DETERIORO

Autor: Micah Klassen
Publicación original: Every Day Fiction
Año: 2019
Traducción: José Luis Huerto Aguilar 

La luz del sol de la tarde se filtra a través de las cortinas y forma un tapiz de tonalidades suaves y doradas. Fluye a través del pelaje rubio y esponjoso de Buddy, permitiéndole disfrutar las cálidas siestas de verano que tanto ama. Pasan los minutos. Toques de violeta y naranja se apoderan del cielo.

Mi sala está limpia, la sencilla alfombra color crema luce impecable. La mesa de vidrio, para el café, es una bonita pieza de centro, con un juego de té ordenadamente apilado entre mis lecturas favoritas. Una estantería cubre la pared del frente; cada estante está lleno de libros, cuyos lomos suben y bajan como una cadena de montañas. Mi sillón es de impoluta piel sintética, el olor a limón de la última limpieza se mezcla con las flores frescas a mi lado. Regordetas rosas carmesí se asientan sobre un lecho de hojas en espiral, con gruesos tallos verdes que desaparecen en el amplio jarrón.

Respiro profundo y retengo el aroma tanto tiempo como puedo.

Una foto en la que aparezco con mi hijo descansa en uno de los estantes. No he sabido nada de él por un tiempo; demasiado ocupado para su madre, supongo.

Saco el teléfono de mi bolsillo y marco su número.

Ethan.

Suena el correo de voz. Dejo el teléfono a un lado y vuelvo a sentarme.

Justo cuando mis ojos se cierran, el color florece en la esquina de mi campo visual. Es una mancha amarilla que crece en la pared. Me pongo de pie, inclinando la cabeza. Cuanto más tiempo miro, más grande se vuelve, hasta que el centro se vuelve negro y se extiende hacia afuera.

¿Volví a tomar demasiada medicina?

Rasco el papel tapiz. Se desprende y la lámina mohosa se acumula debajo de mi uña. Ahogando una arcada, lo retiro de la pared. En segundos, se forman nuevas manchas sobre toda la superficie. Se extienden hasta que el papel tapiz cae en largos jirones manchados.

Camino sobre el papel y busco a través de los agujeros podridos en el panel de yeso, tocando el marco de madera de mi casa. ¿Cómo se erosionó tan rápidamente?

Un suave gemido aparta mi atención de la pared. Buddy todavía está recostado, pero no respira.

"¿Buddy?"

Me arrodillo a su lado, acariciando tentativamente su pelaje. Está frío. Paso mi mano por su costado. El pelo rubio se cae por mechones, descubriendo una piel grisácea. Se descompone rápidamente; la brisa del ventilador desprende el resto de su piel y deja solo trozos de carne muerta colgando de huesos amarillentos.

Grito y me tambaleo hacia atrás, desesperada por alejarme de Buddy, a quien siempre amé. Caigo sobre mi mesa auxiliar, enviando el jarrón de flores al suelo. Mi mano aplasta un botón de rosa. Levanto la mano, girándola; está cubierta por trozos de pétalos marrones y escamosos. Cojo el ramo quebradizo y se cae a pedazos.

La sala de estar, que lucía impecable hace unos minutos, ahora está destruida. La luz no pasa a través de las cortinas rotas, pero puedo ver el cuero de mi sillón, seco y rasgado. Cuelgan telarañas del techo, encontrándose con una capa de polvo que se eleva. Cubre cada libro, estante y repisa, cada superficie.

Un golpe suave contra la puerta me hace estremecer.

Me pongo de pie, titubeante, con la esperanza de que alguien me salve de este infierno. Antes de llegar al pomo oxidado, golpean de nuevo, con violencia. Hago una pausa. Crecen el volumen y la intensidad de los golpes, hasta que la puerta tiembla, apenas capaz de soportarlos.

Caigo al suelo, indefensa.

Que alguien me salve.

Doblo las rodillas contra el pecho y entierro mi cabeza en medio. Permanezco allí, tumbada, mucho después de que cesan los golpes.

Una mano agarra mi hombro. "¿Mamá?"

Doy un salto. Me duelen las articulaciones y los músculos por el movimiento repentino.

"Mamá. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?"

Levanto la cabeza para encontrarme con la mirada intranquila de un rostro familiar. Mi hijo. Pero es mucho mayor.

Sus lágrimas caen mientras susurra en mi oído. "Estaba muy preocupado. No respondías..."

Pero almorzamos juntos ayer.

Mis ojos se desvían hacia un color en mi periferia visual. No hacia la pared, sino hacia mis rosas. Todavía están esparcidas por la alfombra, pero vuelven a ser de un rojo brillante. Vivo y vibrante. Como Buddy, que las olfatea con curiosidad.

Las cortinas y mi sillón reclinable no están rotos y no hay polvo en las estanterías. Las paredes están completas de nuevo.

Mi hijo acuna mi cabeza en su regazo y acaricia mi cabello canoso.

¿Cuál era su nombre?

Comentario del traductor:

Una alegoría inquietante de la demencia. Para un relato con tintes sobrenaturales que aborda una temática similar, recomiendo "Alice's Last Adventure" de Thomas Ligotti. 

"Drained", de Miles Johnston