Autor: Nino Cipri
Publicación Original: PseudoPod 606: The Fainting Game
Año: 2018
Traducción: José Luis Huerto Aguilar
Extendí el brazo por la ventanilla del auto y fingí que era una larga espada cortando el paisaje. Era un juego con el que siempre me entretenía en los largos viajes en auto, manteniendo mi mano plana y mis dedos rígidos. El viento empujaba la espada hacia arriba y yo cercenaba las copas de los árboles y los postes telefónicos. La empujaba hacia abajo y yo segaba, como una guadaña, los áticos de las granjas y los graneros distantes. Trataba de controlar la espada cambiando el ángulo de mi mano, para poder saltar sobre los otros autos sin cortar a sus pasajeros por la mitad. Pero, a veces, el viento me obligaba a bajar la mano y tenía que disculparme, por lo bajo, con el motociclista o el autoestopista que había decapitado.
"Cierra la ventana", se quejó Jenn. "Hace mucho viento".
La ignoré y dejé que el viento inundara mis oídos, hasta que ella me pellizcó. Le di una palmada en la mano y dije: "¡Mamá!"
"Déjense de tonterías, las dos", dijo mamá, bruscamente, desde el asiento delantero.
Papá agregó: "Hagan silencio, o las meteré a las dos en la cajuela por el resto del viaje. Maya, sube tu ventana."
El viento se llevó sus palabras. Dejé mi brazo colgar por la ventana, cortando los árboles y las colinas, hasta que papá comenzó a subir la ventana desde la consola del conductor. Retiré mi brazo de un tirón.
Los tres me ignoraron cuando crucé los brazos y me puse a llorar en el asiento trasero, y, cuando llegamos a la casa de tía Shauna, no se molestaron en esperar a ver si bajaba con ellos. Cerré todas las puertas con llave y me acosté en el asiento trasero, fingiendo que estaba muerta, fingiendo que ellos estaban muertos, fingiendo que el auto se movía solo, fingiendo que estaba sola y que todas las personas del mundo habían desaparecido.
Siempre sentí que estaba a punto de desaparecer cuando era niña, como si pudiera hundirme en la tierra y nunca resurgir. Podría desaparecer, huir, caer en un río o en el auto de un extraño, y el mundo no se detendría por mí. Lo veía suceder todo el tiempo; niñas y mujeres siendo borradas o borrándose a sí mismas. Eran advertencias, pero yo tomaba la lección equivocada de ellas.
Era fin de semana, Día del Trabajo, y hacía demasiado calor en el automóvil, con las puertas y las ventanas cerradas. O, quizás, fue que me aburrí de refunfuñar. Me bajé del auto al pie de un largo camino de tierra. Afuera, podía escuchar fragmentos de una radio tocando la estación de rock clásico, y el metálico tink tink tink de alguien que martillaba un trozo de tubería en el suelo, preparando un hoyo para herraduras. La estridente risa de mis tíos descendía desde la cima de la colina. Si subiera, los vería reunidos en el gran patio trasero de la tía Shauna, ocupados con sus cervezas y juegos de herraduras, ocupados diciéndole al tío Eddie cómo hacerse cargo de la parrilla. Mi madre y mis tías deambulaban por casi todas las habitaciones de la casa, llevando heladeras de vino en las manos y bebés aferrados a sus caderas, escabulléndose en el patio trasero para darles una chupada a los cigarrillos de sus maridos. Solo me prestarían atención el tiempo suficiente para decirme que salga, que disfrute los últimos días del verano, antes que la escuela comience de nuevo. Tal vez, nunca se darían cuenta si me fuera.
Había subido casi todo el camino, cuando escuché risitas provenientes del bosque, a mi izquierda. A Lanie y Sierra, las hijas de tía Shauna, les gustaba jugar en el bosque de su propiedad. Nuestras edades se alineaban como una escalera: ese verano, yo tenía diez años; Lanie, once; Jenn tenía doce años y medio; Sierra acababa de cumplir catorce. La risa sonaba como si fuera de Sierra y, curiosamente, de Jenn. Jenn no solía reír; no solía llorar, tampoco, ahora que lo pienso. Me desvié del camino para encontrarlas.
