CADA NINGUNLUGAR

Autor: Matthew B. Hare (contribuyente de la Revista Vastarien)
Publicación original: Vastarien: A Literary Journal, Vol. 2, Issue 3
Año: 2019
Traducción: José Luis Huerto Aguilar

Las ciudades se repliegan sobre sí mismas en su vejez. Su carne de hormigón se arruga y se retuerce en nuevos caminos, grietas, parches de roca desierta, vestigiales escaparates vacíos con letreros descoloridos de "LIQUIDACIÓN" instalados en la ventana. Sobre todo, los pueblos moribundos desarrollan lugares vacíos. Crecen incontrolablemente, como lesiones en un hombre que agoniza. ¿Estaba este estacionamiento vacío aquí ayer? ¿Este esqueleto ceniciento de una tienda de souvenirs? Deben haber estado. ¿Estás seguro?

Incluso para estos crecimientos, el pálido pavimento elevado en Pomegran Street y Euclid Court era extremo. Sobresalía del suelo como una meseta desértica, una larga cadena oxidada que rodeaba su perímetro, previniendo ¿qué? ¿Para quién estaba hecha? Una escalera empinada hasta el elevado pavimento del estacionamiento evocaba más preguntas. Entrecerrando los ojos, uno podía distinguir las líneas de color amarillo pálido de un estacionamiento regular, pero ninguna rampa conducía desde las calles a esos espacios, y no podía distinguir el rastro de ninguna construcción.

El estacionamiento era extraño, pero no lo suficientemente extraño como para captar el interés de la mayoría de mis vecinos. Fue, quizás, porque compartía esa leve rareza con el estacionamiento que éste se convirtió en una característica habitual en mis sueños. En ellos, subía las escaleras y caminaba a lo largo de las líneas de color amarillo pálido del concreto, sin plan o patrón; todo, mientras una sensación de pánico corría a través del concreto y en mi dirección, subiendo lentamente por mis pies, a través de mis rodillas, mis muslos y dentro de mi pecho. Entonces, despertaba y me preguntaba por qué (como me pregunto aún ahora, después de todo lo que he visto), por qué un trozo de pavimento tan inútil me robaba tantas noches.

En medio de esta serie de sueños extraños llegó un mensaje sorprendente de un viejo compañero de clase. El compañero de clase, Tyler, y yo nunca habíamos sido cercanos. De hecho, no me había gustado en toda la escuela secundaria, con su tono sarcástico que hacía imposible saber si estaba siendo amable o burlón. Admitiré haber encontrado una satisfacción perversa al hacer clic en su perfil online y ver cómo la sonrisa en su avatar se volvía cada vez más delgada a medida que su estómago se volvía cada vez más gordo.

Hasta entonces, Tyler y yo habíamos intercambiado, más que nada, los habituales Me Gusta y los saludos de cumpleaños que se envían las personas que no se toman tan en serio entre sí como para desagregarse. Sin embargo, algo había cambiado en los últimos meses. Poco a poco, Tyler dejó de publicar fotos de él y su perro (o cualquier cosa estúpida que vomitara en su computadora) y comenzó a publicar fotos de nuestra ciudad natal. No había imágenes de céspedes bien recortados o parques o grupos de jóvenes tropezando felices fuera de los bares. No, Tyler publicaba fotos de vacuidad. Lotes vacíos, concreto agrietado, bordes de arroyos estériles llenos de vidrios rotos como hileras de dientes deformes.

Primero, seguía su trabajo casualmente. Cuando me contactó, lo seguía obsesivamente. Hasta entonces, no había visto todas las arrugas, todo el abandono casual de esta antigua ciudad, pero ahora no podía dejar de verlo. Él también conocía el estacionamiento en Pomegran y Euclid; le había tomado hileras enteras de fotografías, desde todos los ángulos, por la noche y durante el día. A menudo, las compartía sin comentarios.

Cuando me envió un mensaje, una mañana, pidiéndome vernos en el estacionamiento en Euclid, no pude negarme. Dando un paso sobre la cadena de metal, cómicamente gruesa, hacia las escaleras de hormigón, caí en un recuerdo del sueño de la noche anterior y casi pierdo el equilibrio. No me sorprende. Había pasado tanto tiempo obsesionándome con el estacionamiento, en mis sueños, que verlo ante mí me afectó profundamente y me provocó vértigo.

