Autor: Joanna Parypinski
Publicación original: Vastarien: A Literary Journal, Vol. 2, Issue 3
Año: 2019
Traducción: José Luis Huerto Aguilar
¿Qué haces cuando te encuentras contigo mismo en un callejón oscuro?
Después de trabajar en el turno de tarde por un tercer fin de semana consecutivo, salí del café a trompicones. Mis pantalones apestaban a café rancio. Con una bolsa de papel llena de pasteles caducados, caminé penosamente por la calle oscura, que relucía con la humedad de la lluvia. Cinco cuadras y estaría en casa, pero eran cuadras suburbanas, alineadas por edificios de apartamentos en ruinas (no muy diferentes del que yo llamaba hogar), casas de un piso con céspedes irregulares, llenos de basura y rodeados por vallas metálicas, y escaparates ahora cerrados e inertes, a medida que se acercaba la medianoche.
Mientras caminaba, mis piernas, adoloridas por las horas que había permanecido de pie, parecían convertirse en las piernas de otra persona, desprendiéndose de mí por completo, entumecidas como dos troncos muertos. Estaba tan cansada que comencé a marearme. Siempre me ha gustado caminar a casa en una noche pensativa, con la Luna impasible lo suficientemente esquiva como para ocultar nuestros secretos, a diferencia del Sol, que quema nuestros caparazones externos y revela la cruda verdad debajo.
"Salve la Luna", pensé; los pensamientos nerviosos y precipitados que ocasiona un exceso de espresso. El gran orbe pálido colgaba en lo alto, ahogándome en luz lunar. Todos saluden a ese vasto ojo ciego que nos mira, cosas insignificantes de la tierra, viviendo nuestras vidas insignificantes. ¿Qué interés podría tener en nosotros una cosa semejante? Si la Luna era el ojo de Dios, no era de extrañar que fuera ciega y sin pupila. Si fuimos creados a la imagen de Dios, entonces algo debió salir mal durante la creación.
Los clientes habituales del café insinuaban que yo era un poco nihilista.
Trataba de que no se notara. Todo lo que los clientes realmente querían era un facsímil sonriente, sin nada real acechando detrás de la sonrisa tonta y superficial. Alguien con una opinión tan baja de la humanidad probablemente no debería trabajar en la industria de servicios, pero mi jefe Marcus parecía disfrutar genuinamente de mi compañía y, para citar mal a Flannery O'Connor, un buen gerente es difícil de encontrar.
Es solo que, cuando te dicen (como un niña impresionable) que puedes ser lo que quieras ser, y te das cuenta de que tu vida consiste en un trabajo con salario mínimo y automedicación a través de la cafeína, la vieja depresión comienza a invadir el mundo que te rodea, convirtiendo el propio aire que respiras en humo anestésico; o, tal vez, el mundo sigue siendo el mismo y eres tú quien se ha transformado.
¡Salve la Luna, melliza fría del Sol!, pensé de nuevo. ¿Qué deberíamos adorar sino a un ojo ciego y estúpido que mira sin ver? Mejor que el sol, que todo lo ve.
Marcus me dijo que no debería caminar a casa sola. Trató de insistir en llevarme mientras cerraba el local. "Nunca se sabe qué locos deambulan a esta hora de la noche, Christa".
"Me gusta caminar en la oscuridad", argumenté. "Me da paz".
Me miró dubitativo a través de sus gafas, parsimonioso, con un rostro amable y brazos sorprendentemente musculosos, probablemente, por descargar bolsas de café de veinte libras todos los lunes. "Ten cuidado", dijo, reprimiendo su inquietud. Era sólo diez años mayor que yo, pero cuando su frente (bajo una línea de cabello en retroceso), se arrugaba con preocupación, había algo casi paternal en él.
Si hubiera aceptado su oferta, supongo que no habría tomado un atajo por el callejón a una cuadra de mi edificio, y supongo que no me habría detenido en seco cuando, a un cuarto del camino, vi en el otro extremo, bañada por la tenue luz de la Luna (pues había dejado atrás las farolas y la luz que imparten a la carretera) una figura erguida allí, frente a mí.
