EL ATAÚD DE MADERA DE CEREZO

Autor: Eugenia M. Triantafyllou
Publicación original: Apex Magazine
Año: 2019

Las voces comienzan tres días antes de que alguien muera. El fabricante de ataúdes despierta cubierto de sudor. Ha vuelto a hablar en sueños, dice su esposa, en el idioma de los muertos.

La mira bajo la luz menguante de la vela. El rostro de Edna está pálido y surcado por una transparencia líquida. Círculos oscuros anidan debajo de sus ojos. La besa en la mejilla y se pone a trabajar en medio de la noche.

El ataúd debe ser de caoba, eso ya lo sabe. Morirá una persona importante, una persona rica y poderosa. Descubrirá el resto sobre la marcha.

El ataúd susurra más fuerte y más coherente a medida que pasan los días.

No, explica la dura madera, mientras él intenta anotar las medidas. No es para un adulto. Este será el ataúd de un niño. Aprieta los puños y agacha la cabeza más de lo habitual, pero sigue con su trabajo.

Durante todo este tiempo, el fabricante de ataúdes está encerrado en su sótano, solo. Una vez al día, baja su esposa para traerle pan y té. Ella acaricia su cabello mientras él se inclina sobre su carpintería. Ella se tapa la boca con un pañuelo; una mancha de sangre ensucia su blancura.

"Ve a descansar, Edna", susurra. "Estás enferma."

El cliente llega el segundo día, mientras el fabricante de ataúdes escoge los accesorios del ataúd. Tienen forma de palomas doradas que vuelan hacia el cielo, aunque heridas. Parece lo más apropiado.

Está envuelta en un chal de terciopelo rojo y huele a jabón caro. La voz del ataúd interrumpe: Es la madre.

Se sienta en la única silla que tiene en el sótano. Él le ofrece té, pero ella se niega cortésmente. Cuando se baja el chal, el fabricante de ataúdes la reconoce. Es la Sra. Griggs, esposa del comerciante. Ella es frontal y sincera al respecto. Su hijo está muriendo, dice. No tardará mucho. Seguro que él ya lo sabe. Ella señala el costoso ataúd en su banco de trabajo.

El rostro del fabricante de ataúdes se tensa.

"Por favor", dice ella. "Mi niño, mi hermoso y frágil niño".

Su voz se quiebra, pero conserva un aire de orgullo que la gente de su clase tiene naturalmente, incluso cuando están suplicando.

Le ofrece oro. El doble, no, el triple de lo que pagará su marido por el ataúd. Ni siquiera tiene que hacerlo él mismo. Ella tiene gente. Tomarán el ataúd y lo convertirán en leña. Entonces, su hijo podrá quedarse con ella para siempre. No tendrá que enfrentar la oscuridad.

El fabricante de ataúdes evita la mirada de la mujer. "Va contra la ley", dice, tratando de parecer severo. Desearía que fuese así de fácil. Que la mujer se inclinara y se disculpara por el alboroto, luego abriera la puerta y se fuera. Pero ella se queda ahí, con sus ojos rojos, su bolsa de oro.

"No meteré a mi hijo bajo tierra".

El fabricante de ataúdes suspira.

No es la primera en solicitarle esto, y no será la última. Sin embargo, no sabe lo que está pidiendo. Esa es la razón por la que existen leyes al respecto. Hay que dejar descansar a los muertos.

"Sígame, señora", dice.

La mujer lo mira, perpleja, pero se levanta y lo sigue escaleras arriba.

El caminar de él es lento, agobiado. El de ella es ligero y rítmico, más parecido a un baile. Puede escuchar sus tacones golpeteando en las escaleras.

Hace un gesto hacia la puerta cerrada en la parte trasera de la casa.

"Cariño, ¿eres tú?" La voz de Edna viene de adentro.

El olor, a medida que se acercan, se torna pútrido. La mujer coloca un pañuelo perfumado contra su nariz.

Él se detiene frente a la puerta y se vuelve hacia ella.

La Sra. Griggs hace una pausa y da un paso atrás.

"Yo... yo no quiero entrar allí", dice con inquietud.

Él abre la puerta de par en par y le permite mirar adentro.

Incluso en la penumbra de las cortinas cerradas y la luz de las velas, puede ver la forma antinatural. Los ojos vacíos. El pañuelo cae al suelo y la señora Griggs se estremece. Un grito ahogado escapa de sus labios.

“Lo siento”, dice el fabricante de ataúdes, pero ella está huyendo.

Es tarde y el fabricante de ataúdes tiene que terminar su trabajo. Tiene que barnizar el cajón. Mañana, el niño morirá y, una vez que esté dentro del féretro, el ataúd dejará de hablarle. Pero la pila de madera de cerezo que mantiene enterrada en el sótano nunca lo dejará solo.

Comentario del traductor: 

"El Ataúd de Madera de Cerezo" es una inquietante advertencia contra la preservación antinatural de la vida y un recordatorio de la necesidad de "dejar partir". Más terrible que la certeza de que las personas que amamos perecerán es la posibilidad de dilatar la decadencia del cuerpo y la consciencia más allá de su límite natural, transformando la vida en un estado de morbidez perpetua y decrepitud permanente.

"El Balcón de Manet", de René Magritte