas de reojo, y me quedé hasta que desmontaron la feria y el único rastro del mercado fue un tomate completamente aplastado en la acera.
Incluso entonces me quedé ahí, mirando ese tomate, notando cómo había explotado, cómo la salpicadura se extendía un par de pies en todas las direcciones. Sin duda, también cubría la ropa y los zapatos de la persona que cometió el tomaticidio. Probablemente, dejaría una mancha. Una persona no puede cometer un delito así y no quedar cubierta de culpa.
Brevemente, sopesé la idea de regresar el próximo sábado y, posiblemente, incluso el siguiente, y el siguiente, y todos, hasta que lo encontrara. A veces, recibo una oleada de motivación, un atisbo de la determinación que marcó mis veinte años, el apasionamiento del que mi esposo se enamoró. Se disipa rápidamente en estos días; cuando me levanté de la banca, en la plaza, había decidido que todo era inútil y que mi único recurso era sumergirme en una botella. El único paso lógico siguiente era decidir entre whisky y vodka; una decisión que no pude tomar. Así que obtuve ambos.
Estaba a media botella cuando llamó mi agente. Lo lamentaba, habían pasado años desde mi último libro, me había dado tiempo suficiente, había otros autores talentosos clamando por atención, bla, bla, bla. Tuve que soltarle un buen par de verdades. Cuando ella me dijo que debía buscar ayuda, colgué.
No recuerdo mucho acerca de los meses que siguieron, además de un borrón de notificaciones tardías, malas comidas y la falsa preocupación de las llamadas de mi ex: ¿Estaba comiendo, saliendo, dándome una ducha? Lo que yo escuchaba era: ¿Cortaste el césped, limpiaste la bañera, te aseguraste de que no haya cucarachas en la cocina?
En algún momento, moví mi escritorio y mi computadora hacia el sótano. Lo recuerdo bien, porque tropecé y rompí una botella vacía de vodka mientras trataba de maniobrarla en una esquina. Me hice una herida seria en el pie. Lo envolví con una camisa lo suficientemente limpia y seguí con un poco de cinta adhesiva que encontré en la vieja caja de herramientas de mi esposo. Luego, me bebí una botella de algo y encendí una hoguera en el patio trasero, que alimenté con todos mis escritos inacabados. Me gustaba más el escritorio en el sótano: apestaba a fracaso.
Solo salí cuando me quedé sin alcohol. A la tienda: adentro, afuera, rápido. No podía soportar las miradas que me dirigían, la forma en que las madres fruncían los labios y abrazaban a sus hijos cuando pasaba.
No sé cuánto tiempo había pasado desde la primera vez que vi a Calvin. Sé que corrió un escalofrío en el aire cuando lo volví a ver. Me tambaleaba en el estacionamiento de la tienda de comestibles, tratando de recordar dónde estacioné mi auto, cuando noté que un tipo dejaba su carrito en medio de un lugar vacío. Pensé decir algo, me reí entre dientes y luego me detuve en seco. Había algo en la curva de sus hombros, la leve cojera (¿por accidente o por un simple partido?) que me dejó inmóvil. Casi se me caen las bolsas. Las botellas tintinearon ruidosamente, atrayendo su atención. Mi corazón se detuvo cuando sus ojos se encontraron con los míos. Debo haber parecido un ciervo sorprendido por los faros delanteros de un automóvil, una adolescente atrapada fumando, un perro avergonzado sobre un charco dorado en el suelo. Él sonrió con su sonrisa extraña y arrugada y se ofreció a ayudarme a llegar a mi auto. Mi lengua se pegó al paladar, pero logré asentir. Con una sonrisa, me preguntó si estaba de fiesta; luego, frunció un poco el ceño, cuando no respondí. Cuidadosamente, colocó mis bolsas en el maletero, mientras yo lo miraba sin decir una palabra. Cuando terminó, di un paso hacia él, con los brazos gravitando hacia arriba, con la intención de darle un abrazo, un beso o una bendición de agradecimiento. Dio un paso al costado, se aclaró la garganta y se despidió torpemente. Mis ojos lo siguieron mientras se reclinaba en el asiento del conductor de un Yaris. El ruido del portazo de su auto me trajo de vuelta a mí misma; solo entonces, me di cuenta de que había estado sonriendo tanto tiempo que me dolían las mejillas.
Tomé la decisión en ese mismo momento. No podía dejar que este interesante hombre (que dejaba carritos de compras en medio del estacionamiento, manejaba un Yaris, palpaba tomates en la plaza y socorría mujeres ebrias) se volviera a ir. Entonces, lo seguí a su casa, como debí haber hecho meses antes.