Sin pensar en ello, creyendo que era solo alguien más tomando esta ruta (quizás, también salía del turno final de su trabajo y usaba el callejón como un atajo para volver a su propio lúgubre edificio de apartamentos); creyendo esto, seguí caminando, y también la otra persona. Nos cruzaríamos en medio del camino, imaginé, compartiendo un gesto de comprensión.
Pero... ¿Y los temores de Marcus? ¿Quién más estaría cruzando este callejón a tan altas horas de la noche? Podría ser un drogadicto con una pistola en el bolsillo, o un loco vagando por las calles, alguien que podría seguirme a casa.
Disminuí la velocidad, luego me detuve, y mi corazón se alarmó cuando la otra persona también se detuvo. ¿Quién era?
Recé por luz; las nubes flotaban sobre el rostro de la Luna, de tal manera que apenas podía distinguir algo más que la silueta, una silueta extrañamente suave, como una estatua de mármol sin cabello ni ropa. Incluso su piel, como piedra mojada, parecía reflejar opacamente el brillo grisáceo del callejón.
Cuanto más tiempo permanecía allí, mirando a través del sucio y estrecho callejón a la figura sombría del otro lado, más agudamente sentía los latidos de mi corazón. ¿Por qué la otra persona no se movía?
La tenue sombra me inquietaba. Si tan solo pudiera ver cómo lucía, no sería tan malo. Después de todo, sería simplemente otra persona luchando contra este mundo implacable.
La semana pasada me topé con un vagabundo en este callejón. Lo vi tirado en el suelo, envuelto en un saco de dormir y con un periódico abierto encima. Una espesa barba gris cubría su rostro y, cuando pasé, sus ojos se abrieron, brillando a la luz de la Luna. Hice una pausa, rebusqué en mi bolsa de golosinas viejas y le di un croissant rancio. No intercambiamos palabra. No había nada que temer.
Mi piel se erizaba, me imploraba que me moviera, así que di un paso vacilante hacia el frente... y la figura del otro extremo hizo lo mismo.
Me detuve y el Otro también se detuvo.
Fue como si hubiera caído dentro de un sueño; experimentalmente, levanté mi mano derecha y saludé.
El Otro me devolvió el saludo, lentamente, como bajo el agua, y mi corazón dio un salto, tratando de salir por mi garganta.
Cuando dejé caer mi brazo, también lo hizo la figura.
"¿Quién eres?", llamé. Mi voz resonaba en los botes de basura de hojalata y en la parte trasera de los edificios de ladrillo que bordeaban el callejón, pero no hubo respuesta.
No me quedaba más remedio que pasar corriendo.
Armándome de valor, ajustando y relajando el puño alrededor del asa de mi bolsa de papel, salí corriendo. Tan pronto como lo hice, el Otro corrió a toda velocidad hacia mí. Envuelta en terror y a punto de chocar, patiné hacia un lado y el Otro hizo lo mismo.
Lentamente, me puse de pie, me volví y encaré a la figura bajo la luz de la Luna, que caía sobre una piel desprovista de rasgos, extendiéndose sobre un cráneo sin cuencas de ojos, sin fosas nasales y sin boca. Todo liso y grisáceo, como inacabado, sin género, formado sin detalle.
La bolsa se deslizó de mi mano y los pasteles se esparcieron por el asfalto.
Había algo en mi garganta (mi corazón o la amenaza del vómito, tal vez) mientras salía del callejón, pensando que la cosa que tenía delante retrocedería en la otra dirección y se alejaría de mí; solo que el Otro no retrocedió sino avanzó, siguiéndome a distancia. Y yo caminaba en retroceso, y él me seguía, todo el camino hasta llegar a casa, donde le cerré la puerta en la cara y me refugié en mi cama, bajo la clemencia del sueño.
* * *
Estaba muy nerviosa la mañana siguiente: las estridentes bocinas de los autos me urgieron a salir de la cama, poco después de las seis; la visión de mi propio reflejo en el espejo del baño hizo que dejara caer el cepillo de dientes en el lavabo, y mi abusiva conciencia me recordó lo que había dejado fuera de mi puerta la noche anterior. Solo pude forzarme a tragar una tostada, mientras miraba al otro lado del apartamento, a la pequeña mirilla que vigilaba inocuamente el pasillo.