Tyler estaba encorvado, con las piernas cruzadas, en el centro del estacionamiento, un gran bloc cuadrado de dibujo en su regazo y un teléfono en el pavimento, a su izquierda. El asfalto del estacionamiento estaba descolorido con la edad y, probablemente, era de un color más brillante que el cielo gris lana sobre nosotros. Tyler se veía peor en persona que en línea. El placer que había sentido al ver el color y la alegría desaparecer de su rostro en línea era una cosa. Verlo aquí y ahora, pálido y sombrío, era otra. Mi rencor se desvaneció, ligeramente.

Garabateó en su cuaderno de dibujo, frunció el ceño, borró. Luego, me miró y sonrió. "Allie. ¿Cuándo fue la última vez que te vi?" Me senté, con las piernas cruzadas, frente a él. Olía a productos químicos de limpieza y lubricante.

"Debe haber sido en la graduación".

"Sí", dijo. Cosas de cortesía. A ninguno de nosotros nos importaba, particularmente. "Has estado viendo mis fotografías".

"Tienes buen ojo para la ciudad", admití. "Sacas su, ah... corazón".

"¿Eso es todo? ¿Crees que de eso se trata todo esto?" Se lamió el dedo y se dio la vuelta, concentrado en su cuaderno de dibujo. Se volvió. “Quizás deberías irte. No sé si entiendes lo que estoy tratando de hacer".

"No lo haré", dije, más fuerte de lo que pretendía. Miré a mi alrededor para ver si alguien podía escucharnos; aunque, de todos modos, no podríamos verlos desde aquí. Idiota de mi parte. "¿Tienes algo que decir, algo que quieres hacer? Dime. Hazlo. Necesito saber. Mira, no puedo sacar este estacionamiento de mi cabeza y no creo tú que puedas, tampoco. Todas esas fotos que has publicado. Estás buscando a alguien que entienda. Entiendo. Puedo sentirlo. Está en mi cabeza, también". Ahora ayúdame, estuve a punto de decir.

"Está bien", dijo Tyler, lentamente. Su sonrisa se hizo menos fina. “Tal vez entiendes lo suficientemente bien. Allie, ¿sabes a qué le he estado tomando fotos?"

"Lugares vacíos".

"Cerca", dijo Tyler. Le dio la vuelta a su cuaderno de dibujo y señaló un tosco símbolo circular, hecho con marcador negro indeleble, en papel cuadriculado. Me recordó, vagamente, al laberinto de Minos, con pasillos que se arquean como un katakana japonés. “Esto está en ningún lugar. Son todos ningunlugares, cada foto que he tomado. ¿Dónde crees que estamos, realmente? ¿En la esquina de Pomegran y Euclid? No. Este estacionamiento y todos los lugares que he fotografiado son tan diferentes, entre sí, como un valor cero y un valor nulo. Ningunlugares, todos."

"¿Y las otras fotos?", pregunté. Mi voz sonaba falsa, como si leyera desde un teleprompter. Mi mente trazaba los corredores del laberinto en el papel de Tyler, dando vueltas y vueltas sin parar... "¿Son como este estacionamiento?"

"Si. Esas fotos no cubren ni la mitad de los ningunlugares de esta ciudad, sinceramente. Se esconden en todas partes: lotes baldíos, cadáveres de tiendas, parches negros en el bosque. Sospecho que hay algunos creciendo dentro de las personas, también, pero eso será más difícil de probar". Tyler trazaba en su bloc, mientras hablaba, eludiendo mi mirada. La niebla se despejó un poco.

"Al principio, pensé que estabas haciendo algún tipo de declaración artística", dije, y me puse de pie. "Estaba equivocado. Puedes volcar tu filosofía lunática sobre otra persona. No me interesa."

"Entonces, ¿por qué viniste?"

“Pensé que tenías algo valioso que decir. Tus fotos lo hicieron. Debería haberlas estado mirado en lugar de perder el tiempo aquí". Había una vibración familiar en el concreto elevado bajo de mis pies, ahora. Familiar. Mi sueño. ¿Qué pasaría cuando llegara a mi pecho? Me aparté de Tyler y caminé rápidamente hacia las escaleras.

"Allie. ¡Aún no!", gritó. "¡No querrás perderte esto!"