Durante las siguientes semanas, me salté mi trago matutino para poder conducir hasta Mark Avenue, estacionar bajo un árbol a una distancia discreta y observar a Calvin. Vivía en uno de esos barrios donde cada casa es una copia al carbón de la anterior, salvo por una ligera variación en la desabrida pintura. Calvin lo odiaba, y yo amaba eso de él. Dejaba sus botes de basura en la acera, no podaba su jardín y hacía gestos groseros a sus vecinos, a sus espaldas. También reciclaba, tomaba frecuentes paseos en bicicleta y, si se podía confiar en el contenido de su buzón, donaba a media docena de organizaciones benéficas. Se despertaba a la misma hora todas las mañanas, nueve en punto, pero el resto de su día no estaba programado y era esporádico. Nunca iba a trabajar, convenientemente para mí, así que supuse que se ganaba la vida por cuenta propia. Comencé a imaginar que era un escritor, como yo; que, tal vez, podríamos tomar un café y quejarnos de la industria juntos; tal vez, incluso, co-escribir una novela juntos.
Cuando eso resultó demasiado fantasioso, incluso para mí, decidí que era un espía. No como un agente ruso; más como espionaje corporativo. Me gustó esta nueva idea y me sacié con ella.
Todas las noches, me apartaba a la fuerza de Calvin y volvía a casa, descendía al sótano y vertía cada pequeño detalle en mi disco duro, mientras vertía vodka en mi estómago. Mi nueva historia realmente estaba tomando forma. Mucho mejor que la basura que había escrito en el pasado; no había forma de que no fuera un éxito de ventas. Estaba tan convencida de este hecho que llamé a mi agente. Varias veces. Cuando dejó de responder, le dejé un mensaje: lo lamentaría, no la necesitaba y, de todos modos, era mala en su trabajo.
Escribí todo lo que pude sobre la historia de Calvin, pero había agujeros. Enormes. Estaba frustrada, quedándome más tarde todas las noches para observarlo, esperando descubrir algún hecho novedoso que me permitiera ver.
No había nada. Finalmente, me di cuenta de que no podría aprender más con solo mirarlo. Si realmente quería pulir mi personaje y mi historia, tendría que ver sus reacciones por mí misma.
Nunca antes había secuestrado a alguien, pero lo que sí había hecho era pasar dos décadas de mi vida leyendo novelas policiales. Aunque no era experta, tampoco era una tonta.
La incapacitación es la forma más obvia de secuestrar a alguien. Hay cero posibilidades de que corran y muy pocas posibilidades de que pidan ayuda. Pero Calvin era mucho más grande que yo; puedo ser fornida, pero mi altura no puede soportar a un tipo tan alto como Calvin. Necesitaba que se moviera por su propia cuenta. Más arriesgado, sí, pero necesario. Mi plan era simple e involucraba algo que ya tenía en la casa: una pistola. Todo lo que tenía que hacer era esperar uno de sus paseos nocturnos en bicicleta.
Su ruta variaba diariamente, pero siempre regresaba por el mismo camino. Simplemente, me escondí detrás de un grupo de arbustos y esperé hasta el momento justo; luego, salté en su camino. Se desvió, patinó y, finalmente, cayó. Hubo un fuerte crujido cuando se desplomó, seguido de un aullido de dolor. Hice una mueca de angustia al ver la forma súbitamente torcida de su antebrazo, pero observé sus expresiones, la forma en que se mordió el labio con tanta fuerza que sangró, cómo rodó hacia atrás, acunando su brazo contra su pecho. Me quedé sin aliento. Esto era exactamente lo que necesitaba.
Me emocioné tanto mirándolo que casi olvidé mi objetivo. Cuando comenzó a gritar y a insultarme, me puse en acción.
Primero: Oh, ¿estás bien? Lo siento mucho, déjame ayudarte, bla, bla, bla.
Segundo: Sacar el arma de mi cinturón y susurrar palabras amenazantes.
Estuve despierta la mitad de la noche planeando el guión. Había tantas líneas cursis para chicos malos. Quería ser simple, pero genial. Lo que me nació no fue ni simple, ni genial; fue más como un niño pequeño ensayando su primera oración compleja. Al planificar, no había tenido en cuenta mis propios nervios. Sin embargo, vio el arma y entendió de qué se trataba.
Llevarlo al auto fue fácil. No se encontraba muy lejos y creo que él estaba en estado de shock. Cuando le dije que condujera, señaló su brazo roto y dijo que no podía. Habló con tanta naturalidad, con una mirada tan altiva en su rostro, que creo que pensó que había frustrado mis planes con esa frase, y mi única opción sería irme sin él.
Lo sopesé por un segundo. Los huesos rotos, definitivamente, no estaban en mis planes, al menos no en esta etapa. Finalmente, le dije que aguantara el dolor y usara el otro brazo. Me sentí mal, pero las cosas nunca terminan bien cuando el secuestrador es quien conduce.
Innumerables emociones me recorrían mientras nos deteníamos en mi casa. Todavía estaba nerviosa, pero, ahora, una especie de vértigo se apoderaba de mí. Me sentí maníaca, al igual que cuando probé anfetaminas en la universidad. Traté de tomar nota de cada emoción; tal vez, podría tener la perspectiva de un antagonista en mi libro. Sonreí; a mi agente le encantaría eso.
Las mariposas dieron paso a la vergüenza cuando entramos por la puerta principal y nos golpeó en la cara un hedor horrible: alcohol rancio, carne podrida, una pizca de vómito. Calvin retrocedió.
"Yo... debo haber olvidado sacar la basura", le dije.
"¿Por cuanto tiempo?", respondió.