Sierra, mayor que Jenn, era más bonita y más cruel. Ya tenía senos y usaba blusas que mostraban las tiras de su sostén. Nuestro padre lo comentó cuando los vimos en Navidad, haciendo que el rostro de mamá se tornara fruncido y enojado. Sierra parecía creer que tener pechos, "lucir un buen par", como decía mi padre, la convertía en la primera y más grande autoridad; como si un sostén de alambres fuese una corona.
Me dirigí hacia el bosque, practicando moverme sin hacer ruido, en caso de que quisiera ser una espía cuando fuera mayor; parecía una buena opción de trabajo. Tomé el camino largo, a través de la maleza, para que no me vieran venir. El bosque amortiguaba las voces de mis tíos y la radio, aunque el sonido de las herraduras, que resonaban contra la estaca de metal, seguía siendo alto y claro, como una campana de advertencia. Una parvada de cuervos despegó de las delgadas ramas de un pino, sorprendiéndome con el ruido de sus alas y graznidos.
La risa se apagó y me escondí detrás de un árbol de haya, parándome tan derecha y tan plana como pude.
"Podemos verte, imbécil", llamó Jenn. Suspiró muy fuerte, para que pudiese oírla. "¿Te cansaste de llorar en el auto?"
Pensé en escapar, pero quise ver de qué se habían estado riendo. Salí de mi escondite y caminé hacia el claro donde ellas esperaban de pie. Había signos de que otras personas usaban el lugar: una colección de latas de cerveza y colillas de cigarrillo, madera carbonizada y cenizas, donde alguien había encendido un fuego. Entre los detritos, vi tres colillas de cigarrillo nuevas. Podía oler el humo; no el olor grasiento de carbón y líquido de encendedor, sino el tabaco: cigarrillos de mentol, como los de tía Shauna.
Hubiese sido una buena espía, pensé entonces. Aún lo pienso ahora, pero parece que todo lo que hacen los espías es hackear las computadoras de los demás. No es tan divertido.
"¿Que hacen, chicas?", pregunté.
"Hablando de cuánto apestas", dijo Jenn con amargura. "Vuelve al auto, por el amor de Dios".
"No seas tan mala", dijo Sierra. "Es tu hermana pequeña. Deberías ser amable con ella."
Era extraño que lo dijera, pues había visto a Sierra hacer llorar a su propia hermana menor muchas veces. Lanie estaba sentada apoyando la espalda contra la cerca, y miraba fijamente sus manos manchadas de tierra. Era dolorosamente tímida, incluso en familia. A veces, parecía que intentaba ser invisible en una habitación llena de gente. Yo entendía eso, y pensé que deberíamos haber sido amigas, pero nunca lo fuimos.
"¿Estaban fumando aquí?", pregunté. "Huele."
Jenn abrió la boca; probablemente, para decirme qué haría si la delataba, pero Sierra la interrumpió. "Estábamos jugando".
"¿Que tipo de juego?", pregunté.
"Te mostraremos", dijo Sierra. "Lanie, levántate".
Lanie sacudió la cabeza. "No me gusta. Todavía me siento mareada".
"No seas tan bebé".
"Házmelo a mí", dijo Jenn. "Quiero ir otra vez".
Jenn se levantó, sacudió la hojarasca de su trasero y caminó hacia uno de los delgados árboles de haya, al borde del claro. Se inclinó y comenzó a respirar con fuerza y profundidad, como si acabara de correr una milla. El sonido de su respiración era lo más ruidoso en el bosque. Me sentí hipnotizada por él, como si mi corazón latiera al mismo ritmo que sus jadeos. Entonces, repentinamente, Jenn se irguió y Sierra la cogió por el cuello, empujándola hacia el árbol. La cara de Jenn se enrojeció, sus mejillas se hincharon. Poco a poco, su cuerpo se volvió flácido, cayendo en los brazos de Sierra y deslizándose sobre el suelo. Está muerta, recuerdo haber pensado, la matamos. Justo cuando estaba a punto de comenzar a llorar, Jenn dejó escapar una serie de risitas, rodando sobre su espalda.