Entonces, no tuve más remedio que arrastrarme por la habitación y presionar mi ojo contra la mirilla, y observar los confines del deformado pasillo, con su alfombra descolorida y sus paredes sucias, sin ventanas.
Frente a mi puerta, como un centinela, estaba la silueta sin rasgos del Otro.
Eventualmente, razoné, alguien tendría que pasar por el pasillo y ver; excepto que mi apartamento estaba en el piso superior, al final del corredor, lejos de las otras unidades y de los otros inquilinos, que, por lo poco que sabía de ellos, eran una colección de ancianos ermitaños y adictos a las metanfetaminas.
¿Qué podía hacer sino llamar al trabajo y fingir que estaba enferma?
Pasé la mañana observando por la mirilla el rostro en blanco que me devolvía la mirada. Viendo cómo las tenues hendiduras de las cuencas de sus ojos se profundizaban, poco a poco, en sombras más oscuras, y ¿era solo yo, o la piel extraña y resbaladiza, como la de un recién nacido, comenzaba a tomar un tono más parecido al marrón?
* * *
Por la tarde, mis pasos se habían vuelto delirantes. Había estática en mis oídos, como el sonido de las máquinas de café espresso que zumban y rechinan, como el silbido de las varillas de vapor; esos sonidos tan comunes en los cafés me acechaban aquí en mi silencioso apartamento. Deseé la misericordia de la noche. Bendíceme, Luna, con piadosa ceguera, para que no vea lo que aguarda fuera de mi puerta. Se me escapó un pequeño grito cuando sonó mi teléfono y lo dejé caer al suelo, donde se deslizó antes de que pudiera cogerlo y responder a la voz de Marcus, quien preguntaba cómo me sentía.
Una burbuja de pánico se apoderó de mí antes de recordar que me había reportado enferma. “Bien”, dije. "Solo una infección."
"¿Qué te dije? Anoche hacía frío y estaba húmedo. La próxima vez, no camines."
"Te lo aseguro. La próxima vez, aceptaré que me traigas."
"Bien", dijo. "Porque mañana nuevamente cerraremos juntos el café, si estás mejor para entonces."
Mejor. Casi me reí.
* * *
Su piel estaba cambiando, volviéndose más humana.
Y las cuencas de sus ojos eran más profundas ahora, esperando que los orbes las llenaran.
Si no abría la puerta, me volvería loca. No podía seguir faltando al trabajo o tendría que empezar a saltarme comidas.
Abrí la puerta con cuidado y di un paso atrás. El Otro avanzó. Di otro paso y sus pies se deslizaron por el umbral, pero no se movió para atacarme. No hizo nada. Solo se quedó allí, esperando.
El miedo y la repulsión treparon por mi garganta. Era de mi estatura, delgado pero no escuálido, casi de la misma constitución que yo. ¿Cuándo se habían formado sus senos? No los había notado ayer. Algo sobre la forma de su cabeza, sus orejas, también me resultaba familiar, y no podía recordar si había sido diferente anoche, si había sido más alto o más delgado. Tal vez.
Moví el brazo y simulé cerrar la puerta. Mientras lo hacía, el Otro se inclinó hacia atrás e hizo el mismo movimiento, cerrando la puerta detrás de él con un clic.
Cuando di un paso hacia la izquierda, me siguió. Cuando me tapé la boca con las manos, maldiciendo la realidad, imitó mis movimientos. Cuando corrí al baño y vomité en el inodoro, se agachó a mi lado, jadeando secamente por su falta de boca, apretando sus dedos, justo como yo apretaba los míos, sobre el borde del asiento. Pero cuando tropecé contra la pared, sacudiendo la cabeza mientras las lágrimas corrían por mi rostro, solo pudo mirarme desde la pared opuesta y sacudir su propia cabeza, porque no tenía ojos para llorar.
* * *
Esa noche, durmió a mi lado, y cada vez que abría los ojos, su rostro sin rasgos me estremecía con un escalofrío profundo. ¿Cómo podía dormir? Solo podía entrar y salir de una somnolencia superficial, consciente, todo el tiempo, de la presencia alienígena que podría tocar si tan solo me estirara unos centímetros más.