Hasta ese momento, había sido capaz de fingir que, simplemente, estaba trayendo a casa a un viejo amigo: Calvin había actuado lo suficientemente bien; apenas tuve que amenazarlo con el arma, pero su comentario me dejó con ganas de controlarlo, de mostrarle quién era el jefe.
Lo empujé.
Se tambaleó hacia adelante, tropezó, trató de frenar su caída. Gritó en agonía, mientras la sangre fresca fluía de su brazo.
"Quizás, ahora, recuerdes quién está a cargo". Dije las palabras típicas de bravucón, pero mi voz flaqueó. Sin embargo, Calvin probablemente no me escuchó; se desmayó un segundo después.
Cuando despertó, estaba atado a una silla de jardín oxidada en mi destartalado sótano. Tenía sopa esperándolo. La sopa es agradable, hogareña, algo que una madre proporciona para reconfortar. Era mi forma de disculparme por el brazo y por lo que estaba por venir.
Él la rechazó. Dijo que no se sentía bien. Yo le creí. Su cara era de un color gris ceroso; su labio superior, perlado de sudor. Estaba acurrucado sobre sí mismo, como una araña que intenta esconderse, pero que aún parece capaz de saltar si se le provoca. Me disculpé por sus ataduras; tenía que mantenerlo en la silla de alguna manera. Me fulminó con la mirada.
"¿Qué estás haciendo?", demandó.
Levanté un dedo índice mientras mi pluma raspaba el papel de mi cuaderno. Él esperó. "Tomando notas", dije, cuando terminé.
Un destello de miedo atravesó sus ojos, seguido de una estrecha e intensa mirada de odio. Mis ojos se dilataron y tomé mi pluma una vez más.
"Estás enferma", escupió.
Eso dolió. Sacudí la cabeza. "No lo entiendes". Me levanté y me acerqué a mi escritorio. Revolví papeles y cuadernos, contenedores vacíos de comida china, hasta que encontré mi último borrador. Volteando el crujiente papel debajo de mi nariz, cerré los ojos y aspiré fuerte. Suspiré.
"Estoy escribiendo un libro", le dije, tendiéndole la pila de papeles. "Acerca de ti."
Frunció el ceño. Me reí.
"No, nada siniestro", insistí. "Mira." Levanté una página para que la leyera. La iluminación del sótano era tenue y tuvo que entrecerrar los ojos.
"Soy escritora. Solo necesitaba ver. ¿Entiendes?" Mi cerebro se sentía confundido. No estaba del todo segura de que me estaba explicando correctamente.
"'Los ojos de Calvin se arrugan, mira hacia adentro, tres hombres, Sheila...'" Se detuvo. "¿Que es esto?"
Tiré del papel, frunciendo el ceño. "'Calvin se acercó a la ventana y echó un rápido vistazo al interior'", leí en voz alta. "'Tres hombres, todos armados. Eso no importaba; se habían llevado a Sheila e iba a recuperarla sin importar lo que le hicieran'". Dirigiéndole una mirada aguda al verdadero Calvin, sacudí el papel en su cara. "Un libro. Eres un espía cuyo gran amor es secuestrado, y harás cualquier cosa para salvarla. Poco después de esta escena, los malos te atrapan y te torturan para obtener información sobre tu jefe".
Él no estaba escuchando. Chasqué mis dedos en su cara. "Es una novela brillante, un futuro éxito de ventas".
"Mire, señora, si quiere que le diga que veo una novela escrita en esas páginas, lo haré. Iré ante el Todopoderoso y lo haré..."
Delirante. Tenía que estarlo.
"...pero tiene que hacer algo por mí".
"¿Qué?"
"Tiene que enderezar la fractura de mi brazo".
Sacudí la cabeza violentamente. La idea me hizo sentir enferma. No quería volver a escuchar el chasquido de sus huesos. Además, los torturadores de Calvin no le enderezarían ninguna fractura, por lo que hacerlo no serviría para mis propósitos.
"No sé cómo".
Tragó como si estuviera tratando de contener la bilis. "Entonces, tienes que llevarme a alguien que pueda", dijo suavemente.
"Calvin", dije, sentándome frente a él una vez más, "tampoco puedo hacer eso".
Me estudió. "Mi nombre no es Calvin", dijo, después de un momento. "Es Chris. Chris Fisher." Asintió una vez, lentamente, como si le estuviera explicando algo a un niño.
Sonreí; así que él también leía novelas policiales.
Primera regla del secuestrado: Haz que tu captor te vea como una persona.
Segunda regla: Establece una relación con dicho captor.
No había forma de que le diera mi nombre real, así que fui con mi seudónimo.
"S. E."
"¿Essie?"
"No. S. E. Iniciales ".
Frunció el ceño, pero no parecía completamente desanimado. “S. E., necesito un médico. Tuve un accidente. Uno malo. ¿Lo entiendes? Necesito ayuda."
Nuevamente, sacudí la cabeza. "Como dije, los malos están a punto de torturarte. Y es que, Calvin, no sé exactamente cómo reaccionarías ante la tortura. Necesito verlo, en persona, para terminar la historia. ¿Lo entiendes tú?" Señalé con el pulgar, sobre mi hombro, la caja de herramientas detrás de mí.