Me detuve, volviéndome hacia él por un momento. "¿Perderme de qué?", pregunté, y el mundo estalló. El concreto del estacionamiento se volcaba sobre sus costados, sobre mi cabeza, sobre Tyler, sobre toda la ciudad. Se replegó sobre mí, inundó mi garganta y mis ojos hasta que nos volvimos indistinguibles. Tyler flotaba, inmóvil, suspendido en lo gris. Grietas atravesaban su carne de hormigón. Ya no había color, ya no había un verdadero entorno; solo nosotros y (parpadeando lentamente para surgir a nuestro alrededor) puntos de un gris más brillante, casi plateado. Mis huesos cantaban con el retumbar de una piedra de vastedad incalculable que se molía contra sí misma, un grito daba vueltas y vueltas, inútilmente, en mi pecho. El concreto también era yo, ahora. A lo lejos, escuché o imaginé el oneroso gruñido de lobos.

Los ojos de Tyler brillaban como esos pálidos puntos de luz, mientras fijaba la mirada en lo gris, observaba el símbolo en su cuaderno de dibujo y, aún suspendido en la sopa de concreto, recalcaba:

"¿Nada valioso que decir?" El vacío alrededor de Tyler hablaba con su voz, y era aguda y penetrante como la de un niño.

Estábamos sentados en el estacionamiento. Seguíamos sentados en el estacionamiento. O no, no ese estacionamiento, sino otro: un páramo de asfalto agrietado, capas y capas de asfalto en pilas descartadas, que se derramaban sobre la hierba de un patio de recreo en desuso. A pocos metros de distancia, reconocí una de las escuelas de la peor parte de la ciudad, cerrada hace mucho tiempo, e intenté recordar su nombre.

"Valioso", repitió Tyler. "¿Suficientemente valioso para ti?"

"¿Cómo nos movimos?"

Se puso de pie de un salto (¿Cómo es que llegué a pensar que estaba fuera de forma?) y escupió en suelo, a mi lado. “¿Estás prestando atención? No nos movimos. Es el mismo lugar. Todo es el mismo lugar. Solo un punto diferente, tan gris, tan ningunlugar como el resto. ¿No miraste las fotos?" Dio un paso hacia mí, abrió su cuaderno de dibujo, señaló el símbolo con un dedo largo y pálido. "Esto es un mapa. Estás aquí. ¿No es suficiente para ti?"

El asfalto burbujeaba debajo de nosotros; podía sentirlo hervir, subiendo por mis pies, mi pecho y sobre mí, hasta que fuimos suspendidos, nuevamente. La vacuidad palpitaba dentro de mí. Podía sentir sus dedos alrededor de mi pecho, como siempre pude en esos sueños. De nuevo, Tyler fijó la mirada en cada ningunlugar y seleccionó uno.

Seguíamos sentados en el estacionamiento. O no, era una acera esta vez, pero ahora reconocía tanto del palpitar debajo de ella que, para mí, significaba lo mismo. El cielo se cernía sobre nosotros completamente vacío, sin estrellas ni luna, sin sol ni nubes. Sin embargo, había luz. Fuego. Proyectaba sombras vacilantes sobre nosotros, mientras nos sentábamos, quietos y con las piernas cruzadas, viendo las llamas elevarse por encima de los paneles publicitarios, hasta el tope de los rascacielos. Mil millares de voces se unieron en una canción mecánica perfectamente sincronizada y, en algún lugar del cielo oscuro, pude escuchar el sonido de grandes alas batiéndose y niños llorando.

"Este también es un ningunlugar", dijo Tyler. "No sé si hubiera tenido el coraje de venir aquí sin ti". La luz parpadeante estiró y desdibujó su delgada sonrisa. “Entiendo ese coraje. Eres, después de todo..." Y luego se detuvo a reír "...pero ya lo sabes ¿Quizás ahora podríamos echar un vistazo? Si. Eso sería maravilloso".

Una inundación de gris iluminado por fuego, justo cuando el batir de las grandes alas estaba lo suficientemente cerca como para que pudiéramos sentir su viento. Los ningunlugares brillaban como puntos de fuego en el cuaderno de dibujo; Tyler miró su símbolo fijamente, levantó la mano... y el concreto que yo era se agitó y crujió con esfuerzo, arañó el bloc que él tenía en la mano, le rompió la muñeca y gritó. Estábamos, los dos, en ningunlugar; el espacio no tenía sentido, y sus dedos, dientes y piernas pateaban, tiraban, mordían y arañaban, mientras yo le quitaba el cuaderno de dibujo de los dedos.

Arranqué el símbolo de su libreta y lo abracé contra mi pecho. Detrás de mí (no detrás de mí, ni arriba, ni en ningún lado) las manos de Tyler se aferraron a su cuaderno de dibujo, aun mientras su boca se abría, más y más ancha, más y más oscura. Todo él se abría en el ningunlugar, más y más ancho en el mar de luces tenues...

