Autor: Kurt Fawver
Publicación original: Dunhams Manor Press
Año: 2015
Traducción: José Luis Huerto Aguilar
Medlin ya podía ver el pastizal embrujado a través del denso follaje de agujas de pino que se elevaba hasta la corona del universo. El Jeep en el que viajaba se detuvo y el hombre que ocupaba el asiento del conductor, Turner, el capataz en el corredor noreste del proyecto de tala de la compañía de Medlin, señaló los bosques vírgenes que había más adelante.
"Está al final del camino. Tenemos que ir a pie desde aquí. La carretera no llega más lejos."
El Jeep se detuvo y los hombres esperaron que el valor los hallara en medio del espeso bosque de Washington. Mientras esperaban, inseguros de sus próximas acciones, la radio transmitía la tragedia desde otro lado del mundo. En la cadencia paliativa y monótona de un maestro de pompas fúnebres, un reportero leía la lista de los hechos.
Camboya.
Ayer.
Seis mil personas se desplomaron, sin remedio.
Las muertes se produjeron exactamente al mismo tiempo o, al menos, con pocos minutos de diferencia.
No hay explicación inmediata.
El reportero se remitió a voces aun más tranquilas y seguras que la suya. Un experto en necrologías prohibidas habló de virus y derrames químicos, de armas gaseosas y psicosis masivas. Un funcionario del gobierno habló de otros gobiernos, de otras ideologías políticas. Un sacerdote habló de demonios y de la ira de Dios. La elección de la paranoia dependía totalmente del oyente.
Pero ni Medlin ni Turner escucharon nada de eso. Ambos estaban demasiado distraídos, demasiado concentrados en el pastizal que tenían delante.
Medlin asintió. "Muéstrame".
Turner soltó el volante del Jeep, que había estado agarrando con fuerza, y descendió furtivamente del vehículo. Iba caminando delante, mientras Medlin le pisaba los talones.
El dúo se abría paso entre la maleza, cortando las ramas bajas que colgaban. Turner apretaba y aflojaba los puños mientras atravesaba el bosque a zancadas. El estómago se le subió a la garganta y sintió un cosquilleo de aprensión en la base del cuello. Quería (necesitaba) gritar "¡No deberíamos estar aquí!", pero no podía. Detrás de él, Medlin catalogaba mentalmente el valor de esta extensión particular de tierra, con el estómago lleno y asentado, el cuello insensible, sin necesidad de decir otra palabra que "más".
Cuando los hombres se acercaron al pastizal, el bosque enmudeció. Los cantos de los pájaros se alejaron del lugar. Los habitantes de los árboles, que parloteaban, contuvieron el aliento en sus pulmones hasta que los intrusos estuvieron lejos. Ni siquiera la pisada de los hombres sobre las agujas secas bajo sus botas producía chasquidos o crujidos.
Turner se detuvo y señaló algo ante él.
"Aquí comienza lo raro."
Medlin se acercó a él y miró. Un afloramiento de cuarzo pulido, a la altura de las rodillas, se alzaba en el límite de la arboleda. Dividía el bosque del pastizal, lo bello de lo maldito.
"Recorre toda la distancia del pastizal. Lo rodea todo como un muro."
Medlin colocó una palma sobre su suave curvatura. Aunque la temperatura ambiente no podía ser superior a los diez grados, el límite del cristal estaba caliente, como si estuviera en interminable fricción con alguna superficie invisible.
Medlin consideró su valor monetario y, luego, preguntó: "¿Es natural? ¿O alguien lo construyó?"
Turner se encogió de hombros. Su mandíbula se tensó. Luchó contra el impulso de darse la vuelta y salir corriendo.
"La geóloga que vino dijo que no estaba segura. Dijo que no era posible que fuera natural teniendo en cuenta la redondez, pero que el cuarzo crecía de la roca que había debajo, así que tampoco podía ser obra del hombre."
Medlin consideró el valor turístico y los precios actuales de las antigüedades raras. Señaló el pastizal con la cabeza.
"Entremos."
Los puños de Turner se cerraron y se abrieron. "¿Está seguro? Ya sabe lo que le pasó a mi primer equipo."
"Vamos a entrar", dijo Medlin, cada sílaba señalada. "Quiero experimentarlo por mí mismo."
Turner respiró hondo y cruzó la frontera como si tuviera otra opción. Medlin le siguió.
El aire del pastizal era distinto al del bosque. Era pesado, importante, lleno de signos y símbolos y pensamientos y, sobre todo, de un profundo anhelo de extenderse y dispersarse. Aplastaba, tanto hacia dentro como hacia fuera, como si una multitud espectral de miles de millones corriera en estampida por las venas de Turner y Medlin en busca de algún grial incomprensible.