Cuando desperté, le había crecido cabello.
* * *
Mi compañero me siguió a lo largo de mi rutina diaria, demostrando ya su destreza para reflejar mis acciones en tiempo real, casi como si pudiera predecir lo que haría a continuación. Incluso simuló cepillarse los dientes, aunque no tenía cepillo de dientes ni boca.
Más tarde, extendí mi brazo y el Otro hizo lo mismo; lado a lado, los comparamos. Ahora, nuestro tono de piel combinaba perfectamente.
Me reí. Y una vez que comencé a reír, no pude parar.
* * *
Incapaz de volver a faltar al trabajo y sabiendo, también, que no podría sencillamente aparecer con mi compañero a cuestas, salí con cuidado del apartamento y cerré la puerta antes de que el Otro pudiera seguirme. Retrocediendo, guardándome la llave en el bolsillo, me quedé allí un momento, en el lado opuesto de la realidad, preguntándome si el Otro abriría la puerta para salir. Pero la puerta permaneció cerrada. Lentamente, retrocedí por el pasillo. Me volví y comencé a bajar las escaleras, mirando detrás de mí. La puerta permaneció cerrada.
* * *
"¿Alguna vez piensas en tu voz de servicio al cliente?", preguntó Marcus, mientras yo fregaba el piso y él contaba el dinero en efectivo de la caja. Las puertas estaban cerradas y el café vacío se había transformado en un faro de luz estéril en medio de la oscuridad exterior.
"¿Mi qué?"
"Ya sabes. Todos tenemos dos voces: una es nuestra voz real y la otra es la que usamos para los clientes". Mientras lo decía, pude oír el fantasma de algo bajo sus palabras; o, tal vez, era simplemente la falta de algo que estaba allí durante el día, cuando el sol brillaba. "¿Alguna vez te has preguntado si pueden darse cuenta de que es un engaño?"
“Por supuesto”, dije. “Saben que es una farsa, pero no les importa. Es lo que esperan."
"Supongo que sí", dijo, aunque no parecía convencido. "¿Alguna vez has escuchado la voz real de Donna?"
Donna, una de las administradoras de turno, era la barista perfecta: siempre feliz de ayudar, siempre feliz de limpiar, genuina hasta el final.
"No lo creo."
Marcus se rio. “Empiezo a creer que su voz de servicio al cliente es su voz real. ¿Te imaginas?" Terminó de guardar el dinero y agregó: "No le digas que dije eso."
"Mis labios están sellados."
"No los selles demasiado fuerte. Estuviste callada hoy."
Arrojé la fregona al cubo de agua sucia. "Tengo muchas cosas en la cabeza."
Cerramos la tienda y nos dirigimos hacia una noche húmeda, donde una película de niebla enturbiaba el aire. "Bueno", dijo Marcus, mientras sacaba sus llaves. "Dijiste que podía llevarte."
Pero, una vez que estuvimos en el auto y él encendió el motor, y seguimos los faros hacia la autopista, el pánico se apoderó de mí con la intensidad de un ataque al corazón, y agarré la manija sobre la puerta mientras confesaba: "No quiero ir a casa".
"¿Qué? ¿Por qué no?"
"Yo solo..." Las palabras se ahogaron en mi garganta. “Simplemente no quiero estar allí. Llévame a otro lugar. A cualquier sitio. Un hotel, tal vez."
Podía sentir a Marcus mirándome de reojo, queriendo fisgonear pero refrenándose cortésmente. Manejamos en silencio. Cerré los ojos, absorbiendo el zumbido del coche, deseando poder saltar fuera de mi piel y dejarla detrás como una serpiente.
Finalmente, nos detuvimos. "Aquí estamos."
La pregunta ¿Dónde es aquí? estaba en mis labios cuando abrí los ojos, pero Marcus ya estaba fuera del auto. Lo seguí hasta un edificio de piedra rojiza, antiguo pero bien cuidado, donde subimos un tramo de escaleras destartaladas y entramos en el 3B.
“Siéntete como en casa”, dijo.
