COMIÉNDOLO TAMBIÉN

Año: 2009

Su madre le había enseñado que cada comida, cada plato hecho con sus propios dedos, era un regalo. Debes cocinar con tu ser querido en mente, Sophie, decía su madre, y esfuérzate por alcanzar el mejor resultado.

Así lo hacía Sophie. Cada comida era un festín, un regalo de amor.

Harold se las comía todas con gusto, felicitándola y sin perderse nunca una comida.

Dos pasteles y un montón de galletas reposaban en la mesa. Un frenesí del horneado, diría Harold al llegar a casa. Eres la mejor cocinera del país. Lástima que nunca lo compartas con nadie.

Ella sonreía, como siempre, y decía: lo comparto contigo.

Todos sus ingredientes estaban en el mostrador, al lado del plato de soufflé, ligeramente espolvoreados con azúcar. Batió las tres claras de huevo con su cucharada de azúcar hasta formar picos rígidos. El chocolate semidulce con cuatro cucharadas de azúcar estaba derretido, y enfriándose, en un recipiente de acero inoxidable. Solo tenía que batir las yemas de huevo. Unos cuantos ingredientes más, un poco de tiempo.

Detrás de ella, el juicio del Presidente se escuchaba de fondo; los comentaristas de CNN evaluaban esto, evaluaban aquello. La noche anterior, un periodista dijo que las cosas habían sido difíciles para la Primera Familia en agosto, después de que Hillary se enterara de que Bill había mentido.

Sophie recordó las vacaciones del día siguiente: el 18 de agosto, su aniversario de boda, un día antes del cumpleaños del Presidente. Cómo la primera dama había usado a su hija para mantener la distancia de su esposo, cuán claro era que Hillary estaba muy, muy enojada.

Deshonrada, no solo en privado, sino también en público.

Como cuando Harold puso su brazo alrededor de Anna Armbruster y la besó en la mejilla. El día que le dijo a su mejor amigo, pensando que Sophie no lo escucharía, que ya casi había depositado toda la herencia de Sophie en cuentas privadas. Divorciarse de un abogado, dijo él una vez, era una de las tareas más difíciles. 

Casi tan difícil, pensó, como divorciarse de un Presidente de los Estados Unidos.

Trece años se había acostado con Anna, comenzando el mes después de que él y Sophie se casaran. Ella pensó que el matrimonio había sido por amor; él se había casado con ella por dinero. Todos esos años, todas esas comidas, por dinero.

El 17 de enero, el día en que estalló el escándalo presidencial, había pagado con efectivo un limpiador banco en polvo en un supermercado fuera de la ciudad. La advertencia en la caja era clara: venenoso si se ingiere.

El 20 de agosto, compró dos cajas de azúcar en polvo para la despensa. El 15 de septiembre, las abrió y arrojó el azúcar a su triturador de basura. Entonces, mezcló el azúcar con el limpiador en polvo. Volvió a cerrar las cajas, usando un pegamento que compró en efectivo y que luego desechó junto con el tubo del limpiador. Volvió a colocar las cajas de azúcar en la despensa y se propuso no cocinar dulces para los invitados.

Había usado una caja diferente para su horneado de Navidad. Usaría el "azúcar" de las nuevas cajas para rociar el soufflé cuando estuviera listo.

Revolvió las yemas de huevo; luego, mezcló un tercio de las claras en el chocolate. Cuidadosamente, añadió el resto de las claras en la mezcla y vertió todo en el plato de soufflé.

Luego, volvió a comprobarlo todo. Temporizador establecido en 25 minutos, la caja abierta de azúcar glas al lado de la estufa.

Enjuagó su batidora. Luego, examinó los pasteles. Un pastel blanco y un pastel marmoleado. A Harold le gustaba el soufflé de chocolate. Su frenesí del horneado les alcanzaría para toda la semana, o eso le diría ella.

Los pasteles necesitaban glaseado. Él amaba el glaseado de mantequilla, más de lo que la amaba a ella. Volvería a casa por la noche, solo para cenar, y luego regresaría a la oficina. Ella siempre había pensado que era una señal de su devoción, y lo había sido. Devoción por su cocina. Todo el tiempo, viviendo una mentira.

Ella lo habría perdonado si él la hubiera amado. Ella lo habría perdonado, incluso si él la hubiera humillado durante las próximas décadas, incluso si su humillación quedase registrada en la  Historia, incluso si fuera motivo de un proceso de destitución política. Ella lo habría perdonado.

Pero el reporte del detective hacía imposible el perdón.

Maldito Oregón. Si hubiera sido un estado de propiedad comunitaria, Sophie no tendría que hacer esto. Pero si hubiera sido un estado de propiedad comunitaria, ella no hubiese tenido excusa.

Vertió el polvo y el azúcar, junto con la leche, la mantequilla derretida y la vainilla. La crema era pegajosa, por lo que agregó más leche, haciendo un glaseado. Tendría que disculparse con Harold por el glaseado, diciendo que no sabía por qué no había funcionado esta vez. A él no le importaría. Comería pieza tras pieza y, si no le gustaba, se comería el soufflé, que ella compartiría con él.

Después de veinticinco minutos, el soufflé ya estaba inflado. Ella lo espolvoreó con azúcar glas y sonrió al escuchar que la puerta del auto de Harold se cerraba de golpe. Justo a tiempo.

La cena ya estaba en la mesa, los postres listos. Ella también comería un poco, solo la cantidad de soufflé suficiente para enfermarse; quizá, dañar su garganta. Un pequeño precio que pagar, realmente, cuando las ganancias netas eran tan altas. Otra herencia; esta vez, de su esposo. Una devolución de su propio dinero. Y, tal vez, si el caso llegase a las noticias, una demanda contra la tienda o el fabricante del azúcar en polvo.

Apagó la televisión. Basta de problemas ajenos.

La puerta se abrió y entró Harold, luciendo pulcro y elegante. "¿Está lista la cena?" preguntó. "Tengo que volver a las siete". Luego olisqueó y sonrió. "Estabas en un frenesí del horneado".

"Lo estuve." Ella le sonrió. "Y pensé en ti todo el tiempo". 

Comentario del traductor:

"Cada comida era un festín, un regalo de amor". Desde siempre, el acto de cocinar para la familia, la pareja, los hijos o los amigos ha sido una demostración de afecto; el hecho de compartir una comida, una oportunidad para reforzar los vínculos que unen a las personas que se aman. Y ese es, justamente, el tema de este relato: el amor. No es una historia sobre la venganza o la retribución, como podría parecer a simple vista. El relato del envenenamiento de Harold es el relato de un acto de amor. El festín es para Harold, por supuesto, pero el regalo es para Sophie. Los platos servidos son para Harold, pero la comida, en su sentido más profundo (una demostración de afecto, el refuerzo de un vínculo personal, un obsequio) es para Sophie. Después de trece años de humillación y engaño, una mujer prepara un "regalo de amor" para sí misma. Una historia bien sazonada para los amantes de la gastronomía.

"Salomé" de Jean Benner (1899)