Ninguno de los dos se sentía solo dentro de sí mismo. Ninguno de los dos se sentía seguro o satisfecho.
Medlin se agachó y pasó una mano por la hierba salvaje. Las hojas, de un verde casi tan oscuro como el ónice y afiladas como cuchillos, retrocedieron cuando se acercó.
"¿Y las otras personas que enviamos? ¿Qué te han dicho sobre esta... vegetación?"
Unas gotas de sudor rodaron por la garganta a Turner. Luchó contra otras ideas, otras palabras, otras voces que gritaban en su interior, hasta que finalmente tropezó con la suya.
"Es algo que nunca han visto antes. Ayer tomaron una muestra."
Medlin se enderezó y observó el pastizal. Ébano. Todavía. Un fragmento de espacio, caído de un cielo destrozado. En su punto más ancho, se extendía casi media milla.
"Y estás seguro..." Medlin hizo una pausa, considerando la belleza amenazante del lugar. "¿Estás seguro de que tu equipo no volverá a trabajar cerca de aquí?"
Turner negó con la cabeza. "No después... no después..."
La mente de Turner se esforzó bajo los detritos de otros mil millones de pensamientos que no eran suyos. Sintió que palabras equivocadas brotaban en la superficie de su lengua. Esto, esto era por lo que no había querido volver al pastizal. Esto era por lo que su equipo no volvería a acercarse al lugar.
"No después... no después... Ulan Bator... los datos no pueden ser recibidos por nuestros servidores... abofetéame más fuerte... teoría deconstruccionista, aplicada prácticamente... la velocidad de la luz es de ciento ochenta y seis mil doscientos ochenta y dos millas por segundo... más fuerte... jarabe de mora en tus panqueques... ¿por qué Dios me ignora? ¡Más fuerte! ¿Por qué Dios me odia? ¡Más fuerte!"
Medlin se quedó mirando, con los ojos entrecerrados. Él también sintió el martillo de conciencias extrañas golpeando su cráneo.
"¿Turner? Es esto lo que ha pasado... lo que ha pasado... a tu... mecánica de gasoli... sólo faltan dos horas para el comienzo... quiero decir..."
Medlin respiró hondo y se mordió la lengua hasta sacarse sangre. Escupió en el pastizal. Hacía tiempo que su filosofía personal era que todo se podía dominar y que todo se podía hacer pedazos.
"Quiero decir..." lo intentó de nuevo. "Es esto..."
Otros pensamientos, otras abstracciones e ideas, invadieron su mente. No alcanzaba a decir de dónde.
"... lo que pasó con..."
Veintidós onzas de filete de primera. No te fui infiel. Su muerte nos trae la paz.
"... su..."
¿Está dentro? Qué calor hace hoy. Mi pie.
"... ¿equipo?"
Todo es imposible. Todos somos imposibles. Un río demasiado profundo, demasiado ancho.
Turner asintió. No se fiaba de ser el único viajero en sus propias autopistas neuronales, así que ni siquiera intentó utilizar palabras como vehículos de comunicación, no fuera a ser que las secuestraran.
Mientras los hombres luchaban contra el pastizal, el sol se ocultaba tras los árboles más altos en la distancia. Sombras se deslizaron sobre sombras y el pastizal adoptó tonos cada vez más oscuros.
Medlin volvió a morderse la lengua mientras el torrente de ruido psíquico se hacía profundo y sin sentido. Un hilillo de sangre corrió por su nariz.
Agarró a Turner por la camisa y lo arrastró por el pastizal, de vuelta a la barrera de cristal, de vuelta al bosque.
Los hombres se desplomaron en el suelo, agitados por el cansancio.
Turner tosió, y la flema y el esputo se convirtieron en una sola palabra.
"Posesión".
Medlin cogió un palo y lo lanzó débilmente hacia el pastizal. A través del coágulo de sangre que le taponaba las vías respiratorias, murmuró: "Quémalo. Quemadlo y arrasadlo. Quiero que esta zona esté arbolada en una semana."
Turner miró hacia atrás, a la inamovible y tenebrosa extensión. Creyó ver movimiento en el pastizal, una reorganización del espacio o del tiempo o algo no del todo tangible, pero puede que no fuera más que el desplazamiento de la sombra crepuscular.
"Sí, señor", se oyó decir Turner, aunque la voz que salió de su boca bien podría haber salido de la tierra bajo sus pies.
* * *
Al día siguiente, Turner estaba junto a la pared de cristal, observando una fila de hombres y mujeres que se preparaban para la quema controlada.
Su walkie-talkie crepitó.
"Estamos listos para salir."
