FASES ASCENDENTES DEL PRIMER CONTACTO

Autor: Matt Thompson
Publicación original: Vastarien: A Literary Journal, Vol. 2, Issue 3
Año: 2019
Traducción: José Luis Huerto Aguilar

ESCENA 1: REFORMULACIONES INTERMINABLES DE MATERIALES ESTÁTICOS

El Instituto está ubicado en un edificio escolar en desuso, a diez kilómetros de Jaipur. En un aula reutilizada, hay hojas de papel esparcidas por el suelo, garabateadas con ilustraciones y diagramas. La habitación huele a lejía y sudor. A través de la ventana, columnas de luz parpadean en el cielo del atardecer.

Un niño dibuja. Otros lo ven dibujar: un clínico, un coronel de la Fuerza Aérea estadounidense, agregados militares. Analizan, conjeturan, discuten. El clínico señala con un dedo la ventana de seguridad. Su entusiasmo se incrementa hasta casi la histeria, un delirio de números.

El niño se sienta entre los papeles, al otro lado del vidrio reforzado. Sus dedos manchados de tinta describen arcos parabólicos en el aire. El clínico desata un torrente incontrolado de hipótesis hacia su audiencia, ahora silenciosa:

Las geometrías euclidianas han sido usurpadas. Jayesh Bhatia dibuja solo triángulos, formas que representan los perímetros de la conciencia humana. Las figuras están dispuestas en posturas idénticas a las que se encuentran en las paredes de las cuevas de Lascaux. Podemos observar ángulos infinitos extendiéndose hacia afuera, en espiral, desde su intersticio mutuo.

El coronel de la Fuerza Aérea pregunta qué tiene que ver esto con las naves en órbita. Son el problema que debe resolver. Recibe una explicación llena de jerga científica sobre pseudoesferas hiperbólicas, en lugar de una respuesta directa. Un asistente revisa subrepticiamente su reloj, sin ser notado por el clínico, que ahora ha pasado al tema de las ondas gravitacionales y su relación con los dibujos previos del niño.

El niño levanta un lápiz azul del montón que tiene a su lado. Se lame los labios y se pone a trabajar, trazando líneas y sombras en su cuaderno. Cuando termina, arranca la hoja y dibuja otra imagen igual, solo que al revés. Coloca las dos hojas una al lado de la otra. Las ilustraciones están en completa simetría, un test de Rorschach de connotación desconocida.

En el área de visualización, el clínico habla más alto y más rápido: Las dos dimensiones del papel aumentan exponencialmente. Hemos comenzado a ver réplicas de los dibujos del niño en los movimientos de las naves. ¿Son maniobras falsas? ¿O es Jayesh el falsificador, capaz de sentir su movimiento de alguna manera?

El niño levanta la vista. El ayudante del coronel le guiña un ojo. El niño vuelve a sus bocetos y comienza a sombrear desde los bordes, avanzando inexorablemente hacia el centro. Las imágenes se recombinan, las dimensiones estáticas se expanden hasta un rango infinito dentro de las páginas de su bloc. Deja caer el lápiz azul a sus pies, olvidado, y saca un objeto amarillo de su cartuchera.

El clínico balbucea, pero el único sonido en el salón de clases es el skritch-skritch-skritch de lápiz sobre papel.

ESCENA 2: PERMUTACIONES INFINITAS DE FORMAS SIMÉTRICAS

El set de grabación se ubica en las intersecciones de luz que emana de las naves; calibraciones ocultas que, se cree, ocultan el escape de sus sistemas de propulsión. La escenógrafa, Ade Ajayi, fue atraída a Lagos con la promesa de libertad creativa ilimitada. Sus diseños para el puente de mando de la nave espacial han sido reducidos para acomodar la necesidad de iluminar a los actores. Consternada, está lista para abandonar la producción, sus débiles amenazas de acción legal ignoradas por los productores ejecutivos y el departamento de finanzas.

Los actores asumen sus posiciones. El director pide silencio en el set. Todo movimiento se detiene. Levanta una mano. "Y... ¡acción!"

Los extras se ponen en movimiento, esquivándose unos a otros para llegar a sus destinos. La actriz principal emerge de este caos para plantarse, regia, ante la cámara. Su rostro luce marcado con escarificaciones y tatuajes desteñidos para denotar su condición de esclava interestelar. De su esbelta figura cuelgan harapos, hechos de una sustancia reflectante que hace girar partículas ligeras hacia afuera, en espiral. La luz del resplandor deja ciega, momentáneamente, la cámara. El director grita, furioso: "¡Corten!"