Calvin cerró los ojos y bajó la cabeza.
“Puedo ofrecerte un trago de vodka, si quieres. Pero después. Lo siento, pero no puedo arriesgarme a que tu reacción se vea opacada ".
Cuando él no respondió, decidí comenzar. Agarré mi cuaderno, un bolígrafo y un par de alicates.
Brevemente, sopesé la idea de regresar el próximo sábado y, posiblemente, incluso el siguiente, y el siguiente, y todos, hasta que lo encontrara. A veces, recibo una oleada de motivación, un atisbo de la determinación que marcó mis veinte años, el apasionamiento del que mi esposo se enamoró. Se disipa rápidamente en estos días; cuando me levanté de la banca, en la plaza, había decidido que todo era inútil y que mi único recurso era sumergirme en una botella. El único paso lógico siguiente era decidir entre whisky y vodka; una decisión que no pude tomar. Así que obtuve ambos.
Estaba a media botella cuando llamó mi agente. Lo lamentaba, habían pasado años desde mi último libro, me había dado tiempo suficiente, había otros autores talentosos clamando por atención, bla, bla, bla. Tuve que soltarle un buen par de verdades. Cuando ella me dijo que debía buscar ayuda, colgué.
No recuerdo mucho acerca de los meses que siguieron, además de un borrón de notificaciones tardías, malas comidas y la falsa preocupación de las llamadas de mi ex: ¿Estaba comiendo, saliendo, dándome una ducha? Lo que yo escuchaba era: ¿Cortaste el césped, limpiaste la bañera, te aseguraste de que no haya cucarachas en la cocina?
En algún momento, moví mi escritorio y mi computadora hacia el sótano. Lo recuerdo bien, porque tropecé y rompí una botella vacía de vodka mientras trataba de maniobrarla en una esquina. Me hice una herida seria en el pie. Lo envolví con una camisa lo suficientemente limpia y seguí con un poco de cinta adhesiva que encontré en la vieja caja de herramientas de mi esposo. Luego, me bebí una botella de algo y encendí una hoguera en el patio trasero, que alimenté con todos mis escritos inacabados. Me gustaba más el escritorio en el sótano: apestaba a fracaso.
Solo salí cuando me quedé sin alcohol. A la tienda: adentro, afuera, rápido. No podía soportar las miradas que me dirigían, la forma en que las madres fruncían los labios y abrazaban a sus hijos cuando pasaba.
No sé cuánto tiempo había pasado desde la primera vez que vi a Calvin. Sé que corrió un escalofrío en el aire cuando lo volví a ver. Me tambaleaba en el estacionamiento de la tienda de comestibles, tratando de recordar dónde estacioné mi auto, cuando noté que un tipo dejaba su carrito en medio de un lugar vacío. Pensé decir algo, me reí entre dientes y luego me detuve en seco. Había algo en la curva de sus hombros, la leve cojera (¿por accidente o por un simple partido?) que me dejó inmóvil. Casi se me caen las bolsas. Las botellas tintinearon ruidosamente, atrayendo su atención. Mi corazón se detuvo cuando sus ojos se encontraron con los míos. Debo haber parecido un ciervo sorprendido por los faros delanteros de un automóvil, una adolescente atrapada fumando, un perro avergonzado sobre un charco dorado en el suelo. Él sonrió con su sonrisa extraña y arrugada y se ofreció a ayudarme a llegar a mi auto. Mi lengua se pegó al paladar, pero logré asentir. Con una sonrisa, me preguntó si estaba de fiesta; luego, frunció un poco el ceño, cuando no respondí. Cuidadosamente, colocó mis bolsas en el maletero, mientras yo lo miraba sin decir una palabra. Cuando terminó, di un paso hacia él, con los brazos gravitando hacia arriba, con la intención de darle un abrazo, un beso o una bendición de agradecimiento. Dio un paso al costado, se aclaró la garganta y se despidió torpemente. Mis ojos lo siguieron mientras se reclinaba en el asiento del conductor de un Yaris. El ruido del portazo de su auto me trajo de vuelta a mí misma; solo entonces, me di cuenta de que había estado sonriendo tanto tiempo que me dolían las mejillas.
Tomé la decisión en ese mismo momento. No podía dejar que este interesante hombre (que dejaba carritos de compras en medio del estacionamiento, manejaba un Yaris, palpaba tomates en la plaza y socorría mujeres ebrias) se volviera a ir. Entonces, lo seguí a su casa, como debí haber hecho meses antes.
Durante las siguientes semanas, me salté mi trago matutino para poder conducir hasta Mark Avenue, estacionar bajo un árbol a una distancia discreta y observar a Calvin. Vivía en uno de esos barrios donde cada casa es una copia al carbón de la anterior, salvo por una ligera variación en la desabrida pintura. Calvin lo odiaba, y yo amaba eso de él. Dejaba sus botes de basura en la acera, no podaba su jardín y hacía gestos groseros a sus vecinos, a sus espaldas. También reciclaba, tomaba frecuentes paseos en bicicleta y, si se podía confiar en el contenido de su buzón, donaba a media docena de organizaciones benéficas. Se despertaba a la misma hora todas las mañanas, nueve en punto, pero el resto de su día no estaba programado y era esporádico. Nunca iba a trabajar, convenientemente para mí, así que supuse que se ganaba la vida por cuenta propia. Comencé a imaginar que era un escritor, como yo; que, tal vez, podríamos tomar un café y quejarnos de la industria juntos; tal vez, incluso, co-escribir una novela juntos.