Turner dudó. Pensó en su bisabuela, nativa de estos bosques, cuya tribu fue expulsada de la tierra hace más de un siglo.
Cuando era un niño pequeño, ella solía obsequiarle con historias del bosque. Se entusiasmaba con las aventuras del Búho y ponderaba la posibilidad de conocer a la gente de palo que, según ella, vivía en las montañas; se imaginaba luchando codo a codo con el valiente Joven Chinook y se acobardaba ante las incomprensibles acciones del Coyote.
Pero eso eran leyendas, supersticiones primitivas, y nada más.
Por eso, cuando su bisabuela le habló de un lugar oculto en las profundidades de los árboles, un lugar de sombra eterna que conectaba este mundo con otro, supo que era una tontería creer que podía ser real. Había llamado a ese lugar "el pastizal del origen y del fin" y, a través de él, según ella, surgían todos los espíritus humanos y todos los espíritus humanos volverían.
Turner sabía que ese lugar no existía. Sabía que los mitos y las leyendas no eran más que paparruchas supersticiosas creadas por personas que necesitaban desesperadamente atrapar el universo en una jaula de respuestas endebles.
Sin embargo, dudaba, con su mano vacía apretando y soltando, apretando y soltando.
Finalmente, se llevó el transmisor a los labios y emitió una orden. La orden vaciló en su garganta, como suelen hacerlo las últimas órdenes de todos los líderes desesperados y derrotados.
"Quémenlo."
Los hombres y las mujeres entraron al pastizal. Con las antorchas apuntando hacia abajo y las cabezas nadando repentinamente bajo un diluvio de ideas que no eran suyas, empezaron a lanzar llamas.
Gritos silenciosos surgieron de los pastos, diez millones de mentes incineradas en segundos.
En las aldeas del desierto, en las playas tropicales, en los arrozales, en las tundras grises y en las antiguas ciudades cargadas de polvo, a decenas de miles de kilómetros de distancia, los cuerpos se marchitaron y cayeron a tierra como cáscaras arrugadas que vuelven al polvo después de una larga cosecha.
Y la quema no había hecho más que empezar.
Hacia adelante marchaban los lanzallamas y hacia adelante los oscuros pastos verdes se convertían en cenizas.
Aunque no había viento ni brisa que rozara su piel, Turner sentía el torrente de un vacío que se abría ante él. No atraía hacia sus fauces materia, sino significado, cualquier significado que pudiera tocar. Conexiones, construcciones mentales, razones y racionalizaciones: toda forma de definición salía disparada de algún órgano etéreo anidado bajo su corazón.
De repente, apenas recordaba por qué las llamas lamían el pastizal, apenas recordaba por qué estaba en un bosque con máquinas a sus espaldas, apenas esbozaba las ecuaciones que cuantificaban su valor como persona y calificaban su propósito como capataz.
Un hombre en el pastizal se desplomó en el suelo, muerto y vacío antes de tocar tierra.
Varias cabezas se volvieron, pero no encontraron ningún significado en la expiración, ningún hilo conductor entre su existencia y este montón de carne enfriándose.
Y las llamas continuaron. Y los gritos silenciosos de lugares lejanos, los pulmones ajenos, se acercaron.
Turner levantó el walkie-talkie, pero no supo por qué lo hizo; de hecho, ya ni siquiera reconocía el aparato como algo más que "cosa dura y suave". Sin tener idea de por qué tenía esa cosa en la mano, aparte de como un bocado comestible, se lo metió en la boca y lo mordió. Un incisivo se le partió por la mitad y rugió, tanto por la sorpresa como por el dolor. Estaba claro que aquella cosa dura y lisa no era comida.
Otro hombre en el pastizal se dejó caer. Luego, una mujer. Luego, otro hombre.
Turner (aunque, ahora, no respondería a ese nombre incluso si lo llamara su amigo más querido) lanzó la radio contra un árbol. Todos aquellos mecanismos internos invisibles que hacían de la cosa lo que era (los cables compactados, los circuitos, los productos del ingenio humano) estallaron y se dispersaron, mientras su carcasa se fracturaba en pedazos.
El equipo de lanzallamas restante comenzó a desentenderse de su tarea y a caminar hacia los bosques al borde del pastizal, en busca de no se sabe qué.
Y el fuego que habían encendido seguía buscando más sustento, ardiendo más, quemando sin dirección, lanzando un humo blanco y luminoso allí donde devoraba el pastizal.
En las naciones atiborradas de oro y finas prendas, de vino y queso, el grito silencioso desatado por el fuego llegó por fin. Los autos se estrellaban de cabeza contra las paredes de hormigón; los peatones se tambaleaban por las aceras y se desplomaban en las calles de adoquines pulidos; y, en todas partes, en todo lugar se disolvía el significado.