Un representante de la oficina de producción frunce el ceño y dirige un murmullo al pequeño micrófono en el cuello de su camisa. Sus empleadores esperan un lanzamiento internacional para la película. Desde que las naves entraron en órbita terrestre, la ciencia ficción está en agonía. Aún así, el estudio cree que esta película puede articular los deseos subconscientes de la humanidad: un ansia de éxtasis o de olvido.

No han habido intentos de comunicación por parte de las naves, desde el momento de su llegada. Su silencio ha hecho eco en todo el mundo, una pausa dramática antes del inicio de algún acto final. Suman ciento veintiséis. Construidas por discos concéntricos de un metro de grosor, orbitan el planeta en trayectorias siempre cambiantes, girando a diferentes velocidades y ángulos. Rayos de luz brillan a lo largo de sus trayectorias, las cuales convergen en puntos de intersección.

Pacientes epilépticos han sufrido ataques desde su aparición. Los rayos de luz se forman y reforman en patrones simétricos, eludiendo todo análisis sistemático. Se discute una respuesta armada, pero nunca se ejecuta. El mundo espera.

El set de filmación está listo para repetir la toma. Ade Ajayi solo ha podido construir un pálido facsímil de las configuraciones verdaderas de las naves; una parodia. Aguarda en las sombras, con postura beligerante. En un trozo de papel, que lleva en su bolsillo, escribió: La etapa penumbral inicial, conocida como primer contacto, ocurre cuando la fuente de luz se ve comprometida por el objeto eclipsante, ya sea un cuerpo celeste o una manifestación psíquica. Las fases de contacto segunda, tercera y cuarta delinean el recorrido de dicho objeto hacia el punto de estasis umbral.

Más tarde, en su habitación de hotel, echará sus palabras al fuego y las verá arder. Por ahora, reflexiona. Los actores vuelven a sus posiciones iniciales. Los asistentes de producción revisan las tablets, que iluminan sus rostros como pintura cromada. Los subordinados de vestuario ajustan el atuendo de la estrella. El zumbido de actividad se reduce hasta la quietud.

El director, más famoso por sus dramas familiares en idioma yoruba, parece incierto, desenfocado. Le hace un gesto a un ayudante, que se apresura en el set y ajusta el ángulo de un reflector en la parte trasera del estudio de sonido. El ocre se mezcla con el verde azulado. Sombras carmesí motean las fachadas de los paneles de control y los pasillos.

Satisfecho, el director levanta la mano. Hay una suspensión en el tiempo, una contracción del espacio observable. Deja caer su brazo, con fuerza.

"Y... ¡acción!"

ESCENA 3: DECLIVE INEXORABLE DE SUSTANCIAS INESTABLES

Los pocos bocetos que fueron hurtados del Instituto se han desvanecido en las profundidades de Internet. Nadie cree en lo que se cuenta sobre Jayesh Bhatia. Sus dibujos, códices velados de flexión y divergencia, permanecen opacos en significado y utilidad. Su brillante fuego se apaga, para ser olvidado.

Las naves permanecen en sus órbitas meditativas, inquebrantables, reticentes. El juego de luces en sus cascos se intensifica, ondulando a través de los océanos. Los satélites meteorológicos anuncian tifones y tornados, mientras sus sensores se derriten por esta intrusión en sus diálogos programados. Estados Unidos envía un misil en curso de intercepción, mientras una de las naves atraviesa la ionósfera sobre el Norte de China. La explosión resultante envía polvos radiactivos crepitando hacia tierra, esporas mortíferas que se asientan en los suburbios de Jiuquan y Zhangye, como polen de loto. Se producen escaramuzas en la frontera con Corea. Rusia envía siniestras advertencias a ambos bandos, aumentando aún más las tensiones. El Índice de Dow Jones se desploma en una caída de la cual no tiene posibilidad de recuperarse.

La nave está ilesa.

Sus naves gemelas cambian de posición, maniobrando entre sus elipses en formaciones que se asemejan a las de una danza medieval. Seúl y Adelaida se iluminan de un color que ningún ser humano ha visto antes; un color que se ubica más allá del espectro de los verdes. Los daltónicos lo ven como el blanco más puro. El pánico se apodera de todos. Los cultos suicidas cobran cientos de vidas antes de que se restablezca la calma.