Nunca la había visto tan feliz; sin una pizca de preocupación en el rostro, sin enojo ni resentimiento, sin incertidumbre. Su blusa se levantaba, dejando al descubierto su vientre pálido y suave. Era una criatura distinta de la que había viajado conmigo en el auto, quejándose del viento y de la música de nuestro padre y del hecho de que teníamos que ir a la casa de tía Shauna.
"Se llama el juego de los desmayos", dijo Sierra. "Eso es todo. Te agachas y respiras muy fuerte; luego te levantas, aguantas la respiración y alguien te presiona el cuello. Se siente realmente genial. Extraño y genial."
Las risitas de Jenn se fueron calmando. Se bajó la blusa sobre las caderas; luego, se dio la vuelta y se sentó. Sin embargo, aún lucía tranquila, no tan molesta como antes.
"Quiero intentarlo", dije.
"Eres demasiado joven", dijo Jenn, sacándose unas hojas del cabello.
"¡Dejaste que Lanie lo hiciera!"
"Casi vomitó", dijo Sierra, señalando a su hermana. Lanie se veía pálida y mareada, pero yo era más fuerte que ella.
"Si no me dejas jugar", le dije, "le diré a mamá que estabas fumando. Le diré a tía Shauna que sacaste cigarrillos a escondidas de su cartera".
Jenn suspiró, disgustada. "Está bien. Ven acá."
"Yo..." De pronto, tuve miedo. "Quiero que Sierra me lo haga".
Jenn me echó un vistazo, sorprendida y herida. Bajé la mirada. Sierra era maliciosa, pero no me odiaba, como mi hermana solía admitir. Tenía miedo de que Jenn no me quitara las manos de la garganta, un miedo tan repentino y tan claro que ya se había enredado alrededor de mi vía aérea.
"Como sea", dijo Jenn. Fue y se sentó junto a Lanie, sacando un cigarrillo arrugado del bolsillo de sus shorts. Me fulminó con la mirada mientras lo encendía, retándome a decir algo.
Me paré contra el árbol y Sierra se detuvo a mi lado.
"Inclínate e inhala y exhala muy rápido", indicó.
"Lo sé", dije. Apoyé mis manos sobre mis rodillas, sintiéndome cohibida y nerviosa. "¿Por cuánto tiempo lo hago?"
Sierra se encogió de hombros y dijo: "¿Treinta segundos? Eso debe bastar".
Cerré los ojos y comencé a contar hasta treinta. Intenté hacer cinco respiraciones por segundo. Luego, seis. Llegué hasta ocho respiraciones por segundo, antes de darme cuenta de que, en verdad, había contado hasta cuarenta y tres y ya me sentía mareada. Me volví a levantar y perdí el equilibrio cuando Sierra me rodeó el cuello con las manos, empujándome contra el árbol. Olvidé que era un juego y clavé mis uñas en sus muñecas, tratando de alejarla. Pero Sierra era más grande que yo, más fuerte y más alta, y la presión sobre mi garganta no disminuía. Presionó hasta que la roja nube de estática se deslizó en mi campo visual; presionó hasta que resbalé por el borde de un acantilado invisible y caí verticalmente, viendo cómo la escena del bosque retrocedía, alejándose.
* * *
Siento que no debería recordarlo tan bien como lo hago. Pero todo mi cuerpo guarda el recuerdo: colgar como un cadáver que se estremece al extremo de una soga, sin saber cuánto espacio había bajo mis pies o sobre mi cabeza. Sin terminar de caer y sin llegar a aterrizar. Lo único que me mantenía conectada con el mundo eran las manos de Sierra que oprimían mi cuello, siguiéndome rumbo abajo, estirándose como masilla.