Turner se alejó del pastizal y echó a correr, con un miedo subyacente a todos los demás miedos engullendo su cada vez más primitivo tronco cerebral. Pasó por delante de los pinos, por delante de los vehículos aparcados a lo largo del sendero, por delante de las hectáreas de tocones que había ayudado a crear. Corrió hasta que no pudo correr más, hasta que su aliento no encontró consuelo en su cuerpo.
Por fin, afortunadamente, el sendero terminó en un destartalado remolque-oficina y se detuvo para admirar la extraña estructura que tenía ante sí.
Una correlación vestigial rondaba su mente; le obligó a acercarse al remolque y subir las tambaleantes escaleras hasta la puerta, donde se quedó desconcertado. Como ya no reconocía el pomo de la puerta por su propósito o función, se abalanzó contra ella, con los hombros encorvados y las piernas levantadas en una danza primitiva de supervivencia. Las bisagras, oxidadas y débiles, se rompieron bajo la presión y la puerta se derrumbó hacia dentro.
Turner entró a trompicones en el remolque y se paseó por él. El interior estaba lleno de papeles y material de oficina. No tenían más significado para él que una pila de enciclopedias para una hormiga. Olfateó el aire, sin saber por qué se había aventurado en este lugar.
En el extremo más alejado del remolque, ante una mesa plegable de plástico, repleta de equipos electrónicos y carpetas de archivos, estaba sentado un hombre corpulento, desplomado e inmóvil en su silla. De sus ojos, nariz y boca manaban líquidos claros.
Turner se acercó al hombre y lo tocó con el pie.
No hubo respuesta.
Volvió a dar una ligera patada y, de nuevo, sólo un meneo de grasa y músculo sin vida.
Turner se agarró a la silla del hombre y la inclinó. El cuerpo se desplomó en el suelo, su peso inerte reverberó en todas las superficies endebles al chocar con el zócalo.
Turner gruñó y se deslizó en el asiento del cadáver. Se quedó mirando lo que el hombre debió de ver por última vez: la pantalla de un ordenador portátil, en la que brillaba el escritorio vacío de un equipo de noticias local. La hora (7:22 de la mañana) y el logotipo de "Canal 8" revoloteaban como fantasmas bajo el escritorio. La señal se desvaneció y la palabra "BUFFERING" apareció en la pantalla. Turner golpeó la pantalla, pero nada cambió.
Y el fuego en el pastizal seguía ardiendo.
Y las invisibles estructuras mentales de la humanidad seguían desmoronándose.
Un objeto que yacía en la mesa, junto al ordenador, se iluminó de repente y comenzó a vibrar. Dos grandes cuadrados (uno verde y otro rojo) parpadearon en su pantalla.
Turner acarició el cuadrado verde (por razones primitivas, se sentía más cómodo tocando ese color que el rojo) y observó cómo la cosa temblorosa se paralizaba.
Una voz entrecortada atravesó los espacios del remolque. Distante y fina, aguda y apresurada, preguntó: "¿Nathan? ¿Nathan? ¿Estás ahí? No sé qué está pasando. Por favor, respóndeme. Por favor. Todo está en silencio. Mi... mi cabeza está mal. No puedo... no puedo pensar. ¿Nathan? ¿Estás ahí? ¿Nathan?"
Luego, como siempre, nada.
La cosa vibratoria se oscureció y Turner, despreocupado, sin saber lo que vendría después, la arrojó a un rincón. Se levantó del escritorio, se acercó a una ventana y contempló el bosque.
Algo acerca del bosque le hacía sentirse bien. Algo que le hacía querer aullar. Así que lo hizo, aunque sólo fuera por el breve lapso que transcurrió antes de que esos rudimentarios instintos se disolvieran en la nada y se desplomara en el suelo, completamente inerte.
Mientras tanto, en el pastizal delimitado por los cristales, más allá del remolque, las hierbas de color marfil seguían ardiendo y los gritos no escuchados eran cada vez más fuertes, cada vez más estridentes, ensordeciendo todo menos el caos que tanto intentaban ocultar.
Comentario del traductor:
"A pesar de sus nuevos ojos, el hombre seguía enraizado en la materia, su alma entretejida en ella y subordinada a sus leyes ciegas. Y, sin embargo, podía ver a la materia como un extraño, compararse con todos los fenómenos, ver a través de ellos y localizar sus procesos vitales. [El hombre] acude a la naturaleza como un huésped no invitado, extendiendo en vano sus brazos para rogar la conciliación con su hacedor: La naturaleza no responde más; hizo un milagro con el hombre, pero luego lo desconoció."
- Peter Wessel Zapffe (El Último Mesías)
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