LA CASA DESEMBRUJADA

Publicación original: Storytellers Unplugged (compartido por "Pseudopod" en junio de 2020)
Año: 2006

Se acurrucaron en el baño del segundo piso, una familia de tres, asustados.

Tap. Tap, tap. Tap.

Los sonidos provenían de toda la casa. Por todas partes, donde el vidrio miraba hacia el exterior, podían escuchar el delicado impacto de las pequeñas ramas, golpeando, golpeando, tratando de encontrar su camino. Por eso habían elegido el baño para esconderse. De todas las habitaciones, era la que no tenía ventanas.

Tap. Bam. Tap, tap.

Los Miller habían comprado la casa dos meses atrás, con un adelanto del veinte por ciento y el resto financiado al cinco por ciento. A su hija, de ojos muy abiertos y lúcida para sus seis años, no le había gustado mucho, pero a ella no le había gustado ninguna de las treinta casas que habían visto, y esta tenía mucho que ofrecer. Techos altos, una cocina espaciosa, un gran baño principal con una tina amplia y profunda, y todo por un precio agradablemente bajo. El patio estaba descuidado, pero los Miller supusieron que el dueño anterior, simplemente, no había tenido tiempo para mantenerlo. La Sra. Miller consultó al respecto al agente inmobiliario, quien, en lugar de responder a la pregunta, habló sobre los beneficios de la chimenea a gas en la sala de juegos.

Bam. Tapiti-bam. Crash.

"No me gusta esta casa", había dicho la niña, y tiró de la manga del agente inmobiliario. "¿Está embrujada?"

El agente reía, nervioso. "¿La casa? Absolutamente no. Puedo asegurarles que esta casa no está encantada."

El señor Miller tomó la mano de su hija. “¿Ves, cariño? No hay fantasmas aquí."

“No hay fantasmas en la casa”, repitió el agente.

La niña lo miró. "Todavía no", dijo, y se le quedó mirando hasta que él volteó los ojos hacia otro lado.

"Niños", dijo la Sra. Miller, con una sonrisa. "Qué fantasías."

Bam. Crash, cling, tap, tapiti, hash.

La mudanza había sido rápida y agradable, y la llegada de los Miller (padre, madre y obstinada hija) también se había desarrollado sin problemas. Se conectaron las instalaciones eléctricas, se organizaron los servicios y los vecinos asintieron, todo en poco tiempo.

Todo lo que quedaba era el césped, en el que el Sr. Miller se encontraba, curiosamente, desinteresado en trabajar.

Bam. Bam, crash, hash. Un tap diferente, ahora, madera sobre madera, justo afuera de la puerta del baño.

"Querido, ¿cuándo vas a cortar el césped?", la Sra. Miller le había preguntado a su esposo una mañana de domingo, nublada y sombría. "No se va a mantener solo."

"Más tarde", había respondido, y hasta lo dijo en serio.

"Más tarde" llegó. "Más tarde" se fue. Y esa noche, la niña se quejó de que había ramas golpeando su ventana.

Tap. Tap, tap. Crash, hash, crash, bam.

Pasaron los días. El golpeteo se hizo más fuerte y más frecuente. La Sra. Miller también lo escuchaba, ahora, aunque el Sr. Miller juraba que nunca lo oía, o culpaba al viento. El césped se quedó sin cortar. Caminar hasta el buzón se convirtió en toda una acrobacia. Las malas hierbas se extendían por la acera para hacer tropezar a los desprevenidos. Las ramas bajas parecían balancearse con la brisa para propinar golpes accidentales en los ojos.

Tap. Tap, cric, crac. 

Los vecinos juzgaban con desdén el estado de la propiedad. Las malas hierbas crecían, espesas y altas. La Sra. Miller dejó de saludar a los vecinos y comenzó a regañar al Sr. Miller sobre lo desagradable que se había vuelto la casa, incluso con alfombras nuevas y pintura fresca en los dormitorios de arriba. Su marido se burlaba de ella. Todo era una coincidencia, o algo estacional, o algo por el estilo. De eso estaba seguro. La niña los escuchó debatir durante la cena y negó con la cabeza.

"La casa no está encantada", dijo, pensativa. “El resto de la propiedad lo está. Por eso el césped se comporta de forma extraña. Deberíamos irnos."

"No nos vamos a ir, cariño", dijo Miller. “Sería una tontería. Es solo el césped. Lo cortaré mañana. O contrataré a alguien para que lo haga y todo saldrá bien. Ya verás."

"Haz eso, querido", dijo la Sra. Miller. "Sería muy bueno."

Eso había sido ayer.

Tap. Hash, hash. Scratch, scratch, scratch justo afuera, en el pasillo.

Luego, silencio.

"¿Qué tan fuerte es la cerradura, cariño?", preguntó la Sra. Miller, con los brazos alrededor de su hija, su voz ligeramente tensa.

"No creo que importe, querida", respondió, y la abrazó, mientras los primeros zarcillos verdes se deslizaban por debajo de la puerta.

Comentario del traductor:

Algo de horror cómico, un pastiche, para una noche de viernes trece (fecha en que publico esta traducción). Léanlo como leerían el guión de una vieja película de terror ochentera, de esas producciones solo-para-video, de bajo presupuesto, malos actores y pobres efectos especiales.

De cualquier modo, el tema de "la casa embrujada", por muy cliché que pueda llegar a ser, siempre será explotado por la industria del entretenimiento de horror: "Alien" (una casa embrujada en el espacio exterior), "From Beyond" (una casa embrujada al estilo gore-lovecraftiano), "Poltergeist" (el arquetipo de la casa embrujada cinematográfica), etc. La casa embrujada trastoca nuestro entorno más cotidiano, la seguridad y comodidad del hogar, en un ente desconocido, impregnándola de una atmósfera hostil y peligrosa. La sensación de estar atrapados, sin salida, rodeados por cosas extrañas que invaden nuestro ámbito privado, nunca deja de ser inquietante... aunque no se trate de monstruos o fantasmas, sino de un césped fuera de control.

"Casa junto a la vía del tren", de Edward Hopper