Me detuve en la puerta. "No era necesario que me trajeras a tu casa", me quejé, preguntándome qué pensaría él de mí.
"No es ninguna molestia. Tengo un futón cómodo. Además, siempre es bueno tener compañía. ¿Puedo ofrecerte algo de beber?"
Cuando lo preguntó, pude escucharlo volver a su voz de servicio al cliente, y algo en ello me puso triste. Caminé hasta el futón y me hundí en él. "¿Tienes whisky?"
Rebuscó en un armario. “No, pero tengo esta botella de pinot noir. ¿Eso servirá?"
"El vino del pueblo", dije. "Está bien."
Sirvió dos vasos y se sentó a mi lado, bebiendo el suyo delicadamente, mientras yo me bebía el mío de un trago. Demasiado educado para su propio bien, no hizo ningún comentario; simplemente, me sirvió más.
"Entonces, ¿cómo es que no quieres ir a casa?"
“Simplemente no quería estar allí. Sola, conmigo misma".
Él asintió. "Entiendo." Su voz era baja, reconfortante, como el suave retumbar de un trueno distante cuando pasa una tormenta. Quería preguntar, ¿es esta tu verdadera voz? Quería preguntar, ¿es este el verdadero tú? El vino fluyó a través de mí, o una cálida oleada de desesperación. Me incliné hacia adelante, nuestras miradas se encontraron, nuestros labios se encontraron.
Al final, no dormí en el futón.
* * *
Cuando desperté, me sorprendió lo profundamente que había dormido. Despertar era como salir del océano; espesa, lenta y levemente deslumbrada por la luz de la mañana. Me dejé caer, algo sorprendida de encontrarme medio desnuda en una cama blanda mientras Marcus, duchado y completamente vestido, estaba en plena actividad, ajustando el cuello de su camisa.
"Oh", dijo, sonando casi consternado. "Estás despierta."
"Buenos días para ti, también", murmuré, rodando fuera de la cama y poniéndome mi maloliente camisa de trabajo, que había sido arrojada al suelo en una ráfaga de pasión.
Marcus jugueteó nerviosamente con su cinturón, acomodando y volviendo a acomodar la hebilla.
"¿Supongo que te arrepientes de anoche?", sugerí, manteniendo deliberadamente mi voz ligera.
"No. Por supuesto que no." Sacudió la cabeza, se sentó al borde de la cama de espaldas a mí, con las manos en las rodillas. "No me malinterpretes. La pasé muy bien. Yo solo... no quiero... abusar de mi poder."
La ansiedad en mi estómago era como un puño que se cerraba con cada palabra, y tuve que soltar una carcajada para liberar la presión.
"¿Tu poder? ¿Eres un superhéroe?"
"Sabes a lo que me refiero, Christa." Suspiró. "No deberíamos entrar juntos hoy. Puedo llevarnos, pero deberías esperar unos minutos después de que yo entre, para que nadie piense..."
"Detente", espeté.
"Christa..."
Me levanté y recogí mis cosas. "¿Sabes que? Lo de anoche fue un error. Debo ir a casa. Hay alguien esperándome allí."
Tan pronto como lo dije, todo su cuerpo pareció marchitarse. "Oh."
Sonriendo vengativamente, arrojé mi bolso sobre mi hombro y salí a trompicones de su apartamento, entrecerrando los ojos en el injusto brillo del día, con la cabeza palpitándome por el vino, todavía sonriendo con rencor durante las siguientes cuadras, hasta que el vigor me abandonó y mi semblante flaqueó, y me pregunté: ¿Qué clase de cosa soy, para deleitarme tan alegremente con su dolor?
* * *
El Otro esperaba obedientemente mi llegada, de pie junto a la puerta, como una marioneta con los hilos desenredados. Cuando entré, la figura desnuda y sin ojos cobró vida, ansiosa por duplicarme e imitando con su boca (¿Cuándo le había crecido una boca?) mi propia mueca de fastidio. Cuanto más miraba esa miserable expresión facial, más profunda se hacía.
Me siguió a la cocina; me siguió hasta la gracia salvadora de mi café, que ni siquiera pude preparar porque mis manos temblaban demasiado. Acuné una taza vacía y astillada.
