Autor: Rebecca Birch
Publicación Original: Flash Fiction Online - January 2020
Año: 2020
Traducción: José Luis Huerto Aguilar
Solo los desesperados siguen el rastro de rumores hacia mi gruta debajo del mercado, escondida detrás de una cortina de enredaderas espinosas. "Glossa es una bruja", dicen. Una hechicera.
Pero, eventualmente, vienen.
Sombras violáceas rodean los ojos de Siopi cuando busca mi guarida. El púrpura podría ser obra del cansancio, si no fuera por el enfermizo moteado amarillo de viejos moretones.
Atizo las brasas brillantes. "¿Qué te trae aquí, Siopi?"
Sus manos se aferran a los pliegues de su manto. "Los cuervos. Roban nuestros cultivos. He hecho maniquíes, pero los pájaros no les temen". Ella evita mis ojos. “Mi esposo dice que nos moriremos de hambre. Será mi culpa".
Apunto con un dedo torcido al viejo bolso de cuero, en la rocosa alcoba junto a la entrada, que las enredaderas ocultan de las miradas curiosas. "Tráeme eso aquí".
Ella obedece, temerosa como un cervatillo.
Doblo la solapa hacia atrás, liberando un hedor a humedad. "Los cuervos no te desean el mal", le digo, revolviendo el contenido del bolso hasta encontrar el pequeño frasco que busco, "pero tus maniquíes no significan nada para ellos. Tienes que hablarles en palabras que ellos entiendan. Mi abuela lo sabía."
Libero el tapón y sacudo el frasco, hasta que una cosa pequeña, negra y marchita cae en mi palma.
"¿Qué es?"
"La lengua de un cuervo. Cosechada por la mano de mi abuela e imbuida por la sangre de la criatura con el poder de su discurso. Cómete esto y los cuervos te obedecerán."
Siopi mira sus manos. "No tengo monedas con las que pagar".
“No exijo un precio en monedas, pero la magia equilibrará sus propias básculas con el tiempo. La decisión es tuya."
* * *
Transcurre casi un año antes de que Siopi regrese, con el brazo sujeto a su pecho por una honda, como un cabestrillo improvisado, el púrpura extendiéndose sobre su muñeca, desvaneciéndose hacia el amarillo a lo largo de sus dedos.
"Usted dijo la verdad", dice ella. "Los cuervos huyeron a mi orden. Nuestro granero estaba desbordando. Una bendición, al parecer, hasta que llegaron las ratas. Nuestro pequeño Orien intentó mantenerlas alejadas, pero ahora yace en cama, ardiendo en fiebre por dentro”.
Ya me dirigía hacia el bolso, antes de que la palabra rata escapara de sus labios. "Tu marido dice que es tu culpa". No era una pregunta.
Sus pestañas revolotean, mientras parpadea para secarse las lágrimas. "Por favor. ¿Su abuela sabía el idioma de las ratas?"
"Sus primeras lenguas fueron de rata".
A ella le complacía arrancárselas y, luego, ver cómo sus piernas temblaban de dolor hasta que fluía la última gota de sangre, ahogando sus lenguas con un poder listo para ser consumido. Sus ojos se enrojecían (sus mejillas se sonrojaban, su respiración se aceleraba) mientras yo me escondía detrás de las enredaderas, viendo sufrir a esas miserables criaturas, impotente para salvarlas.
Volteo el frasco abierto y una lengua dura y retorcida cae.
La cautela cruza por la cara de Siopi. “Tal vez esto es mi culpa. La magia equilibra sus básculas. ¿Qué precio pedirá esta vez?"
Siento empatía por su vacilación, pero las ratas transmiten la peste a todos, independientemente de su estatus, edad o virtud. "Ni siquiera los más sabios conocen los caminos de la magia, y más personas podrían enfermar si no disipas las ratas. ¿Quieres que otros terminen como Orien?"
Siopi acepta la lengua con una mano temblorosa; luego, se la traga entera. Un estremecimiento la sacude de punta a punta. Hace una mueca de dolor cuando su brazo se sacude.