Cuando eso resultó demasiado fantasioso, incluso para mí, decidí que era un espía. No como un agente ruso; más como espionaje corporativo. Me gustó esta nueva idea y me sacié con ella.
Todas las noches, me apartaba a la fuerza de Calvin y volvía a casa, descendía al sótano y vertía cada pequeño detalle en mi disco duro, mientras vertía vodka en mi estómago. Mi nueva historia realmente estaba tomando forma. Mucho mejor que la basura que había escrito en el pasado; no había forma de que no fuera un éxito de ventas. Estaba tan convencida de este hecho que llamé a mi agente. Varias veces. Cuando dejó de responder, le dejé un mensaje: lo lamentaría, no la necesitaba y, de todos modos, era mala en su trabajo.
Escribí todo lo que pude sobre la historia de Calvin, pero había agujeros. Enormes. Estaba frustrada, quedándome más tarde todas las noches para observarlo, esperando descubrir algún hecho novedoso que me permitiera ver.
No había nada. Finalmente, me di cuenta de que no podría aprender más con solo mirarlo. Si realmente quería pulir mi personaje y mi historia, tendría que ver sus reacciones por mí misma.
* * *
Nunca antes había secuestrado a alguien, pero lo que sí había hecho era pasar dos décadas de mi vida leyendo novelas policiales. Aunque no era experta, tampoco era una tonta.
La incapacitación es la forma más obvia de secuestrar a alguien. Hay cero posibilidades de que corran y muy pocas posibilidades de que pidan ayuda. Pero Calvin era mucho más grande que yo; puedo ser fornida, pero mi altura no puede soportar a un tipo tan alto como Calvin. Necesitaba que se moviera por su propia cuenta. Más arriesgado, sí, pero necesario. Mi plan era simple e involucraba algo que ya tenía en la casa: una pistola. Todo lo que tenía que hacer era esperar uno de sus paseos nocturnos en bicicleta.
Su ruta variaba diariamente, pero siempre regresaba por el mismo camino. Simplemente, me escondí detrás de un grupo de arbustos y esperé hasta el momento justo; luego, salté en su camino. Se desvió, patinó y, finalmente, cayó. Hubo un fuerte crujido cuando se desplomó, seguido de un aullido de dolor. Hice una mueca de angustia al ver la forma súbitamente torcida de su antebrazo, pero observé sus expresiones, la forma en que se mordió el labio con tanta fuerza que sangró, cómo rodó hacia atrás, acunando su brazo contra su pecho. Me quedé sin aliento. Esto era exactamente lo que necesitaba.
Me emocioné tanto mirándolo que casi olvidé mi objetivo. Cuando comenzó a gritar y a insultarme, me puse en acción.
Primero: Oh, ¿estás bien? Lo siento mucho, déjame ayudarte, bla, bla, bla.
Segundo: Sacar el arma de mi cinturón y susurrar palabras amenazantes.
Estuve despierta la mitad de la noche planeando el guión. Había tantas líneas cursis para chicos malos. Quería ser simple, pero genial. Lo que me nació no fue ni simple, ni genial; fue más como un niño pequeño ensayando su primera oración compleja. Al planificar, no había tenido en cuenta mis propios nervios. Sin embargo, vio el arma y entendió de qué se trataba.
Llevarlo al auto fue fácil. No se encontraba muy lejos y creo que él estaba en estado de shock. Cuando le dije que condujera, señaló su brazo roto y dijo que no podía. Habló con tanta naturalidad, con una mirada tan altiva en su rostro, que creo que pensó que había frustrado mis planes con esa frase, y mi única opción sería irme sin él.
Lo sopesé por un segundo. Los huesos rotos, definitivamente, no estaban en mis planes, al menos no en esta etapa. Finalmente, le dije que aguantara el dolor y usara el otro brazo. Me sentí mal, pero las cosas nunca terminan bien cuando el secuestrador es quien conduce.
Innumerables emociones me recorrían mientras nos deteníamos en mi casa. Todavía estaba nerviosa, pero, ahora, una especie de vértigo se apoderaba de mí. Me sentí maníaca, al igual que cuando probé anfetaminas en la universidad. Traté de tomar nota de cada emoción; tal vez, podría tener la perspectiva de un antagonista en mi libro. Sonreí; a mi agente le encantaría eso.
Las mariposas dieron paso a la vergüenza cuando entramos por la puerta principal y nos golpeó en la cara un hedor horrible: alcohol rancio, carne podrida, una pizca de vómito. Calvin retrocedió.
"Yo... debo haber olvidado sacar la basura", le dije.
"¿Por cuanto tiempo?", respondió.
