SEÑOR BOTONES

Año: 2019

"Taylor, ¿empacaste tus juguetes?"

Mamá estaba subiendo las escaleras. Taylor colocó, cuidadosamente, el último paquete de Legos en la caja rodante. Junto a él había otra caja con la etiqueta "PARA DONAR". Evitó mirar dentro de ella.

Mamá metió la mano y sacó un sucio perro de peluche, sin cola. "Decidiste dejar al Señor Botones, después de todo, ¿eh?" Acarició el pelaje moteado, que se había desteñido de un vibrante marrón-con-blanco a un gris apagado. "Quizás sea lo mejor. Lo has tenido durante mucho tiempo".

"Si..." Él alisó la cinta de embalaje sobre el cartón, tratando de quitar todas las arrugas.

"Vamos a conseguirte algunos juguetes nuevos en Connecticut", dijo, devolviendo al perro. Los ojos del Señor Botones eran tan brillantes que se veían húmedos.

"No quiero ir", dijo él, por centésima vez. ¿Qué había en Connecticut? Incluso la palabra era cortante y hostil. Con, como un fraude. Cut, como un cuchillo.

"Lo sé, bebé."

No soy un bebé. No lo dijo en voz alta, porque mamá estaba tratando de ser amable. Solo los bebés hablan con los peluches. Crecer significaba que tenía que dejar atrás al Señor Botones.

“Será divertido conocer nuevos niños, ¿verdad? Un nuevo comienzo para todos nosotros."

¿Y si los niños de Connecticut eran matones? ¿Cómo podría ayudarlo mamá? Ella siempre estaba en el trabajo. El Señor Botones sabría qué hacer. Siempre lo hacía. Había tenido la razón acerca del padre de Taylor, que ahora tenía una nueva familia. Y sobre Liam, su mejor amigo que ya no quería hablar con él.

Mamá le revolvió el cabello. "Vamos, Tay. Deja las cajas para los de la mudanza, ellos se ocuparán de todo. Sibyl ya está en el coche ".

"No te vayas", dijo el Señor Botones, con una voz que sonaba como el gemido de un cachorro.

Con el corazón acelerado, Taylor siguió a mamá por las escaleras. Su casa era estrecha, con solo dos dormitorios. Tuvieron que mudarse a una casa chica cuando el padre de Taylor se fue. Mamá prometió que la casa en Connecticut sería más grande. El Señor Botones iba a quedarse en la caja esta vez.

La camioneta estaba llena de ropa y suministros para un viaje por carretera a campo traviesa. Mamá fingía que sería divertido. Iba a tardar cinco días. Cinco días en un coche abarrotado y lleno de basura, con mamá y Sibyl. Sonaba como lo opuesto a la diversión. Y cuando el viaje terminara, estaría atrapado en Connecticut, solo. ¿Qué le pasaría al Señor Botones? Mamá decía que otro niño lo amaría, pero el Señor Botones estaba tan viejo...

Sibyl ya era lo suficientemente grande como para sentarse en el asiento delantero, y ya estaba allí, ensimismada en su teléfono.

Se subió a su asiento elevado, en la parte de atrás. ¿Tendría razón el Señor Botones acerca de los niños de Connecticut? ¿Y si todos eran como Liam? La última vez que hablaron, Liam puso los ojos en blanco y se burló. "Necesitas madurar." Todavía le dolía en el estómago, un dolor sordo que siempre estaba allí.

¿Y si los de la mudanza botaban al Señor Botones a la basura? ¿Y si el Señor Botones se enojaba con él?

"Espera", dijo, desabrochándose el cinturón de seguridad, casi presa del pánico. "Voy a traer al Señor Botones."

Mamá suspiró. "De prisa. Quiero salir a la carretera antes de que comience el tráfico."

Subió corriendo las escaleras y agarró al Señor Botones.

"Sabía que volverías por mí, chico." Su voz era áspera, cálida y agradecida. "Sabía que no me dejarías. Te amo, chico, ¿lo sabías?"

Abrazó al Señor Botones, arropando la familiar cabeza del peluche debajo de su barbilla, como lo hacía cuando tenía tres años. "No quiero mudarme. Ojalá pudiéramos quedarnos aquí."

“¿Es eso lo que quieres, chico? ¿De verdad?"

Sabía que era infantil pero no podía evitarlo. "Si. Pero no podemos."

"Seguro que podemos. Me haré cargo de ello."

La confianza en su voz consoló a Taylor. "¿Cómo?"

"Mira por la ventana, chico."

Taylor subió las persianas. La camioneta esperaba en el camino de entrada, la puerta trasera abierta como un cambio de parecer. Mamá estaba en el asiento del conductor, con la mano en la cadera, mirando su teléfono. Quizás comprobando las rutas a Phoenix, su primera parada, para visitar a la abuela.

Taylor contuvo el aliento cuando un niño saltó de la sombra del porche al camino de entrada. El niño tenía un cabello color arena que brillaba al sol y vestía la camisa a rayas naranja y amarilla que era la favorita de Taylor. El niño sostenía un Señor Botones.

Taylor miró al verdadero Señor Botones, quien le guiñó un ojo. "¿Ves?"

"Espera", dijo Taylor.

El falso Taylor subió a la camioneta. Mamá dio la vuelta al coche para cerrar la puerta. ¿Cómo podía creer que ese otro niño era él?

Golpeó la ventana. "¡Oye! ¡Ese no soy yo!"

"Pensé que esto era lo que querías", dijo el Señor Botones, sonando herido. "¿No lo es?"

Mamá hizo una pausa, con la mano en la manija de la puerta e inclinó la cabeza, escuchando. Taylor estrellaba las palmas de sus manos contra el cristal de la ventana. "¡Todavía estoy aquí!"

Mamá miró hacia arriba, protegiéndose los ojos del sol. Entonces, Sibyl dijo algo y mamá se subió a la camioneta. La puerta se cerró.

Corrió hacia las escaleras. "Cuidado, chico", dijo el Señor Botones, detrás de él. "¡Cuida por dónde caminas!"

Tropezó en el último escalón y apenas logró agarrarse de la barandilla. Su respiración era jadeante y sus ojos estaban llenos de lágrimas, por lo que no podía ver. Corrió hacia la puerta principal. Estaba cerrada con candado. La golpeó con los puños. Gritó.

Afuera, el motor arrancó y el coche salió del camino de entrada. Lo escuchó moverse calle abajo. Doblar en la esquina.

Desde arriba, la voz del Señor Botones llegaba flotando hasta él, como hojas muertas cayendo. “Oh, chico. Ahora solo somos tú y yo. Va a ser genial. Te lo prometo."

Comentario del traductor:

Abandono, sustitución, traición: temores que parecen corresponder a la malicia, hostilidad e impersonalidad cotidianas de la adultez, pero que invaden nuestras vidas desde la infancia. Como juguetes viejos en una caja de donaciones, la indispensabilidad no forma parte de nuestra condición. Los motores no se apagan, los vehículos sigue en marcha y los viajes continúan; solo que, quizás, ya no te encuentras en el auto.

"The Hands Resist Him", óleo de Bill Stoneham