En algún momento, me desperté en la esquina de Pomegran Street y Euclid Court con nada más que una hoja de papel empapada en la mano. La hoja pudo haber sido un boceto, alguna vez; estaba demasiado manchada con un líquido negro como para ver, y su hedor hacía que mi cabeza diera vueltas. La deslicé por la rejilla de una alcantarilla, camino a casa.

Mis sueños, sin embargo, solo se han vuelto más frecuentes y hay nuevos elementos. Más lugares vacíos, algunos, colmados del aleteo de grandes alas. Veo delgadas sonrisas iluminadas por ciudades en llamas. Los escaparates vacíos y el concreto agrietado tienen nuevas cualidades, también. Me susurran a veces, creo, y no solo en mis sueños. Más y más reconozco cada ningunlugar. Al principio, temí que dejar a Tyler suspendido en aquél vacío le hubiera dado a ese lugar una malevolencia y una consciencia como nunca antes había poseído. Esto aún puede ser cierto, pero me preocupan más las palabras finales de Tyler. “Eres, después de todo... pero ya lo sabes".

Oh, sí que lo sé, y lo supe desde el principio. Esa parcela baldía con la que soñé tantas veces era, en realidad, una hermana para mi espíritu, o mi falta de uno. Y él navega, perdido en estos mares de la vacuidad, con la negra secreción goteando de su boca, visitando el ningunlugar dentro de mí, para bosquejar y canturrear y esperar que, quizás esta vez, encuentre algo nuevo.

No lo hará. Este lugar es muy viejo, demasiado viejo.

Comentario del traductor:

Cada Ningunlugar (Every Nowhere) fue publicada, originalmente, en el tercer número del segundo volumen de Vastarien, la mejor revista literaria en el género del "horror extraño". No se encuentra allí por accidente. El relato de Matthew B. Hare aborda el tema de la desolación desde una perspectiva particular; una perspectiva que se remonta, precisamente, a los inicios del "horror extraño", con H. P. Lovecraft, y  que sigue siendo cultivada por maestros como Thomas Ligotti y nuevos talentos como Jon Padgett. En la tradición lovecraftiana, vivir consiste en maquillar la desolación intrínseca del mundo. El propio Lovecraft nos dice, en The Silver Key (1929): 

"Vio que la mayoría de ellos, en común con su desechado sacerdocio, no podía escapar del engaño de que la vida tiene un significado aparte del que los hombres sueñan en ella; no podían dejar de lado la cruda noción de la ética... aun cuando la Naturaleza en su totalidad proclamaba a gritos su inconsciencia y su inmoralidad, a la luz de sus descubrimientos científicos. Envilecidos y fanatizados con ilusiones preconcebidas de justicia, libertad y consistencia, desecharon el viejo saber y las viejas costumbres con las viejas creencias; nunca se detuvieron a pensar que ese saber y esas costumbres eran los únicos creadores de sus pensamientos y juicios actuales, las únicas guías y estándares en un universo sin sentido, sin propósitos establecidos o puntos de referencia fijos. Habiendo perdido estos ajustes artificiales, sus vidas se volvieron desprovistas de dirección e interés dramático; hasta que, por fin, se esforzaron por ahogar su hastío en el bullicio y la utilidad fingida, el ruido y la emoción, la ostentación barbárica y la sensación animal. Cuando estas cosas palidecieron... cultivaron la ironía y la amargura, y encontraron defectos en el orden social. Nunca pudieron darse cuenta de que sus toscos cimientos eran tan inestables y contradictorios como los dioses de sus ancestros, y de que la satisfacción de un instante es la ruina del próximo."

Los ningunlugares en el relato de Hare retratan el devenir natural de las cosas, una vez que "el bullicio y la utilidad fingida, el ruido y la emoción, la ostentación barbárica y la sensación animal" han terminado de desvanecerse. Pero este devenir es, también, un retorno a su naturaleza primordial: una condición desprovista del "maquillaje" de la agitación y el ajetreo vital. El estacionamiento vacío representa, bajo esta óptica, una condición recuperada, un retorno a lo esencial. La desolación de los ningunlugares refleja, en el relato, la desolación esencial en el corazón del hombre. Nuestros propósitos imaginados, nuestros valores inventados, las múltiples capas de lo que llamamos "identidad", el sinfín de distracciones que atiborran nuestras vidas; son los nombres del maquillaje que usamos para cubrir los terrenos baldíos, los "mares de la vacuidad" en nuestro interior.

Pintura de Zdzisław Beksínski.