Permanecí en el lugar de la estática durante mucho tiempo. Grité, pero mi voz no iba a ninguna parte. Pensé que alguien vendría a buscarme, pero nadie lo hizo. Como en el auto.
Finalmente, escapé yo misma, trepando sobre los brazos de Sierra, el único camino que tenía. Tardé cuatro intentos en salir; cada vez que caía, parecía hundirme un poco más y tenía que trepar más alto y más desesperadamente. Ya no tenía ninguna intención de desaparecer. Hice la clase de promesas y juramentos que todo aquél que haya estado en situaciones desesperadas encontrará familiar. Supongo que una o más de ellas fueron exitosas, porque, eventualmente, pude ver una luz que parecía una ventana recortada en el espacio. Cuando la alcancé, las manos de Sierra se soltaron de mi garganta y flotaron hacia la oscuridad. Percibí presión y un pellizco suave en mi mano, que escuché tanto como sentí: como cuando tus oídos hacen pop al subir o bajar una montaña, un alivio que es tanto placer como dolor. Podía oler el humo del carbón aceitoso y la suciedad. Había escapado.
El alivio fue temporal. Abrí los ojos y una ola de dolor me embistió, quemándome y raspándome la cara. Grité y apreté mis manos contra mi mejilla, luego inspiré y volví a gritar. Cuando abrí los ojos, vi a Jenn, mirándome. Intentó apartar mis manos para verme la cara, y la pateé.
"¿Qué fue lo hiciste?", dijo Jenn.
Traté de abrir los ojos, pero uno de ellos ya estaba tan hinchado que era imposible abrirlo. Capté una fugaz imagen del rostro de Jenn, sorprendido y enojado, y un contorno tenue y borroso de Sierra. Mis ojos parecían ignorarla por completo. Volví a cerrarlos.
Cuando llegaron mamá y tía Shauna, mis manos seguían apretándome la cara. "Estás bien", dijo mamá, con calma. "Te llevaremos al médico y te curarán de inmediato, bebé". Por lo general, ella no decía mucho más que: "No puedo creer que me hayas hecho venir hasta aquí por esto". Para mamá, el desprecio era su propia fuente de consuelo; tanto como sus suaves manos, cuando colocaban los apósitos adhesivos en su lugar. "Vas a estar bien, Maya", dijo, pero su voz se escuchaba áspera por el miedo y me tocaba como si ya estuviera rota.
* * *
Mi madre contaba la historia cada vez que hablaba por teléfono con sus amigos, una y otra vez, hasta convertirla en un guión que memorizó y al que dio sentido: Después de desmayarme, tuve una convulsión, lo que asustó tanto a Sierra que me dejó caer. Me fui de bruces al suelo y me partí la mejilla contra una roca.
"Fue idea de Sierra, por supuesto. La niña se ha convertido en una pequeña...", mi madre se detenía aquí, sacudiendo la cabeza y chupando su cigarrillo, o tomando un sorbo de su ginger ale. "Si Shauna no hubiera llegado primero, la habría matado ahí mismo".
Me gustaba escuchar la historia en palabras de mi madre. Me hacían sentir segura; hacían que todo se sintiera cómodamente real.
Cuando me dieron de alta del hospital, era dueña de dos nuevas cicatrices. Una de ellas era una grieta superficial en mi mejilla derecha, infligida por la raíz de un árbol. Se desvanecería de un rojo intenso a un púrpura suave en el curso de la semana. La otra era un pequeño muñón huesudo donde había estado el meñique de mi mano derecha. Mi madre, confundida por mi reacción al respecto, me recordó que había perdido el dedo en un accidente cuando era una niña pequeña, demasiado joven para recordarlo. Cuando no le creí, envió a mi padre a casa para obtener un álbum de fotos como prueba. Miramos las fotos juntas: una niña con el cabello enredado, una sonrisa incómoda y solo cuatro dedos en su mano derecha. Pero recordé el pellizco en mi mano cuando escapé, esa especie de chasquido. Supe que fue aquél lugar de la estática el que se llevó ese trozo de carne, y no la puerta de un automóvil cuando tenía dieciocho meses.