La ira palpita dentro de mi pecho, la misma ira que sentía al ver a mi abuela haciendo su trabajo.
Echo un vistazo a la honda que sostiene su brazo y le hablo con un tono cuidadosamente desinteresado. "¿Con qué frecuencia tu marido te recrimina con sus manos?"
Ella retrocede un paso, acunando su brazo herido.
"¿Y qué hay de Orien? ¿La culpa también recae sobre sus pequeños hombros?"
Sacude la cabeza con fuerza. "Es solo un niño. ¿Cómo podría alguien culparlo? No importa. Disiparé las ratas. No más alimañas, no más culpas." Retrocede a través de las enredaderas que protegen la entrada. "Debo volver con mi hijo. Adiós, Glossa."
Entonces se va. Pero volverá. Siempre lo hacen.
"Usted dijo la verdad", dice ella. "Los cuervos huyeron a mi orden. Nuestro granero estaba desbordando. Una bendición, al parecer, hasta que llegaron las ratas. Nuestro pequeño Orien intentó mantenerlas alejadas, pero ahora yace en cama, ardiendo en fiebre por dentro”.
Ya me dirigía hacia el bolso, antes de que la palabra rata escapara de sus labios. "Tu marido dice que es tu culpa". No era una pregunta.
Sus pestañas revolotean, mientras parpadea para secarse las lágrimas. "Por favor. ¿Su abuela sabía el idioma de las ratas?"
"Sus primeras lenguas fueron de rata".
A ella le complacía arrancárselas y, luego, ver cómo sus piernas temblaban de dolor hasta que fluía la última gota de sangre, ahogando sus lenguas con un poder listo para ser consumido. Sus ojos se enrojecían (sus mejillas se sonrojaban, su respiración se aceleraba) mientras yo me escondía detrás de las enredaderas, viendo sufrir a esas miserables criaturas, impotente para salvarlas.
Volteo el frasco abierto y una lengua dura y retorcida cae.
La cautela cruza por la cara de Siopi. “Tal vez esto es mi culpa. La magia equilibra sus básculas. ¿Qué precio pedirá esta vez?"
Siento empatía por su vacilación, pero las ratas transmiten la peste a todos, independientemente de su estatus, edad o virtud. "Ni siquiera los más sabios conocen los caminos de la magia, y más personas podrían enfermar si no disipas las ratas. ¿Quieres que otros terminen como Orien?"
Siopi acepta la lengua con una mano temblorosa; luego, se la traga entera. Un estremecimiento la sacude de punta a punta. Hace una mueca de dolor cuando su brazo se sacude.
La ira palpita dentro de mi pecho, la misma ira que sentía al ver a mi abuela haciendo su trabajo.
Echo un vistazo a la honda que sostiene su brazo y le hablo con un tono cuidadosamente desinteresado. "¿Con qué frecuencia tu marido te recrimina con sus manos?"
Ella retrocede un paso, acunando su brazo herido.
"¿Y qué hay de Orien? ¿La culpa también recae sobre sus pequeños hombros?"
Sacude la cabeza con fuerza. "Es solo un niño. ¿Cómo podría alguien culparlo? No importa. Disiparé las ratas. No más alimañas, no más culpas." Retrocede a través de las enredaderas que protegen la entrada. "Debo volver con mi hijo. Adiós, Glossa."
Entonces se va. Pero volverá. Siempre lo hacen.
* * *
Quince días después, me despierta el sonido de unos pasos y una respiración agitada. Las últimas brasas de mi fuego revelan a Siopi apoyada contra la pared de piedra, aferrando un pesado bulto contra su pecho. La honda ya no está, pero, incluso en la tenue luz, nuevos moretones oscurecen el costado de su rostro.
"¿Siopi?"
Ella reajusta el bulto, revelando una mata de cabello pálido; luego, agarra el bolso y se tambalea hacia mi saco de dormir.
