REPORTE DE ACCIDENTE

Publicación Original: Midnight Echo Issue 11
Año: 2017

Recuerdo haber estado preocupado por el costo de otra citación. Es por eso que hice una parada completa en la esquina de Deer Run y ​​Milner Roads. Mi última papeleta de tránsito excedía los $ 300 y no me quedaban segundas oportunidades. No solo del DMV (Department of Motor Vehicles).

Si me hubiera saltado esa señal de alto por completo, como solía hacerlo, o si me hubiera conformado con fingir una parada y seguir avanzando lentamente, tal vez no le habría dado al Diablo la oportunidad de subir al auto.

Pero obedecí la ley y él entró. Miré cómo lo hizo, mientras yo echaba un vistazo a ambos lados. Salió de los arbustos y se dirigió a la puerta lateral de pasajeros. Mi hijo, James, estaba en el asiento trasero, jugando con su estegosaurio de juguete y explicándome por qué la mantequilla de maní era la mejor comida de todas. Podía ver su cabecita rubia, asintiendo de acuerdo consigo mismo, en el espejo retrovisor. El pestillo de la puerta hizo clic y el Diablo se hundió en el asiento, a mi lado, como si fuera la cosa más natural del mundo. Lo fue, supongo. James ni siquiera dejó de hablar.

¿Conoces "Simpathy for the Devil" de los Rolling Stones? ¿Esa parte sobre adivinar su nombre? Patrañas. Nadie tendría por qué adivinar. Supe quién estaba caminando hacia el auto desde el momento en que lo vi por el rabillo del ojo. Lo habría sabido si no hubiera visto de él nada más que un dedo, una esquina de su chaqueta, la punta de su zapato.

No quiero decir que lucía como el Diablo. No en el sentido clásico. Sin perilla puntiaguda. Sin cuernos. Lucía como un tío lejano que trabaja en bienes raíces. Simplemente, lo conocía. Lo conocía tan bien como a mi propio reflejo. El hecho de que nunca lo hubiera visto antes no parecía importar.

No me sentí atravesado por el pánico. No grité ni me apresuré a coger a James y salir corriendo por la calle. En cambio, un impulso me llevó a saludar al hombre con la cabeza y preguntarle cómo había estado. La impresión de peligro en sus ojos verdes no era como la de una pistola armada; era más como un potencial desenfrenado, como el sentimiento que tenemos acerca de nuestros padres cuando nada parece ser demasiado grave o aterrador o complicado para que se encarguen de ello: una completa y terrible fe.

"Sé que ya nadie confía en ti", dijo, jugueteando con su cinturón de seguridad. "No importaría cuánto tiempo te mantuvieras sobrio. No importaría si hubieras conservado el trabajo, o si hubieras llegado a la guardería a las 5:30 en punto cada maldito día".

El Diablo se inclinó hacia adelante y restregó una mancha de café, en el tablero, con la manga de su chaqueta. Creo que James trataba de decirme algo acerca de los globos aerostáticos. Era difícil escucharlos a ambos. Trataba de mantener una expresión neutral, pero sentía un nudo creciendo en mi garganta.

"No quiero verte así", dijo. Se detuvo el tiempo suficiente para dirigir una mueca graciosa sobre su hombro, al asiento trasero. Escuché a mi hijo reírse, como un tintinear de botellas, pero yo estaba viendo hacia otro lado, tratando de enjugarme los ojos sin ser notado.

"Mírame, hijo", escuché al Diablo decir con ternura dominante. Cuando me volví, noté que James había dejado de hablar; estaba mirando fijamente al hombre con los ojos muy abiertos. Ambos lo estábamos.

El Diablo levantó su puño cerrado y lo mantuvo perfectamente quieto en el centro del automóvil. Los tres lo veíamos, como si alguien hubiese sacado algo legendario de la nada y lo estuviera levantando en desafío a nuestro monótono, pequeño mundo.

"Esto no es tu culpa", dijo el Diablo, con voz de niño. Luego, con un movimiento fluido, su puño se proyectó hacia James y aplastó su pecho como una lata vacía. Se oyó un crujido sordo y la rubia cabeza de James se inclinó hacia adelante, como en una plegaria. Cuando el Diablo dio la vuelta y me abrazó, el grito que estaba brotando dentro de mí murió en mis labios.

"Lo peor ya pasó", susurró el Diablo en mi oído, acariciando la parte posterior de mi cabeza. "Has sido muy valiente. No pediste nada de esto y has sido tan valiente..."

Podía escuchar una sonrisa en sus palabras, pero no había burla en ellas. A diferencia de las personas, más tarde. No podía ver la cara de mi hijo, solo una línea ininterrumpida de sangre, demasiado brillante y demasiado roja, como un cable que corría desde su regazo hasta donde debió haber estado su barbilla.

No sé cuándo quité mi pie del freno o cuándo cruzamos la intersección. Con el Diablo acunando mi cabeza, mi barbilla sobre su hombro, no me fue difícil recordar que alguna vez, se suponía, él había sido un ángel. Cuando por fin levanté la mirada y vi venir el camión, recuerdo haber dirigido mi auto hacia su parachoques. Entonces, todo se volvió más simple, por un momento.

Comentario de traductor:

La Cábala, escuela esotérica del misticismo judío, presenta a Satanás como un agente de Dios que cumple la función de Tentador, instigando a los seres humanos a pecar para acusarlos, luego, en la Corte Celestial. La imagen del Diablo como Tentador también está presente en la tradición cristiana, desde la Serpiente del Jardín del Edén hasta la Tentación de Cristo en el desierto. En el Islam, Iblis aprovecha la debilidad y el egocentrismo de la Humanidad para alejarla del Camino de Dios. En el budismo, el demonio Mara envió a sus hijas más hermosas para seducir a Siddhartha Gautama y evitar, de ese modo, su iluminación como Buddha.

Pero, así como el Tentador se ha mostrado bajo diferentes formas a lo largo de la Historia, la propia tentación es de naturaleza multiforme. En el relato de Jarod K. Anderson, el ofrecimiento del Diablo no es de poder, sabiduría o placer, sino de alivio: la mitigación completa y definitiva del dolor. Los pesimistas conocen una verdad que la mayoría prefiere ignorar: que cada manifestación de felicidad es una forma de mitigación del sufrimiento. La saciedad es placentera porque mitiga el hambre y la sed; la diversión, porque mitiga el aburrimiento; el arte, porque mitiga la monotonía de las emociones cotidianas; el sexo, porque mitiga el deseo; el misticismo, porque mitiga el hastío de la mundanidad. Es así, en un sentido bastante mórbido, que la muerte se transforma en uno de los muchos aspectos de la tentación.


"Los Tormentos de San Antonio", atribuida a Miguel Ángel.