"La amnesia retrógrada es normal en las concusiones cerebrales y en las convulsiones", dijo el Dr. Robards a mis padres. "Sin embargo, diré que el caso de Maya es bastante único. Con su permiso, me gustaría documentar su caso para un trabajo de investigación".
Me gustaban todas esas palabras médicas, lo suficiente como para repetirlas cuando estaba sola: Amnesia retrógrada. Arco cigomático. Convulsión tonicoclónica.
"¿Nos darán algún dinero por eso?", exigió mi padre, y cuando el Dr. Robards dijo que no, puso los ojos en blanco. "Llámeme cuando pueda pagarnos", dijo, y nos apresuramos a salir. La boca de mi madre estaba contraída en una delgada línea cuando volvimos a la sala de espera, y le dijo secamente a Jenn: "Levántate. Nos vamos".
Jenn dejó la revista Seventeen que había estado leyendo y nos siguió hasta la puerta. Ella siempre me acusaba de ser la malhumorada; pero, desde que jugamos al juego de los desmayos, apenas me había dirigido la palabra. No pude evitar pensar en cómo el juego la había transformado en una persona extraña, feliz y sonriente, mientras rodaba por la tierra, con sus familiares bordes suavizados y sin filo. Tal vez, tenía razón al estar enojada conmigo. Ella trató de escapar de mí por un momento y, en cambio, yo las arrastré a todas al desastre. Ahora simpatizo con ella. La simpatía es fácil cuando soy yo la que está de este lado.
* * *
Sierra tardó cerca de una semana en desvanecerse por completo. No sé cómo fue el proceso, ya que no estuve allí para verlo. (Casi nunca estoy allí para verlo). Ni siquiera supe lo que realmente había sucedido, hasta que tía Shauna llamó a nuestra casa, un par de semanas después.
"Está histérica por algo", dijo mi papá, entregándole el teléfono a mamá y volviendo al televisor.
Vi a Jenn ponerse de pie y salir en silencio de la sala de estar, por el pasillo, hacia su habitación. Esperé un minuto más y la seguí, abriendo la puerta de su habitación. Tenía el teléfono descolgado y estaba escuchando. Cuando me vio, me lanzó una mirada asesina; si hubiese podido matarme con un pensamiento, todas mis venas y arterias habrían estallado en ese momento.
"Déjame escuchar", le dije.
"No", respondió ella, con una mano sobre la boquilla.
Me asomé a la puerta, lista para llamar a mi madre. Jenn dejó escapar un ruido explosivo, enojado, y me hizo señas con impaciencia. Levantó el teléfono para que ambas pudiéramos escuchar.
"...desde hace dos noches, Mel, y ha estado actuando tan jodidamente rara". La voz de tía Shauna vacilaba y gimoteaba.
"¿Y acaso la policía no..?"
"Dijeron que correrían la voz, pero están tratando el caso como una fuga del hogar."
"¿Creen que Sierra se escapó?", mamá preguntó. Escuché un gentil escepticismo en su voz. Estaba de acuerdo con la policía.
"Piensan que solo se está portando como una maldita adolescente; yo les dije que no, que se ha vuelto diferente. Apenas la reconocerías. Dejó de hablar, dejó de comer, era como vivir con un fantasma".
El crujido del silencio. Jenn y yo nos tapamos la boca para que mamá no nos oyera respirar.
"Dios, Shauna, ¿por qué no me lo dijiste?", preguntó mi madre.
"No quería preocuparte. Después de todo lo que pasó con Maya..."
Jenn colgó el teléfono y me miró con atención. Le devolví la mirada. Después de un momento, dejó el teléfono, se levantó y bajó las escaleras. La seguí. Vimos televisión juntas, en el piso, frente a la silla de nuestro padre. Mantuve un oído en la dirección de mi madre, que se había llevado el teléfono a la cocina. Todavía recuerdo lo que dijo: "Estoy segura de que algo más le está pasando a Sierra. Volverá. Ya sabes cómo son los niños."