“Hice lo que él quería. Desterré a los cuervos. Desterré a las ratas. Pero esta noche intentó desquitarse con Orien, porque está demasiado débil para trabajar". Pone al niño dormido a mi lado. "Nunca estaremos libres de alimañas. No mientras mi esposo tenga poder sobre nosotros. Pero no hay nada que hacer. Yo ya hablo su idioma."
"Es ahí donde te equivocas".
Excavo en el bolso y saco el frasco más grande. El tapón se suelta con un pop, liberando un olor a hierro y podredumbre. Saco uno de los finos trozos de carne endurecida y lo sostengo entre nosotras. "¿Quieres ser libre?"
"¿Qué lengua es esta?" Le tiembla la voz.
"Un pedazo de la única lengua que coseché yo misma. De alguien que disfrutaba infligiendo dolor." Los ojos incrédulos de mi abuela y sus gritos sin palabras, bañados en sangre, me perseguirán, en la vigilia y durante el sueño, hasta el final de mis días. No puedo evitar que ese recuerdo se manifieste, grabándose en mi rostro. "Ya se ha pagado un precio por este poco de magia. Un precio que yo elegí pagar".
La comprensión brilla en los ojos de Siopi y se inclina para recibir mi ofrecimiento. "Por Orien y por mí. Gracias."
Los alaridos de mi abuela resuenan en mi cráneo, mientras Siopi prueba el pedazo de lengua, con su mano reposando sobre el cabello de Orien. No volverá a portar el color púrpura.
Tapo el frasco, amortiguando el recuerdo.
Solo los desesperados siguen el rastro hacia mi guarida. Por ellos, pago el precio con gusto.
Eventualmente, todos vendrán.
Comentario del traductor:
"La desgracia cunde multiforme en la tierra", nos recuerda Poe. Terrores privados, tan íntimos que hieren, se esconden (como tumores revestidos por capas de cartílago, músculo y piel) bajo membranas múltiples de aprensión e infortunio. Por debajo de la fatalidad del hambre y del miedo a la enfermedad, se oculta un terror privado tan cotidiano que, por fuerza del hábito, nos hemos vuelto indolentes a él: la violencia familiar. Hay familias que susbsisten sumergidas en miedo. Los más débiles, los desesperados, se ahogan en sus aguas. Algunos, conviven con sus pesadillas; otros, se acuestan con ellas; otros, las llaman "papá".
"Un pedazo de la única lengua que coseché yo misma. De alguien que disfrutaba infligiendo dolor." Los ojos incrédulos de mi abuela y sus gritos sin palabras, bañados en sangre, me perseguirán, en la vigilia y durante el sueño, hasta el final de mis días. No puedo evitar que ese recuerdo se manifieste, grabándose en mi rostro. "Ya se ha pagado un precio por este poco de magia. Un precio que yo elegí pagar".
La comprensión brilla en los ojos de Siopi y se inclina para recibir mi ofrecimiento. "Por Orien y por mí. Gracias."
Los alaridos de mi abuela resuenan en mi cráneo, mientras Siopi prueba el pedazo de lengua, con su mano reposando sobre el cabello de Orien. No volverá a portar el color púrpura.
Tapo el frasco, amortiguando el recuerdo.
Solo los desesperados siguen el rastro hacia mi guarida. Por ellos, pago el precio con gusto.
Eventualmente, todos vendrán.
Comentario del traductor:
"La desgracia cunde multiforme en la tierra", nos recuerda Poe. Terrores privados, tan íntimos que hieren, se esconden (como tumores revestidos por capas de cartílago, músculo y piel) bajo membranas múltiples de aprensión e infortunio. Por debajo de la fatalidad del hambre y del miedo a la enfermedad, se oculta un terror privado tan cotidiano que, por fuerza del hábito, nos hemos vuelto indolentes a él: la violencia familiar. Hay familias que susbsisten sumergidas en miedo. Los más débiles, los desesperados, se ahogan en sus aguas. Algunos, conviven con sus pesadillas; otros, se acuestan con ellas; otros, las llaman "papá".
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| Rompiendo el Círculo Vicioso, por Remedios Varo. |