Hasta ese momento, había sido capaz de fingir que, simplemente, estaba trayendo a casa a un viejo amigo: Calvin había actuado lo suficientemente bien; apenas tuve que amenazarlo con el arma, pero su comentario me dejó con ganas de controlarlo, de mostrarle quién era el jefe.
Lo empujé.
Se tambaleó hacia adelante, tropezó, trató de frenar su caída. Gritó en agonía, mientras la sangre fresca fluía de su brazo.
"Quizás, ahora, recuerdes quién está a cargo". Dije las palabras típicas de bravucón, pero mi voz flaqueó. Sin embargo, Calvin probablemente no me escuchó; se desmayó un segundo después.
Cuando despertó, estaba atado a una silla de jardín oxidada en mi destartalado sótano. Tenía sopa esperándolo. La sopa es agradable, hogareña, algo que una madre proporciona para reconfortar. Era mi forma de disculparme por el brazo y por lo que estaba por venir.
Él la rechazó. Dijo que no se sentía bien. Yo le creí. Su cara era de un color gris ceroso; su labio superior, perlado de sudor. Estaba acurrucado sobre sí mismo, como una araña que intenta esconderse, pero que aún parece capaz de saltar si se le provoca. Me disculpé por sus ataduras; tenía que mantenerlo en la silla de alguna manera. Me fulminó con la mirada.
"¿Qué estás haciendo?", demandó.
Levanté un dedo índice mientras mi pluma raspaba el papel de mi cuaderno. Él esperó. "Tomando notas", dije, cuando terminé.
Un destello de miedo atravesó sus ojos, seguido de una estrecha e intensa mirada de odio. Mis ojos se dilataron y tomé mi pluma una vez más.
"Estás enferma", escupió.
Eso dolió. Sacudí la cabeza. "No lo entiendes". Me levanté y me acerqué a mi escritorio. Revolví papeles y cuadernos, contenedores vacíos de comida china, hasta que encontré mi último borrador. Volteando el crujiente papel debajo de mi nariz, cerré los ojos y aspiré fuerte. Suspiré.
"Estoy escribiendo un libro", le dije, tendiéndole la pila de papeles. "Acerca de ti."
Frunció el ceño. Me reí.
"No, nada siniestro", insistí. "Mira." Levanté una página para que la leyera. La iluminación del sótano era tenue y tuvo que entrecerrar los ojos.
"Soy escritora. Solo necesitaba ver. ¿Entiendes?" Mi cerebro se sentía confundido. No estaba del todo segura de que me estaba explicando correctamente.
"'Los ojos de Calvin se arrugan, mira hacia adentro, tres hombres, Sheila...'" Se detuvo. "¿Que es esto?"
Tiré del papel, frunciendo el ceño. "'Calvin se acercó a la ventana y echó un rápido vistazo al interior'", leí en voz alta. "'Tres hombres, todos armados. Eso no importaba; se habían llevado a Sheila e iba a recuperarla sin importar lo que le hicieran'". Dirigiéndole una mirada aguda al verdadero Calvin, sacudí el papel en su cara. "Un libro. Eres un espía cuyo gran amor es secuestrado, y harás cualquier cosa para salvarla. Poco después de esta escena, los malos te atrapan y te torturan para obtener información sobre tu jefe".
Él no estaba escuchando. Chasqué mis dedos en su cara. "Es una novela brillante, un futuro éxito de ventas".
"Mire, señora, si quiere que le diga que veo una novela escrita en esas páginas, lo haré. Iré ante el Todopoderoso y lo haré..."
Delirante. Tenía que estarlo.
"...pero tiene que hacer algo por mí".
"¿Qué?"
"Tiene que enderezar la fractura de mi brazo".
Sacudí la cabeza violentamente. La idea me hizo sentir enferma. No quería volver a escuchar el chasquido de sus huesos. Además, los torturadores de Calvin no le enderezarían ninguna fractura, por lo que hacerlo no serviría para mis propósitos.
"No sé cómo".
Tragó como si estuviera tratando de contener la bilis. "Entonces, tienes que llevarme a alguien que pueda", dijo suavemente.
"Calvin", dije, sentándome frente a él una vez más, "tampoco puedo hacer eso".
Me estudió. "Mi nombre no es Calvin", dijo, después de un momento. "Es Chris. Chris Fisher." Asintió una vez, lentamente, como si le estuviera explicando algo a un niño.
Sonreí; así que él también leía novelas policiales.
Primera regla del secuestrado: Haz que tu captor te vea como una persona.
Segunda regla: Establece una relación con dicho captor.
No había forma de que le diera mi nombre real, así que fui con mi seudónimo.
"S. E."
"¿Essie?"
"No. S. E. Iniciales ".
Frunció el ceño, pero no parecía completamente desanimado. “S. E., necesito un médico. Tuve un accidente. Uno malo. ¿Lo entiendes? Necesito ayuda."
Nuevamente, sacudí la cabeza. "Como dije, los malos están a punto de torturarte. Y es que, Calvin, no sé exactamente cómo reaccionarías ante la tortura. Necesito verlo, en persona, para terminar la historia. ¿Lo entiendes tú?" Señalé con el pulgar, sobre mi hombro, la caja de herramientas detrás de mí.