* * *
La escuela comenzó de nuevo. Nadie reaccionó a mi dedo perdido, ni los niños ni los maestros, aunque recibí muchos comentarios acerca de la cicatriz en mi mejilla. No tenía muchos amigos, pero aquellos con los que jugaba durante el recreo estuvieron de acuerdo en que la cicatriz me hacía lucir peligrosa, aunque no logramos ponernos de acuerdo sobre qué tipo de peligro.
En la clase de ciencias, el Sr. Cranston comenzó a enseñarnos el método científico. Observación, hipótesis, experimentación, conclusión. Me pregunté si, tal vez, podría ser una científica en lugar de una espía, cuando creciera. Tamborileé tres de mis cuatro dedos restantes sobre el escritorio.
Uno. El desmayo me arrojó al lugar de la estática.
Dos. Me llevé una parte de Sierra conmigo. La usé para salir. Literalmente, trepé sobre ella. Y dejé una parte de ella allí abajo.
Tres. Las falanges faltantes en mi dedo. El contorno tenue y borroso de Sierra cuando desperté; unos días después, ella se esfumó.
Hipótesis: el lugar de la estática había reclamado su propio pago. Quizás, también se había llevado a Sierra. Quizás, el lugar de la estática me siguió y se albergó en el cuerpo de Sierra, apropiándose de él hasta que ella, también, se convirtió en nada.
Uno, dos, tres.
Tenía que realizar un experimento.
Ese sábado, fui en bicicleta a un parque y pregunté a un par de niños si querían jugar al nuevo juego que aprendí durante las vacaciones de verano.
* * *
La gente piensa que todos los niños serán recordados por igual, pero no es cierto. Las personas extrañan a ciertos tipos de niño menos que a otros: los que causan problemas, los que se enojan, los que lloran con demasiada frecuencia, los que sienten demasiado, aquellos cuyas emociones son difíciles de manejar, desagradables o irreconocibles. Solían llamarnos changelings (suplantadores); lo leí en un libro. Frutos raros de árboles conocidos. Pude haber sido una de ellos, pero era una cosa distinta: una puerta por la que otras personas desaparecían. Se siente bien saberlo. Es bueno saber lo que eres.
Tenía unas cuantas cicatrices nuevas cuando llegó el verano. El resto de mi meñique se había ido, junto con el dedo de al lado. Mi mano derecha se veía más delgada y me dolía de un modo extraño en los lugares donde le faltaban partes. Me pregunto si las personas que llevé al lugar de la estática, que fueron desvaneciéndose en el curso de unos días o una semana, sentían un dolor como el mío.
Si tuviera que volver al lugar de la estática...
No es que vaya a hacerlo. Bueno; no es que planee hacerlo pronto. Nunca digas nunca.
Pero si lo hiciera, y me tomara el tiempo de mirar alrededor, me pregunto cuántas personas encontraría. No puedo ser la única que haya ido allá abajo, que haya dejado a alguien allí. ¿Cuántas chicas viven ahí abajo? ¿Cuántas chicas tomadas por locas que huyeron de sus casas? La tercera vez que fui, me quedé un rato, gritando, esforzándome por escuchar una voz en respuesta. Pero no había nada. Es como bajar a una de esas cavernas, tan grande y tan oscura que sientes que te puedes ahogar. No estoy segura de poder encontrar a alguien allí, incluso a las personas que yo misma llevé
* * *
En la siguiente barbacoa del Día del Trabajo, nadie habló de Sierra. Nadie dijo su nombre. La puerta de su habitación estaba cerrada con candado. Todavía estaba en las fotos de tía Shauna, pero siempre al margen, cerca del marco, ligeramente desenfocada. Lanie se quedó al lado de su madre, instalada en la cocina con las otras mujeres, pero a Jenn y a mí nos ahuyentaron fuera.