Los efectos más sutiles del cambio se hacen evidentes. Una producción cinematográfica de Nollywood se cierra temporalmente, en Lagos, cuando el director sufre un colapso mental. Un acuerdo de patrocinio para un equipo de Fórmula 1 queda sin efecto cuando el piloto estrella se inmola durante el Gran Premio de Mónaco. Sus últimos posts en redes sociales son desvaríos acerca de engranajes infinitos, rectilíneas pistas de carrera que se pliegan en la eternidad.

Las luces en el cielo parpadean; un depósito de municiones sin explotar vigilado por toda la raza humana, que aguarda con mechas encendidas en la mano y ásperos regueros de pólvora, incómodos, bajo los pies.

ESCENA 4: PROPAGACIÓN DE ONDAS ELECTROMAGNÉTICAS

Un entramado de hilos de luz cubre la totalidad del Hemisferio Sur, filigranas coronales que rozan las olas del Pacífico y Madagascar. Las naves realizan su danza una vez más, una rondelet de pasos de baile en órbita baja, repetidos una y otra vez...

En Belo Horizonte, una proyección al aire libre de la película nigeriana de ciencia ficción Eclipse se desarrolla bajo esta red policromática. La plaza está llena de niños y adultos, abarrotados hombro con hombro sobre las baldosas. Se agitan, inquietos. Los movimientos de la actriz principal lucen rígidos y poco naturales. Pálidos remolinos de color forman el telón de fondo para su búsqueda: la formación de un pacto entre facciones en guerra, en un sistema solar esclavizado. La música se convierte en atonalidad. Rayos de luz roja vuelan por la pantalla, transformándose en una caricatura del color desconocido que aún reviste la Costa Este. Se agregan otros matices de color: tonos más herméticos, conglomeraciones cromáticas que acarician las retinas de la multitud.

Los espectadores dirán, más tarde, que no recuerdan nada de la película. Partículas de aire burbujean y arden. El rango de visión de la audiencia se expande para captar los movimientos de los átomos, las transmutaciones celulares. La proyección descompone la pantalla en sus fragmentos constituyentes. La actriz principal parece trasladarse de dos dimensiones a tres; luego, a cuatro; los ángulos de su cuerpo planos e inconmensurables al mismo tiempo.

Se acerca la escena principal, el clímax. Comienza un ballet de violencia. Los dobles caen y mueren. Algo pulsátil, presente y ausente al mismo tiempo, explota a través de la plaza. Destellos y arcos de electricidad. Un hombre grita. El entramado lumínico en el cielo cambia de posición, colosales rayos de luz revolotean entre estrellas en un abrir y cerrar de ojos.

La actriz dispara su arma. En su rostro, palpitan cicatrices centelleantes, tatuajes que cobran vida y se pixelan en nuevas formas. Sus acompañantes caminan a su lado, mientras avanza a través de un amplio hangar. Sus uniformes cambian de color al unísono con las redes de luz que parpadean en la pantalla. Tramas de tonos intermedios se materializan y descomponen en rápida progresión; su estructura trasciende la capacidad analítica de respuesta del cerebro humano.

Un enjambre de insectos luminosos vuela a través de la plaza, motas de polvo que bailan en la noche pulsátil. En pantalla, el hangar se ha convertido en una zona de guerra. Se libra una batalla cuerpo a cuerpo. El antagonista perece, sus últimas palabras son un derrame de glosolalia distorsionada. Una nave espacial detona. Los créditos ruedan. El público se pone de pie y se marcha en silencio.

Ahora, las columnas de luz resplandecen de polo a polo. Las naves se disponen en alineación ecuatorial. A medida que la noche se extiende por el mundo, sus faros centelleantes parpadean con ritmo espectral, rozando tejados y carreteras, océanos y costas. El mundo sigue; las formas de vida se alinean con su nueva realidad, sus nuevas anatomías.

Está prevista una proyección al aire libre para el festival del Día de la Revolución de Mayo, en la ciudad costera de Mar del Plata, en Argentina. Los asientos se colocan en una plaza pública. El proyector digital se pone a prueba bajo la luz vigilante y cambiante del entramado, visible a pesar del brillo del sol de la tarde.