Calvin cerró los ojos y bajó la cabeza.
“Puedo ofrecerte un trago de vodka, si quieres. Pero después. Lo siento, pero no puedo arriesgarme a que tu reacción se vea opacada ".
Cuando él no respondió, decidí comenzar. Agarré mi cuaderno, un bolígrafo y un par de alicates.
* * *
Los dientes se sacan más fácilmente de lo que esperaba. Eso es lo primero que aprendí. Arranqué media docena antes de poder contenerme. Se suponía que no debía disfrutar esto, todo era para investigar, pero sacar dientes era como reventar burbujas: uno solo nunca es suficiente.
Calvin gritó todo el tiempo. Al final, los gritos adquirieron un gorgoteo, cuando el aire burbujeó a través de la sangre. Lloró en silencio cuando me detuve a tomar mis notas.
No me importa admitir que estaba disgustada con él. No estaba segura de cómo reaccionaría, pero no esperaba que llorase. No tan temprano, de todos modos. Parecía un hombre tan fuerte, un hombre tenaz.
Desfogué mi ira con sus dedos. Se rompieron como pequeñas ramas. Observé su rostro de cerca, en lugar de mirar los huesos. Quería capturar ese momento, justo cuando sucedía, cuando las neuronas reconocían el dolor. Me detuve después del tercero, porque sus ojos comenzaron tornarse vidriosos. Hora de descansar. Un poco de vodka y una siesta le hacen bien al alma.
Estaba lleno de saliva y fuego cuando despertó. Una pequeña emoción me atravesó. Quizás, ahora, él me daría lo que quería.
"Necesito que canalices un poco más a Calvin-el-espía", le dije, mientras acomodaba mis suministros en el escritorio. Cuchillos, esta vez. Decidí añadir una vieja grabadora. Capturar simultáneamente el sonido y las reacciones físicas había sido más difícil de lo esperado.
"Eres un espía."
"¡Te dije que no soy Calvin!"
Giró en la silla, tirando de sus ataduras. La ira pura contorsionó su rostro. Sus ojos estaban teñidos con franjas rojas donde los capilares habían estallado.
Ladeé la cabeza hacia un lado, mientras observaba su ataque. No parecía sentir el dolor severo que tenía que emanar de su brazo. Comencé a preguntarme si había un umbral máximo para el dolor en el cuerpo humano. ¿Existe un punto de no retorno donde, una vez cruzado, una persona debe escoger entre morir o apagar todas sus sensaciones? La teoría era interesante, pero me llenó de inquietud: ¿Y si ya no reaccionaba al dolor? ¿Qué pasaría con mi historia, entonces? ¿Qué es una escena de acción sin acción?
Continuó gritándome obscenidades. Quería que lo dejara ir, no se lo diría a nadie, que yo era una perra y muchas otras cosas que su madre no apreciaría. Por primera vez, dudaba de mí misma. Mis manos comenzaron a temblar. ¿Era realmente necesario captarlo todo a la perfección, hasta el último detalle?
Respiré profundamente. El arte refleja la vida. Nadie más había hecho esto, había llegado tan lejos. Un millón y un personajes han sido torturados, han muerto, en historias a lo largo de la historia, y apuesto a que ninguno de esos autores tuvo las agallas para hacer lo que yo estaba haciendo. Mis personajes plasmarían la verdad.
Cogí el cuchillo y me abalancé sobre él. La hoja se hundió en la parte superior de su brazo y golpeó un hueso. Aulló, pero furioso, no atormentado. Se chupó los dos labios con la boca y se mordió con los dientes restantes; la sangre fluyó. Respiraba pesadamente por la nariz, como un toro listo para cargar. El sudor goteaba en su rostro, soltando una neblina salada en el aire, mientras temblaba. Sus ojos, ya sin arrugas en las esquinas, se veían dilatados, animales.
Saqué el cuchillo. La herida no era tan mala; un par de puntos, probablemente, la sanarían.
Esos ojos salvajes se clavaron en mi alma. Bajé la cabeza. Había ido demasiado lejos; lo había empujado más allá de Calvin-el-espía. La criatura sentada en la silla ya no era humana.
Había creado un monstruo.
Colapsando en la silla de mi escritorio, comencé a llorar. Mi historia estaba arruinada.
La respiración de Calvin se calmó cuando mis sollozos se hicieron más fuertes.
"¿Me vas a matar?" Su voz era gruesa, mal articulada.
Yo tenía hipo. "No es así como termina la historia", me quejé. "Derrotas a tus captores y salvas a la chica".
Lo consideró por un momento; luego, dijo en voz baja: "Entonces, desátame, para que pueda matarte".
Todo lo que podía hacer era mirarlo. Tenía la cara tan hinchada que era casi irreconocible. Pero una cierta apariencia de cordura había vuelto a su mirada, y eso fue lo que congeló mi corazón, atravesándome con un terror gélido: la idea era lógica para él.
Me propuse discutir. Era la narradora de esta historia, no un personaje. Además, si en verdad decidiera insertarme, obviamente sería Sheila. Abrí la boca para decir todo eso, pero lo que salió fue: "¿Cómo lo harías?"