La radio sonaba igual que el año pasado, Aerosmith y Led Zeppelin, pero ninguno de mis tíos cantaba. Jugaban a las herraduras esmeradamente, bebiendo de unas latas de Budweiser que sacaban, resbaladizas, de la heladera. Saqué a hurtadillas un cigarrillo y un paquete de fósforos del morral del tío Eddie, que yacía desatendido junto a la parrilla, y caminé hacia el bosque.
El día estaba nublado este año; sin sol, sin motas de polvo flotante. El bosque estaba húmedo y olía a hojas podridas. Me senté contra uno de los árboles y encendí el cigarrillo que le había quitado a mi tío. Quizás, era el árbol contra el que Sierra me empujó cuando jugué por primera vez al juego de los desmayos. Ya no podía recordarlo; todos esos árboles lucen iguales.
"Mamá te va a matar cuando descubra que estabas fumando". La voz me sorprendió tanto que aspiré demasiado humo y comencé a ahogarme. Jenn estaba apoyada del otro lado de un gran árbol de cicuta caído. Me había seguido a escondidas; o, tal vez, ya había estado aquí, y fui yo la que irrumpió en su escondite.
"Pensé que contar chistes era algo que solo hacían los bebés", dije, levantándome, aún tosiendo.
"Sería una venganza", dijo. “Ojo por ojo, por todas las veces que me delataste. Es lo justo."
Era algo que nuestro padre decía muy a menudo; generalmente, cuando emitía con pereza algún tipo de juicio, si es que las dos estábamos peleando por alguna razón. Cuando Jenn me golpeaba, pero solo porque yo la había golpeado primero: Ojo por ojo. Lo justo es justo.
"Adelante", la desafié. "Le diré que también estabas fumando aquí".
"¿Y qué?", ella se encogió de hombros. "Mamá ya me odia por tu estúpido truco del año pasado".
"Entonces, le diré que tú me diste el cigarrillo. Y que estuviste ahí la primera vez que fumé." No era mentira, aunque fue Sierra la que consiguió el cigarrillo, y yo lo acepté con tanto entusiasmo como Jenn. Nuestra madre sabía detectar las mentiras. Pero yo siempre las mezclaba con un poco de verdad, lo suficiente para convencerla.
"Dios." Jenn gritó, tan fuerte y repentinamente que los cuervos comenzaron a regañarla desde los árboles. "Dios, desearía que nunca hubieras nacido".
Me había dicho esas palabras cien veces, mil veces, tal vez. Apenas si me dolían, ahora.
"Estás celosa porque a todos les gusto más que tú", le dije.
"Solo porque no saben cómo eres realmente", escupió Jenn. “No saben lo que yo sé. Pero están empezando a darse cuenta, pequeña perra psicópata ".
Pude sentir mis ojos comenzando a arder. Esto es lo que Jenn nunca entendió; nunca fingí llorar. No podía evitarlo. A veces, deseaba perder por completo la capacidad de llorar, como Jenn la había perdido.
"Oh, ¿estás llorando? ¿Herí tus sentimientos?", dijo Jenn, tratando de intimidarme. "¿Vas a lanzarte contra una roca, otra vez? ¿Vas llorar por mamá y decirle que todo fue mi culpa?"
"Yo no me lancé..."
"No creo en tu mierda". Se pegó a mi cara cuando lo dijo. "Sé que le hiciste algo a Sierra".
Quedé en silencio. Mis lágrimas se secaron, tan rápido como habían brotado. Tampoco tenía control sobre eso. Había aprendido, acerca de mí misma, que nunca lloraba cuando estaba asustada, realmente asustada.
"Lo hiciste", insistió ella. "Lo sé. Yo vi…"
Jenn perdió el hilo, sonando insegura. ¿Qué había visto? ¿Acaso sabía de los otros niños? Incluso si no lo sabía, era solo cuestión de tiempo antes de que lo descifrara.
"Oh, ¿y ahora qué?", escupió Jenn, cuando me incliné por la cintura. "¿Estás llorando? Ve a buscar a alguien a quien le importe."