"Tengo miedo", admití finalmente.
"Tengo miedo", asintió el Otro.
Quería tirarle mi taza vacía a la cara. ¿Cómo te atreves a estar de acuerdo conmigo? Quería gritar. ¿Cómo te atreves a saber tan bien lo que estoy pensando?
Mis oídos se llenaron de zumbidos distantes, pero solo era mi teléfono. Marcus, seguramente. Lo mandé al buzón de voz y vagué por la cocina, pasando la mano por la pegajosa encimera, tanteando mi camino hacia el bloque de cuchillos con su colección de filos disparejos. Tomé uno, sintiendo su peso, con el zumbido de teléfonos sin respuesta y máquinas de café espresso girando en mi cabeza.
Y el Otro me seguía. Y el Otro me seguía.
Y el Otro me seguiría siempre, y algo sucedió en mi cerebro, como la ruptura del cascarón de un huevo. Ataqué, cortando tontamente como si pudiera cercenar una arteria, matar a la maldita cosa, recuperar el control de mi vida, pero me reflejó, y nuestros cuchillos chocaron impotentes. Realizábamos los mismos movimientos, sin poder asestar un golpe.
"Te odio", le susurré.
El Otro, mirándome con sus cuencas vacías, abrió su boca recién formada y respondió con mi voz: "Te odio."
Al escuchar esto, y sabiendo que era verdad, observé con fascinación cómo el Otro presionaba su cuchillo contra la delicada curva de su garganta; y al observar con frío asombro la obediencia ciega de mi compañero, fue solo a distancia que sentí la aguda y fina presión en mi propio cuello.
No sé cuánto tiempo estuvimos allí; solo que, finalmente, cuando mi brazo y mi resolución se debilitaron, nuestros cuchillos chocaron simultáneamente contra el suelo.
Con las manos vacías, extendí mi brazo hacia el Otro y, por primera vez, las yemas de nuestros dedos se encontraron. Su piel era suave y cálida. Mi piel era suave y cálida. Nuestra piel era suave y cálida.
Fue algo hermoso cuando finalmente abrió los ojos.
* * *
Christa se puso la camiseta con cuello y los pantalones manchados de café, quizás decidiendo que podría pasar otro día sin lavarlos; luego, se colocó el delantal enrollado bajo el brazo, agarró su bolso y se dirigió hacia la puerta.
Tú seguiste.
Christa te sonrió con tristeza, con algo profundo y penetrante en sus ojos conmovidos. Sin embargo, no dijo nada, y eso fue lo mejor, porque no tenías boca para hacer eco de ella.
Intentaste seguirla por el pasillo, pero ella te encerró donde estabas, de cara a la puerta y esperando por largas horas mientras tu piel se volvía gris, mientras el apartamento se oscurecía y la vacua Luna se elevaba para mirar por las ventanas, como el ojo de un dios idiota.
Algún día, pronto, ella te dejará salir a pasear por los callejones sinuosos, en busca de una nueva persona en quién convertirte.
Comentario del traductor:
"¿Qué clase de cosa soy?", se tortura Christa, aunque la respuesta forme parte de la pregunta. Una cosa: algo que solo es la suma de sus partes. Pero esta respuesta es inaceptable para todas las cosas que se ven a sí mismas como algo más que la suma de sus partes; accesorios de plató que actúan como si fueran los protagonistas de la obra. Christa es, entonces, un personaje: una cosa con una fantasía acerca de sí misma y su lugar en el mundo. Ya no es más un títere anónimo, sino un títere con nombre y libreto.
Pero Christa intuye. "Todos saluden a ese vasto ojo ciego que nos mira, cosas insignificantes de la tierra, viviendo nuestras vidas insignificantes." Y el Otro (una "cosa" por excelencia) confirma la intuición de Christa usurpando su papel protagónico, mientras ella retrocede al estado inicial de todas las cosas que se ven a sí mismas como algo más que la suma de sus partes. El estado de marionetas sin rostro en busca de historias.
Es un final feliz para Christa. Nunca estuvo a gusto consigo misma.
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| Zdzisław Beksiński |