Sus ojos se movieron hacia la hilera de cuchillos en mi escritorio, un pequeño y brillante ejército de destrucción, en fila para ser inspeccionado. Asentí, me mordí el labio y lo consideré. Tenía razón: si deseaba ser fiel a la vida (y yo lo deseaba), tendría que matarme.
Casi le permito hacerlo, pero había un problema que no podía superar: Si yo moría, ¿quién terminaría la historia?
"¿Bien?", incitó.
Cogí un cuchillo. "Voy a tener que cambiar el final".
* * *
A veces, veo las manchas rojas en mis manos, la culpa que me persigue y lo hará por siempre. Esos días, paso horas en la ducha, tratando de lavarme el crimen de la piel. A veces puedo y, a veces, tengo que volver a hundirme en una botella. Sin embargo, solo por la noche; una autora superventas no puede estar borracha todo el tiempo.
A todos les encantó la idea de que Sheila se salvara, después de la desafortunada desaparición de Calvin. Mi editor clama por una secuela. Lo he estado posponiendo por un tiempo, pero ya no puedo más. La historia está ahí; solo necesito un personaje.
Ella.
Al otro lado del restaurante, dándole vueltas a un cuchillo de carne entre sus dedos, distraídamente, como un bastón.
Me pregunto: ¿Cómo serán sus reacciones?
Comentario del traductor:
En la antigua religión griega, las Musas fueron diosas inspiradoras de la literatura, la ciencia y las artes. Se les consideró la fuente del conocimiento encarnado en la poesía, las canciones líricas y los mitos que se relataban oralmente. "Canta, oh Musa, la cólera del pélida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes..." invoca Homero al comienzo de la Ilíada.
Entidades etéreas, abstractas o metafóricas, las Musas le permiten al artista "succionar" el combustible de su arte, como sanguijuelas de la inspiración. Desde este punto de vista, las Musas pueden tomarse (con la mayoría de los dioses del panteón griego, y muchísimos más) como herramientas para el ser humano. La relación entre el artista y la musa es, por lo tanto, dual: Por un lado, la musa es adorada (amada) con devoción; por otro, obedece a una función meramente instrumental: un medio para un fin.
El relato de Sarah Gribble explora, justamente, este tipo de relación: "Sé que corrió un escalofrío en el aire cuando lo volví a ver", "mi corazón se detuvo cuando sus ojos se encontraron con los míos", "me di cuenta de que había estado sonriendo tanto tiempo..."; nuestra protagonista "ama" a su Musa con una pasión que linda con la idolatría. Al mismo tiempo, la utiliza con frialdad burocrática, como a un pequeño cántaro de la inspiración al que debe extraer cada gota de combustible, hasta dejarlo seco y vacío.
La objetivación de la persona es evidente (aunque no lo notamos) desde el inicio de la historia: la aparentemente trivial anécdota del "tomaticidio" y el pensamiento que prosigue, que "una persona no puede cometer un delito así y no quedar cubierta de culpa" se compara con el asesinato de Chris y la culpa que nuestra protagonista trata de quitarse de encima en la ducha. Una hombre torturado hasta la muerte y un tomate aplastado, equiparados en la mente de una artista.
En la antigua religión griega, las Musas fueron diosas inspiradoras de la literatura, la ciencia y las artes. Se les consideró la fuente del conocimiento encarnado en la poesía, las canciones líricas y los mitos que se relataban oralmente. "Canta, oh Musa, la cólera del pélida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes..." invoca Homero al comienzo de la Ilíada.
Entidades etéreas, abstractas o metafóricas, las Musas le permiten al artista "succionar" el combustible de su arte, como sanguijuelas de la inspiración. Desde este punto de vista, las Musas pueden tomarse (con la mayoría de los dioses del panteón griego, y muchísimos más) como herramientas para el ser humano. La relación entre el artista y la musa es, por lo tanto, dual: Por un lado, la musa es adorada (amada) con devoción; por otro, obedece a una función meramente instrumental: un medio para un fin.
El relato de Sarah Gribble explora, justamente, este tipo de relación: "Sé que corrió un escalofrío en el aire cuando lo volví a ver", "mi corazón se detuvo cuando sus ojos se encontraron con los míos", "me di cuenta de que había estado sonriendo tanto tiempo..."; nuestra protagonista "ama" a su Musa con una pasión que linda con la idolatría. Al mismo tiempo, la utiliza con frialdad burocrática, como a un pequeño cántaro de la inspiración al que debe extraer cada gota de combustible, hasta dejarlo seco y vacío.
La objetivación de la persona es evidente (aunque no lo notamos) desde el inicio de la historia: la aparentemente trivial anécdota del "tomaticidio" y el pensamiento que prosigue, que "una persona no puede cometer un delito así y no quedar cubierta de culpa" se compara con el asesinato de Chris y la culpa que nuestra protagonista trata de quitarse de encima en la ducha. Una hombre torturado hasta la muerte y un tomate aplastado, equiparados en la mente de una artista.
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| Ilustración de Yoshitaka Amano |