En vez de contar segundos, contaba sílabas. Convulsión tonicoclónica. Arco cigomático. Amnesia retrógrada. Los recitaba como una plegaria. Cuatro respiraciones por frase. Luego, cinco.
"¿Qué estás haciendo?", preguntó Jenn. Ya no sonaba tan despectiva. Sonaba asustada. No respondí; estaba muy ocupada tratando de llegar a seis respiraciones por segundo. Luego, siete. Su voz se desvanecía, mientras el sonido del correr de mi sangre inundaba mis oídos.
Tenía los ojos cerrados, así que no vi venir el golpe. El puño de Jenn crujió con fuerza contra mi mejilla, la que me rompí aquella vez. Pero creo que se volvió más dura cuando cicatrizó. Después del impacto, después de que el calor y el entumecimiento se extendieran por mi cara, recuperé el ritmo.
Tonicoclónica. Tres respiraciones. Cigomático. Cuatro. Amnesia retrógrada. Cinco.
"¡Para! ¡Maya!" Dijo mi nombre. No podía recordar la última vez que la escuché llamarme por mi nombre. Sonaba tan asustada.
Me levanté y rodeé mi garganta con mis manos, ejerciendo más y más presión sobre el lugar donde sentía mi pulso. Justo cuando mi visión se volvía borrosa, Jenn cogió mis manos, tratando de apartarlas de mi cuello. Ella gritaba, pero ya no podía escucharla. Puse una de mis manos alrededor de su muñeca y nos arrojé a las dos por el borde del acantilado invisible, hacia el abismo de estática roja y gris. Caímos y seguimos cayendo.
No fue solo un dedo lo que perdí esta vez; cuando recuperé la conciencia, había un bulto suave y redondo de hueso y piel que terminaba en mi muñeca. Tuve la prudencia de no decir nada, salvo para pedir ver nuestros álbumes familiares. Incluso en mis primeras fotos, mi brazo derecho termina en un angosto muñón de hueso, cubierto por piel lisa e impecable. Nunca uso prótesis en las fotos; probablemente, nunca necesité una. Mi mano izquierda siempre fue la más fuerte, de todos modos, y mi brazo derecho pasaba las páginas del álbum sin dificultad, experto tras una década de práctica de la que no tengo recuerdos.
Cuando desperté en el hospital, la intensa luz fluorescente parecía brillar a través de mi hermana, aunque yo fui la única que se dio cuenta. Y en las fotos, Jenn ya se está desvaneciendo. Se ve casi traslúcida en las fotografías, con la cara borrosa, poco más que una silueta, siempre desenfocada.
Si me preguntaran si extraño a Jenn, no estoy segura de lo que diría. A veces, el vacío donde mi mano solía estar me duele, se acalambra u hormiguea. Cuando eso pasa, me preocupa que el lugar de la estática me esté buscando, haciéndome recordar su hambre y su paciencia. La mayor parte del tiempo, sin embargo, no me percato de su ausencia en absoluto.
Comentario del traductor:
Si haces que las personas recuerden su niñez o su pubertad, te dirán, quizás, que fue una etapa de aprendizaje, autodescubrimiento, exploración e inocencia; incluso, tal vez, que sus mejores recuerdos y sus mejores amistades pertenecen a esa edad. Si me preguntas a mí, además de todo lo anterior, te diré que fue la edad de las pequeñas crueldades, de la indiferencia y la matonería, de la violencia verbal, de sentirse diferente, de "querer encajar"; una etapa de resentimientos nada saludables. ¿Acaso nunca soñaste con "desaparecer" a alguien durante tu niñez? Si tan solo hubieses tenido el poder para hacerlo. Si tan solo...
La historia también puede leerse como el relato del "nacimiento" de una psicópata (o una asesina serial, si gustas "despatologizar" el término). No obstante, esta opción me parece demasiado impersonal para una historia tan íntima. Al final, solo es cosa de percepción; escoge según tu preferencia.
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| Dibujo a lápiz de Miles Johnston. |