ESCENA 5: FLUCTUACIONES DE ELEMENTOS INMUTABLES

El niño se sienta en su lugar favorito, contra la pared. El Instituto está desierto. Las polillas revolotean contra las ventanas sucias. Sus antenas se sacuden nerviosamente. Sus alas esparcen hemolinfa por la superficie del cristal. Mientras tanto, las corrientes de convección barren los insectos muertos con la brisa.

Sostiene una lámpara fluorescente, sin fuerza, entre los dedos. Se enciende y apaga en concordancia con las membranas de luz que brillan en el cielo. El niño analiza las posiciones relativas de las naves en órbita desde los loci direccionales de los rayos de luz, evaluando los patrones que aparecerán en los próximos minutos.

Las paredes del aula están cubiertas con sus garabatos. Los triángulos que solía dibujar se han ido. Ahora, dibuja geometrías inquietantes, politopos preternaturales y teselaciones topográficas en forma de panal. El marco de la puerta es un hiperboloide. Las baldosas del suelo filtran girobicúpulas en zonoedros. Sus lápices y crayones hace tiempo que se gastaron. Dibuja con ácido de insectos, saliva, excremento.

El clínico y su personal abandonaron las instalaciones poco después de la visita de los militares, dejando al niño para emprender su investigación en paz. Siente la cálida presencia de las naves, sus planos formando una línea de pureza, una cruz. Sueña con vacíos. Rayos de luz se extienden desde la Tierra, el planeta una vez azul que ahora es un caos de colores irreconocibles, suspendidos en una red gravitacional.

Sus dedos, debilitados por la deshidratación, dejan que la lámpara caiga sobre las baldosas. El bulbo explota y fragmentos de vidrio se incrustan en su carne. La sangre salpica su pecho. Las sombras debajo de sus costillas se llenan de carmesí. El fluido se siente cálido sobre su piel. Lo hace sentir seguro; lo suficientemente seguro como para transcribir sus sueños una vez más, monstruosidades del id cuyos ángulos giran hacia la eternidad, en todas las direcciones y sin dirección.

Examina el aula, observando sus bocetos preliminares distraídamente, sin interés. Una polilla aletea contra ventana. Sus ojos compuestos fluctúan. El skritch-skritch-skritch de sus alas marca su lenta destrucción, reflejando el juego de luces en el aire circundante. Su muerte llega despacio, agonizante.

Cuando cae el crepúsculo, los insectos se apartan de las ventanas y vuelan hacia el cielo; cien millones de lunas los guían con seguridad a través de las corrientes de aire. El niño se enfoca en una parcela del piso cuya asimetría le desagrada. Se pregunta, brevemente, dónde estará el clínico ahora. Recuerda el guiño de un ojo, su anfitrión bañado en tonos imposibles que se astillan en partículas atómicas. Recuerda criaturas planas caminando a lo largo de una superficie bidimensional que se extiende sobre una hiperesfera.

Dirige su mirada a lo largo del espectro y elige, cuidadosamente, un tono agradable. Complacido, sumerge una uña en la sangre que mana de su pecho y comienza a dibujar.

Comentario del traductor:

Un tema recurrente en el género de la "ficción extraña" (weird fiction) es el encuentro con entidades cuya sola presencia resquebraja las leyes de lo que consideramos natural; entidades que doblegan la realidad y transmutan la conciencia. Lovecraft fue uno de los pioneros del género. Sus entidades cósmicas primigenias, como Cthulhu o Yog Sothoth, transforman las geometrías, modifican la percepción y el pensamiento, abren puertas a otras dimensiones y otros tiempos. Son portadores de la locura y el caos, encarnaciones de un horror cósmico que trasciende los límites de la experiencia humana. En nuestro relato, los dioses lovecraftianos han sido reemplazados por visitantes extraterrestres, pero el mensaje subyacente permanece: 

"Vivimos en una isla de plácida ignorancia, rodeados por los negros mares de lo infinito, y no es nuestro destino emprender largos viajes. Las ciencias, que siguen sus caminos propios, no han provocado mucho daño hasta ahora; pero algún día la unión de esos disociados conocimientos nos abrirá a la realidad, y a la endeble posición que en ella ocupamos, perspectivas tan espantosas que enloqueceremos ante la revelación, o huiremos de esa funesta luz, refugiándonos en la seguridad y la paz de una nueva edad de las tinieblas..." (H. P. Lovecraft, La Llamada de Cthulhu)

"Otro Mundo", por M. C. Escher (1947).